Porque también en esto hay modas y modas. Modas que uno ha seguido y reconoce como propias, pese a admitir, porque lo cortés no quita lo valiente, lo estúpido de su naturaleza.
Como decía al principio, las modas cambian constantemente y es imposible intentar seguirlas todas, pues uno termina resultando un ser bastante grotesco. Verbigracia. Anita Obregón paseando su palmito de cincuentona vestida para matar como las niñas de dieciséis.
Uno puede intentar mantenerse en la onda pero, como me ha pasado a mí esta mañana, uno, que cree que está en la onda, cae en la cuenta de que, de repente, la onda ha cambiado y, lo que es peor, nadie se lo ha comunicado.
He visto un chaval, sobre los quince años, con una pernera del pantalón arremangada a la altura de la rodilla. Sólo una, eso sí.
“Se habrá caído”, pensé yo, en mi candidez e ignorancia habitual.
Pero no.
Su rodilla estaba en perfecto estado de revista.
Con lo que, deduje, debe ser una moda.
Esta es una de esas modas que no entiendo.
Puedo entender un peinado, un cardado imposible de los de los 80, el pelo a lo afro, una cresta e, incluso, ese corte a lo boxeador colombiano ochentero que tan frecuente es hoy día.
Pero no puedo entender, y será que me hago mayor, que se lleven las zapatillas desabrochadas, una gorra de lado o una pernera del pantalón subida hasta la rodilla.
Cuando veo estas cosas concluyo que, aunque quiera pasar por un joven rebelde, me acerco a pasos agigantados a contemplar las obras apoyado en una valla, dando consejos al arquitecto sobre cómo hay que hacer un encofrado en condiciones.
Al menos, la moda de los de la valla sí la entiendo.



