…(bendito descanso, pues los bobos ya a estas alturas del año son más bobos, los pelotas más pelotas y los jefes más cabrones pero con sonrisa). Necesita desaparecer de todo, desconectar, olvidarse, me anunció el galeno, apuesto, raya a un lado, bata blanca con corbata azul, brazos fuertes… Me hubiera desmayado. También insinuó algo de la bebida, pero no hice caso. No puede ser todo. Así que allá me fui, de retiro total, casi tres semanas. Con mi petate al hombro (petaca incluida, of course) a escapar de la realidad. Tiene un caso agudo de intoxicación informativa, me había dicho el especialista. Me lo creí. Cerca de veinte días ausente, saltando por verdes prados, golpeando los tacones de mis zapatos rojos y soñando con no estar ya más cerca de casa, recorriendo caminos de baldosas amarillas, meciéndome (lo soñé, lo sé, pero dejarme creérmelo) en los brazos de mi doctor, de mi salvavidas. Y todo ese tiempo sin televisiones con sucesos, sin periódicos con tramas, sin radios con enanos. Y todo ese tiempo sin metros y señoras que te pisan, sin taxistas que te irritan… sin ciudad, vamos. Y sin ciudadanos, que es más importante. En este tiempo, prescripción médica, no vi volar las kodornices que no vuelan. Tampoco me enteré de la batalla de Madrid, con las tropas de Rajoy (¡qué cosas!) y los sueldos bajos. Ni de los Tony King que roban plano a los etarras. Ni de los espías que se marchitan en habitaciones de hospital con pijamas con el culo al aire. Ni de nada. Estuve lejos, no diré dónde. En un lugar donde olvidar era fácil. Llevaba razón el médico. Llevaba también razón yo (necesitaba los gintonics). No me advirtieron del regreso. El golpe es duro. La gran ola del mundo real te pega al tocar tierra de nuevo. Ahí estaba la montaña de escombros que fue acumulándose. Toda para abajo. ¡Hala! Y encima la ciudad iluminada. Y la Navidad acechando. Y las cenas de Navidad. Y ya diciembre. Y otra vez aquí, como siempre. Y de nuevo escribiendo en La Kodorniz. Bendita sea. Hasta que me pague el psicoanalista la Seguridad Social. Hasta que encuentre uno como mi doctor moreno, firme, galán, que me lleve a bailar… Que me rescate.






