Emparentándose conmigo de la manera más natural del mundo, pues empiezan todas sus misivas con un “querido”, seguido de un amigo, vecino, hermano o compañero del metal, en función de la ideología o, según algunos malpensados, no seré yo uno de ellos, líbreme Dios, de la cantidad de hocico que tienen.
Después, contemplo sus imágenes, fotochopeadas hasta lo grotesco, de tal modo que no los reconoce ni la madre que los parió y uno no sabe si el voto se lo pide el manguta de turno o un actor de Hollywood despistado, con esos tiernos ojillos con un implícito “dame argo, payo” en la mirada que, resulta tan conmovedor que a uno se le revuelven los higadillos ante tanta hipocresía.
Porque es ahora y sólo ahora cuando mis primos se acuerdan de la vulgar plebe, cuando se miran los unos a los otros y se dicen “coño, Manolo, que se nos acaba el chollo y aún nos queda mucho por trincar… échate una sonrisita de esas que tú sabes, ladrón, que luego hacemos unos carteles que se caga la perra…”
Y, en el fondo, la imagen es lo único que nos queda a los tontos de siempre, es decir, los que votamos.
Elegir la imagen del manguta (o de la manguta) que nos va a poner mirando a Pamplona los próximos 4 años






