
Cuando descolgabas no hablabas a voces para que enteraran todos a tu alrededor. Hasta que salieron los contestadores esos de cassette te importaba un rábano quién llamara. Cuando no estabas pues no estabas, además el que llamaba nunca te pedía explicaciones por no haber estado junto al teléfono cuando llamó.
Hasta que salieron los walkman si te paseabas con el loro por la calle o eras un calorro chusmón o estabas de mudanzas.
Unos pocos empezaron a pasear el radiocassette del coche bajo del brazo para que no se lo levantaran y para que todos supieran que tenía coche (o sólo loro). Poco a poco fueron poniéndole hasta funditas al pioneer de mercadillo (posiblemente mangao).
Si bajabas al buzón y estaba petado de publi la tirabas a la papelera, que no era de reciclaje, o la metías en el buzón de al lado (que guapo sería poder echarle el spam al correo del vecino antipático).
Y si alguien te había escrito no volvías a casa corriendo estresado para contestar como si te fuera la vida en ello.
El GPS era un guardia urbano con bigote o un paisano tan servicial como pesado.
Las redes sociales eran siempre presenciales y tenían de por medio un juego de mesa, unas Mirindas y unos bocatas o un partidillo en la plaza. Las kedadas eran cada tarde y el “Merenguer” tenía, como mucho, la cobertura que daban los balcones.
El blog era un librito con una cuerdecita o lazo de floridas portadas que sólo gastaban las niñas y algunos “raritos“.
Si alguien escribía en él cosas como : D , XD, lol ó : P lo llevaban al médico de la cabeza.
Fue un tiempo en el que me fabricaba mis propios juguetes…

rodados en la capital del mundo, Nueva York.
Según dicen, los directivos de la empresa catalana le han impuesto que no ruede escenas violentas, lo cual parece razonable, pues conociendo a este director no sería de extrañar que las gachís aburbujadas guardasen un revólver en el escote, junto al décimo de lotería. Sería apoteósico que Freixenet se enfrentase a su máxima competidora, Codorníu, contrarrestando su bucólica imagen de los fuegos artificiales en el castillo de Peralada con la contundencia del fuego cruzado entre burbujas en pleno corazón del Bronx.
Pero me temo que la máxima licencia que se permita pueda consistir en que el chico de la gorra nos dispare con el corcho de la botella en un ojo. Aun así, este director es el ideal para rodar anuncios de fechas tan familiares. Nadie como él ha trasladado al celuloide las tensiones que se viven en las familias por antonomasia: las de la mafia. No debemos olvidar que la navidad suele ser la culminación de un año de trifulcas porque la gente, en el fondo, no se puede ni ver. A pesar de ello, cuando el Corte Inglés inaugura en octubre las fiestas tú empiezas a patearte las tiendas, mientras te preguntas dónde hará las compras navideñas Zapatero, para atreverse a decirnos que la cosa de los dineros nos va muy bien. Hasta que una tarde de sábado, la visa te dice que ya no puede más, y acabas en una tienda de otra mafia, la china, comprando los regalos de la suegra y de otros familiares de similares afectos. Allí es donde constatas que este año los Reyes Magos sí que van a venir de Oriente.
Por fin, tras dos meses de agonía, llegan tan entrañables fechas en que nos acordamos con tristeza de quienes se marcharon. Y la suegra, a lo suyo, pretendiendo que tú también engroses esa nómina de difuntos, ofreciéndote unos huevos rellenos de nunca has sabido qué. Los papás, a su vez, se cruzan dardos envenenados presumiendo de las notas de sus niños, mientras chupan afanosamente cabezas de langostinos. Progenitores que son, sin duda, el mejor exponente del hampa. Pero no del inmortalizado tantas veces por Scorsese, sino de las asociaciones de madres y padres de alumnos víctimas del nuevo sistema educativo, de ahí la hache.
Al menos me consuelo pensando que este tierno retablo familiar debe de ser internacional, incluido el pobre cuñado basculándose una botella de cava o de garrafón, lo importante es olvidar. Seguramente sólo nos diferenciaremos en que, mientras en Alemania escuchan a Peter Alexander cantando Stille Nacht o en Estados Unidos a Frank Sinatra entonando White Christmas, aquí optamos por los peces en el río de Manolo Escobar. Pero lo importante es que, una vez más, volveremos a brindar porque el año que viene podamos seguir llevándonos a tiro limpio. Feliz navidad.

como si le hubiesen cambiado las mandíbulas por los tiradores de un féretro. El libro más gordo que ha leído es su factura de teléfono y su libro de cabecera es el prospecto de los Tranxiliums.
Tiene el sex-appeal de un submarino averiado. En vez de imaginarte su desnudo te imaginas su autopsia. Si le ves guapo es que estás mirando al chico de la mesa de al lado, porque lo más erótico que tiene es su mesilla de noche. Su vida interior termina en sus calzoncillos, dos tallas más pequeño que la cúpula de la catedral de San Pedro. Hay veces que parece que lleva dos meses muerto: y es que, cuando habla, tiene la misma gracia que un paso de cebra sin pintar.
Su primer disgusto serio lo tuvo cuando descubrió que los dibujos animados no eran de carne y hueso. Todavía le dura…
Se hizo vegetariano porque era incapaz de encontrar un chuletón de ternera de Emporio Armani. Sin embargo, la única joya que suele adornar sus manos es un vaso de gintonic.
A su edad (cuarenta) sólo le quedan diez años para cumplir los sesenta.
Su cerebro recuerda a los escaparates de las tiendas de ropa para nudistas. Hasta una caja de baberos es más responsable que él.
Su boca es un abrelatas y dice quien lo ha probado que, si te besa, tienes la sensación de estar limpiándote los dientes con la llanta desgastada de una motocicleta vieja. Del amor sólo le interesa el sueldo de su futuro suegro.
Todo lo que cocina está para chuparse los dedos… de los pies… de otro… para quitarse el mal sabor de boca.
Sabe tanto de matemáticas que, para él, 2 + 2 es una marca de ropa.
Le gustan tanto las mujeres casadas que tiene pensado poner un negocio de regalos de boda. Para pillarlas desde el principio.
Su conversación es, cómo te diría yo, como los restos de comida de una barbacoa en el campo.
En una ocasión le hicieron una radiografía del cerebro: salió una espumadera.
(Continuará…)
