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que creía importantes, que me marcaban. Ahora estoy convencida de que cuanto menos testimonio escrito deje de los hechos traumatizantes de mi preadolescencia mejor que mejor. Hay cosas que es mejor olvidar rápido, ahora entenderéis por qué…
Aquel ya lejano día de Mayo de mis trece años la Brígida apareció con una rosa entremetida entre la toca y el pelo. Sí, sí, os lo prometo. Las gafas como siempre escurriéndosele sobre la nariz, la rosa en el pelo, a modo de monja castiza y todas las niñas de su curso detrás de ella en fila india dirigiéndonos, algunas muy alegres, otras dolorosamente avergonzadas, a la plaza de Chamberí donde la Ana Botella y todas las santas esposas de los santos concejales habían organizado un caritativo “mitin chocolate con churros por los desamparados ancianitos del barrio”. La Brígida nos distribuyó por mesas para que ayudáramos a servir las tazas de los temblosos ancianos quienes al parecer hacían cola desde altas horas de la madrugada, “como no tienen para desayunar los pobres”, eso fue lo que me murmuró una de las niñas del colegio de las irlandesas que tenia al lado. Yo arrugué la nariz con escepticismo, no es que no me guste ayudar al prójimo, ya sabéis que a pesar de todos los últimos avatares sigo siendo una niña muy caritativa, pero es que de verdad, esos ancianitos anhelantes, con la banderita del PP en la mano y la visera de cartón cruzada por las alas del pájaro gaviota, no me parecían dignos de lástima. Bueno, pensándolo mejor, si que me parecían dignos de lástima, pero no porque pasaran hambre sino porque se dejaran colgar todos esos abalorios por una mísera taza de chocolate gratis.
“Echa hasta arriba niña que me lo has llenado sólo hasta la mitad” me espetó una mujer de ojos pintados de azul eléctrico, con el pelo blanco, pero con ojos pintados de azul eléctrico.
La mujer me tendía un termo kilométrico. Yo dudé unos instantes tragando saliva y volví la mirada hacia la niña de las irlandesas quien me había parecido juiciosa en sus opiniones sobre la caridad, pero la descubrí muy atareada charlando en una esquina de la mesa, abanicándose con la banderita de España, sin atender a sus labores cristinas. La anciana mientras tanto no dejaba de blandir el termo ante mis ojos, con desesperación, pidiéndome chocolate como una posesa. Me mordí los labios y, ante la duda cristiana, opte por hacer lo que mi corazón me dictaba, sobre todo tras constatar que la anciana no podía estar ni mucho menos hambrienta ya que las lorzas de carne se le escapaban de su blusa pegada al cuerpo.
“Señora, que ya le he echado mucho, hay que dejar para los demás” dije con voz reposada, encomendándome mentalmente a todos los angelitos de las alturas.
El berrido que se oyó tras mis palabras se pudo oír hasta en la pradera del santo.
“¡Tendrá narices la cosa, pues no me está diciendo que no me echa más la jodia, habrase visto!” exclamó la señora dando vueltas sobre si misma como si fuera un toro mecánico. Los ancianitos que esperaban su turno se arremolinaron junto a ella como si no creyeran lo que estaban oyendo “¡Yo pago mis impuestos, yo voto a la señora presidenta y ahora me llegan y me dicen que no, que no me sirven más chocolate!”
Lo más gracioso de todo es que ninguno de los viejecitos se dirigió hacia mi, ni siquiera se preocuparon por averiguar quien había dicho que no a la anciana, empezaron todos a protestar al unísono ante la injusticia, y su indignación se elevaba cada vez más y contagiaba al resto. Al final todos los ancianos de la plaza de Chamberi se habían revelado contra algunos desalmados, del pesoe decían entre murmullos, que se encontraban infiltrados entre las filas de las niñas del colegio de monjas y las alentaban a no repartir más chocolate para sus pobres estómagos. Se formó un tumulto que no había visto yo en mi vida y la Brigida, al final, se me acercó toda colorada, con la rosa deshojada cayendo blandamente sobre su frente.
“Merceditas, por el amor de Dios, ¿que les has dicho?”.
Yo me encogí de hombros, sobrecogida “Nada madre, se lo juro”. Y tanto la Brigida como servidora nos volvimos a contemplar el espectáculo, los ancianos gritando como chiquillos, lanzando proclamas contra el gobierno y, allá en lo alto, subida en la tarima donde se esperaba que diera comienzo su arenga, estaba la Ana Botella, sonriendo maléficamente.
No me digáis queridos lectores que no es como para olvidar aquel día. Yo todavía lo recuerdo, con escalofríos.

Creo que eso solo el tiempo lo sabe, esperemos que no. He aquí un supuesto alcalde corrupto y lo que le puede pasar en un día cualquiera.

que tienen el mérito de convencernos. Otra viñeta que valdrá para muchas más citas electorales.