En los días de lluvia, caminar por la gran ciudad se asemeja, cada día más, a la preparación que reciben los marines en las películas. Y no lo digo sólo por las obras.
Obras aparte que, sin duda alguna, están convirtiendo al ser humano que habita en las metrópolis en una especie indestructible, de las pocas, junto con las cucarachas, tertulianos de toda calaña y condición y demás alimañas, en los únicos seres vivos capaces de sobrevivir a un holocausto nuclear, hay muchos más peligros.
Y a este fortalecimiento de la especie contribuye, de manera notable, el paraguas, ese arma mortífera que alcanza toda su capacidad de exterminio cuando lo empuña una señora que podríamos calificar de octogenaria, por no recurrir al más común epíteto de “viejuna”.
La señora, bajita, por supuesto, como todas las octogenarias, con su pelo ligeramente morado, supongo que debido a algún tipo de mutación, es el depredador situado en la cúspide de la pirámide alimenticia de la metrópolis.
La señora marca su territorio con una ferocidad despiadada, sintiendo especial predilección por los asientos libres de los transportes públicos, a los que se lanza en picado, superando con creces la velocidad del guepardo en distancias cortas y, hundiendo los codos sin compasión en las costillas de todo aquel ser, ya sea humano o no, que ose interponerse en su camino.
Sin embargo, el transporte público, no es su único habitat.
Cuando la lluvia cae sobre la ciudad, la señora sale de caza.
Abre su paraguas de destrucción masivo y se coloca estratégicamente, bien pegadita a la pared de los edificios, es decir, la parte de la calle que está cubierta por las terrazas y los soportales.
En principio, podría resultar una paradoja que una persona con paraguas, que no se moja, camine por debajo del soportal con el paraguas abierto, por supuesto, con dos cojones.
No nos dejemos engañar: se trata de una estrategia de caza digna del mismísimo Maquiavelo.
Cuando la presa potencial que, por supuesto, carece de paraguas, camina bajo los soportales con los hombros subidos y el cuello encogido, se cruza con la señora, ésta, lejos de apartarse y salir a la intemperie, se arrima aún más a la pared, contando con la lógica del incauto o incauta de turno, que piensan que se apartará ella, ya que, al fin y al cabo, tiene paraguas.
El choque es inevitable y, la señora, con precisión de cirujano, clava la varilla de su instrumento mortal en el hombro de su presa.
La presa se gira, cagándose en todo lo que se menea pero la señora, implacable, sigue su camino arrimadita a la pared, en busca de la siguiente.
Científicos de todo el mundo estudian el motivo de estos ataques aparentemente indiscriminados de las señoras.
De momento, no hay respuesta.
Mi teoría es la siguiente.
Al clavar la varilla en el hombro de las presas, extraen su sangre y, cuando llegan a casa, prestas para su partida diaria de cinquillo con las amigas, la sirven mezclada con el té para conseguir la vida eterna.
Lo sé, como teoría no tiene mucho peso pero... ¿han pensado que los únicos animales que tienen el pelo morado son las octogenarias y los vampiros?
Inquietante, ¿verdad?
Huyan de las octogenarias, sobre todo los días de lluvia.
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