que tenían que desparasitar el local, o precisamente por eso, estoy derrengado. Por las mañanas, la interina no me deja dormir porque empieza a trastear a las once.
Le he dicho mil veces que no haga la cama cuando yo estoy dentro, pero le da igual. No me hace ni puto caso. Siempre está conectada a los auriculares del móvil y a un micrófono inalámbrico que lleva en la solapa de la bata. Como también trabaja para un broker, quiere estar permanentemente informada de la cotización de la bolsa de la compra por si se desploma como el Nasdaq: «¿A cómo va el café brasileño? ¿Y el azafrán? ¿Y los tomates Raff? ¡Compra!», grita mientras plancha las servilletas de papel en la cocina. Porque es tan adicta a las rayas que todo tiene que tener una: los pantalones, el periódico, las lonchas de beicon… digo yo que será porque se crió junto a una prensa hidráulica. No sé.
El caso es que entre el trajín matinal y que no puedo echar la siesta en casa porque ronco y asusto al conejo de angora, pues he decidido buscar un poco de sosiego en el trabajo.
Desde la última vez que estuve en la Empresa de Tortura Temporal (ETT) de Sam Guijuela, hace apenas tres meses, han pasado por allí diez generaciones de empleados. Si la agencia funciona así, imagínense la rotación de sus clientes. Sólo les diré que han sido objeto de un estudio para diseñar las futuras instalaciones de un acelerador de partículas y particulares en Mac Donald´s. Con un colega mío batieron su propio récord. Le hicieron un contrato de 15 segundos, con tres más de vacaciones. El trabajo consistía en entrar en la sala de control de la central de Zorita, en Guadalajara; y darle al interruptor de parada del reactor porque ninguno de los ingenieros atómicos se atrevía. Es más, los técnicos dirigieron la operación por videoconferencia parapetados tras un peñasco en la playa de Noja. Con eso les digo todo.
Sam Guijuela se acordaba de mí, digo yo que será porque conseguí emborracharle con absenta y tatuarle la palabra ''ladrón'' en la frente tras unas pequeñas desavenencias económicas. Para disimular, él ha completado la inscripción y ahora lleva: ''¡Cómo te quiero, ladrón!'', junto a un corazón atravesado con un tenedor, y va diciendo por ahí que se lo hizo una mujer tras una noche loca. El infeliz.
Para demostrar que no está resentido me ha ofrecido un contrato de tornero por 2.500 euros al mes, el hotel pagado y la manutención completa más dietas. Los viajes corren de mi cuenta. La única pega es que la fábrica está en Rumanía, el hotel en Benidorm y el restaurante en la calle Cortes de Bilbao. Me lo estoy pensando, aunque no sé… creo que tiene truco.






