La Kodorniz humor gráfico

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Existe una corriente pseudo-cultureta en este país muy amiga de borrar de la memoria colectiva determinados hechos que, vaya usted a saber por qué, no les termina de convencer.

 

Según estos nuevos gurúes, el cine social de ahora sí que es duro de cojones, colega, porque refleja la realidad como nadie se atreve a contarla.

 

Pero claro, ese mismo cine que, hace no tantos años, reflejaba esa España de Paco Martínez-Soria, la del vente p’Alemania, Pepe y la de los manolos y benitos que cruzaban la frontera para ver si era verdad eso que decían que, en Perpignan, Rita Hayworth se quitaba mucho más que un guante en la maravillosa escena de Gilda, ese mismo cine ni era retrato social ni era ná.

 

Porque los actores que salían en esas películas (en otros países, al hablar de Pepe Sacristán, Landa, López-Vázquez, Gómez-Bur, Saza, Fernán-Gómez, Ozores y tantos otros que no cabrían, se pondrían de pie, pero claro, eso en otros países) eran gente bajita y fea, nada que ver con el cine de hoy, que sí, será retrato social, pero todos con sus sonrisas profidén y sus cuerpos danone.

 

Que se note que el país ha avanzado.

 

Y además, esos otros se limitaban a contar esas historias con humildad y, en la mayor parte de los casos, intentando poner una sonrisa.

 

Como si esas cosas fueran para tomárselas a chufla.

 

Porque, por supuesto, esos pseudo-culturetas piensan que lo difícil es hacer llorar, que una sonrisa la saca cualquiera.

 

Y en eso estamos de acuerdo.

 

Eso sí, la saca cualquiera que, como todos los anteriores, además de feos, calvos, bajitos o desgarbados, desborde talento por todos los poros de su piel.

 

Cosa que, salvo contaditas excepciones, apenas se encuentra en el cine social que tanto les gusta a estos gilipollas.