y a refocilarse al descubrir que otro sabio más desdichado todavía, cogía las hierbas que él desechaba. Así que echó a andar, y a su dieta hervíbora, y a filosofar como era lo suyo, y a preguntarse como de costumbre: "¿Habrá otro más pobre y mísero que yo?". Y cuando el rostro volvió, halló la respuesta viendo que el otro sabio, hasta los cojones de pasar hambre, había mandado la filosofía a la mierda, se había hecho analfabeto, se había dedicado a los pelotazos del ladrillo con alcaldes complacientes, y lo seguía en una limusina impresionante, carcajeándose hasta ponerse malo. Y es que los tiempos han cambiado mucho.






