necesitamos rehacernos y crecer de nuevo. Ahí va, enrolladito todo y bien ordenado en las rosquillas. Hay material nuestro, por supuesto, que hemos añadido por nosotros mismos. Pero también lo hay de nuestros padres, abuelos, y tantas y tantas generaciones que la monjita misionera más sacrificada del mundo puede contener restos del más cruel de los corsarios. Así es la vida, qué bonito. La ciencia ha dedicado muchos, muchos años a descifrar el genoma (los archivos que llevan las rosquillas del ADN) y descubrir que no estamos en realidad tan lejos de la mosca de la fruta. Al fin y al cabo a los dos nos encanta meter las narices hasta el fondo cuando algo huele a podrido. Sin embargo los científicos no han encontrado aún el gen de la trampa. Y es algo sin duda que va con nosotros, como las dos piernas y los dos brazos, la capacidad -algunos, cada vez menos-de pensar, o la de, y ésta sí que últimamente pone en jaque años de ciencia y evolución, asumir responsabilidades. La trampa la llevamos dentro y va aflorando cotidianamente, espontánea e inocente. Lo sé siempre que dejo de fumar y vuelvo, diciéndome que es un cigarrillo puntual, porque lo necesito, porque ha sido una jornada mala. Lo sé cuando me paso con los gintonics, convencida de que un día es un día, de que de vez en cuando conviene soltarse. Lo hago de nuevo en el gimnasio, donde cuando no ve el hombretón con mallas que me quiere instruir recorto las series, miro para otro lado o me adormezco sobre las modernas maquinitas de tortura. En el colegio también lo hacia. Lo vuelvo a hacer de adulta. Y eso que ahora estoy pagando todos los meses y al hombretón éste no le importa cómo le afecten los años y la ley de la gravedad a mi cuerpo. También lo hago en el oculista, echando un vistazo a la pantalla de las letritas antes de sentarme en el sillón para después acertar aunque no vea. Y en el trabajo, donde me escaqueo –como todos- en cuanto el jefe desaparecer de su puesto de control o tiene una reunión para largo. Y en los bares, con los hombres, diciendo edades de las que ya ni tengo recuerdos y creyéndome a mí misma. E incluso escribiendo este artículo, asegurándome que no importa, que es tarde ya, que no me preocupe, que el próximo seguro que es mejor. La clave de todo es que la conciencia no registra esto. Porque la conciencia también está en los genes, también va enroscada en los palotes del ADN. Como las trampas. Y si chocan las dos hay un conflicto de intereses y un bloqueo de competencias. El cuerpo no sabe qué elegir. Y entonces se bloquea. Como le pasa a Acebes, pero con gintonics.






