Como el ser humano es vanidoso por excelencia, siempre quiere destacar por algo original. Y, en la actividad de matar, matar a los vivos es algo sumamente vulgar: lo hace casi todo el mundo (directa o indirectamente, ya que todos los gobiernos
compran armas con el dinero de nuestros impuestos) y algunos (los israelíes, por ejemplo) se dan especial maña.
Así es que decidí especializarme en matar a los muertos, labor que es más meritoria y —¿por qué no decirlo?— que entraña menos riesgos.
Como yo soy alemán y concienzudo (cosa que ya habrán supuesto al saber que me apellido González) ataqué el asunto con cuidada metodología y buenos alimentos. Me documenté a fondo y quiero aquí agradecer al ilustre investigador y empleado del catastro D. Luis Moreno Villamediana (amigo mío y de más gente, y admirador como yo del gran don Vicente Gutiérrez, al que harán justicia los siglos venideros) sus consejos y la referencia al volumen del eminente matólogo brasileño (sic) Robertinho Flack «Killing me Even Softlier With his Song», donde se exponen los rudimentos de tal arte.
¡Gracias, Luis! Un abrazo para ti y otro para tu tía Federica.
El libro refuta a Hölderlin(g) (parece que la ‘ge’ es opcional), quien insistía en que era imposible asesinar a un cadáver. Daremos vueltas a este tema hasta que consigamos sacarle todo el meollo y aburrir a unas cuantas vacas.
Para ponerse pedante sin previo aviso y a gran velocidad lo mejor en todos los casos es echar mano de la etimología, que demuestra que «homicidio» es matar a un hombre, entiéndase varón. «Crimen» es cualquier delito violento. «Asesinato» es ponerse hasta las cejas de hashish y cometer en ese estado cualquier barbaridad. O sea, que no hay palabra precisa para designar ese hecho. Pero no pasa nada, porque para eso estoy aquí yo. Invento una palabra adecuada para ese acto; ustedes, queridos lectores, la popularizan y el asunto queda resuelto de una vez por todas.
La palabra que incluye todos los sentidos es, lisa y llanamente, «matación» [acto de matar] y así la emplearemos a partir de ahora.
Pasemos a definir en qué consiste la matación, para ver si es posible matar a un cadáver. Por ejemplo, cuando le pegamos un buen palo metafórico a un tío famoso ya finado (como hemos hecho en este blog varias veces con Cervantes, Cela, «Azorín» y otros pájaros) estamos acabando con el prestigio de los tales: matamos su fama, por así decirlo. ¿Cualificaría eso como parte de la muerte de un individuo o individua? (Lo pongo en femenino también porque hay que ser políticamente correcto, cuando es gratis.)
Porque en la muerte física que infligimos, sólo le quitamos a la víctima una parte de sí: la privamos de su hálito vital, pero no de su nombre, ni de sus pertenencias ni otras cosas. Acabamos con ella solamente un poquito. Expresado más crudamente: sólo le matamos un cacho de su ser. De donde se deduce que despojar a un muerto de su fama es matar su recuerdo. Luego, al menos parcialmente, se puede hacer.
También tenemos una convención que indica que no se debe hablar mal de los muertos, bien porque es de mal gusto o bien porque ellos no se pueden defender. Con más razón, estaría mal empeñarse en matarlos. Esta argumentación también es una falacia.
En primer lugar, podemos decir que no hay que dejar de hacer las cosas porque sean de mal gusto. Comer pepinillos es de mal gusto y pocos se privan. Y otras cosas también lo son. Defecar, sin ir más lejos. Y no sería recomendable que dejáramos de hacerlo.
En cuanto al segundo argumento, ¿quién ha dicho que los muertos no se puedan defender? Yo presumo de tener una mente racional y científica y no creo en fantasmas. Pero cualquier persona con sentido común les dirá que los fantasmas no existen pero que siempre es mejor no meterse con ellos, por lo que pudiera pasar. O sea, que existir, no existen; pero tienen muy mala uva y es mejor dejarles en paz. ¡Vade retro! ¡Lagarto, lagarto! ¡Uníos, Hermanos Proletarios! (Esta última frase no encaja aquí muy bien, pero la he incluido de todas maneras.)
Lo que no tendría sentido negar es que, matando a un muerto, todo son ventajas. Las enumeraré:
1) Quedas eximido de toda responsabilidad civil, porque en caso de apuñalamiento póstumo las leyes no están lo suficientemente claras y la fiscalía, que va con años de retraso, no puede parar mientes en leerse el Código.
2) Tienes tiempo, porque el cadáver no va a ninguna parte. Esto es excelente, porque, matando a un vivo, el vivo se mueve mucho y es más difícil atinar. Hay que tener mucha más puntería. Además, no puedes matar a placer; tiene que ser cuando la ocasión lo permita, mientras que en el caso de la matación de un cadáver puedes respirar hondo, concentrarte o hacer ejercicios de relajación previos, lo que quieras. Todos los matadores experimentados coinciden en que lo peor del proceso, lo más fastidioso, es la espera en el callejón oscuro, detrás del cortinaje, etc. Con mi método todo esto te lo ahorras.
3) Se evita el ridículo, porque el apuñalado o baleado no se puede reír de nosotros. Esto tiene más importancia de la que parece. El cine nos ha dado una falsa visión del asesinato. En la vida real es muy posible que ataques a tu enemigo con un cuchillo y no se lo claves bien o lo bastante. Puedes fallar, entonces él se ríe de ti, a lo mejor te quita el cuchillo y te lo clava a ti o cualquier otra permutación. Es cualquiera de estos casos tu reputación queda hecha trizas. Si no consigues matarle bien tendrás a un enemigo para toda la vida que, además, se partirá de risa siempre que recuerde tu torpeza. Nada hay más ridículo que el que pega un tiro y falla. Queda como un novato y es el hazmerreír de todos. Esto, con un cadáver no pasa y podemos ejercitarnos con puñaladas de ensayo hasta darle la definitiva y quedar como un matador avezado.
Podría seguir enumerando las virtudes de la matación de finados, pero mi mujer me llama para la cena y, ¿qué quieren que les diga?: la debilidad de mi carácter me impide negarme a acudir.
(NOTA PARA ESCRITORES: Este artículo, como habrán podido apreciar los sagaces, es un modelo de lo que NO se debe hacer: empezar a escribir algo sin tener ni idea de cómo se va a acabar.)