La Kodorniz humor gráfico

JRMora Humor gráfico muebles de cocina fans en facebook Romeo Octav Chiritou Comprar VPN cursos reiki madrid becas mec Opinión y noticias, periodismo Bingo online Alquile este espacio por: €/mes Ver futbol gratis. Alquile este espacio por: €/mes seguro de vida Alquile este espacio por: €/mes diseño de paginas web Alquile este espacio por: €/mes Hosting México Alquile este espacio por: €/mes Escultura, obra propia, encargos, moldes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Curso de Reiki Dentistas en embajadores, Madrid Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes dietas para adelgazar Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes

de sus madres, mientras prueban todos los potingues con que ellas se alicatan antes de salir. No obstante, también hay hijos que disfrutan con las cosas de mamá, aunque eso ya es otra historia. Sin embargo, cuando el vello comienza a despuntar en innombrables zonas de nuestra pecadora anatomía, empezamos a frecuentar la compañía de una caja que cada vez se ve mejor, pero cuyos contenidos, paradójicamente, son cada vez peores. Víctimas del influjo catódico, pronto sucumbimos a la tentación de imitar a los personajes de moda. Es entonces cuando los hijos dejamos definitivamente de emular a nuestros padres, y en un inequívoco síntoma de madurez, adoptamos como nuevo modelo de conducta a Paquirrín o Belén Esteban.

Probablemente sea éste el primer momento de la dura vida paterna, y que desgraciadamente suele coincidir con la crisis de los cuarenta, en que nuestros progenitores empiezan a plantearse si no hubiera sido mejor agenciarse un perro. Reconozco que debe de ser todo un trauma llevar a tus hijos a un colegio de pago, para que acaben repitiendo latiguillos de concursantes de Gran Hermano, de Aznar o de Carmen Sevilla. Pero como a los padres les tira la sangre, porque el chaval les recuerda al abuelo materno que murió en la batalla del Ebro, le ríen las imitaciones. Así, poco a poco, se van forjando esos sádicos imitadores que, a fuerza de latiguillos y movimientos corporales, intentan atraer la atención del respetable en cualquier reunión social, para sonrojo de quienes deciden no unirse al coro de Chiquitos de la Calzada.

Estas imitaciones, que no pasan de ser gracietas de tasca, tienen el único fin de provocar unas risotadas que resuenan tanto como un pensamiento en la oquedad de sus cabezas. Pero la situación se agrava cuando algunos de los miles de pirados que hay sueltos por nuestras calles, deciden imitar a psicópatas que han logrado su minuto de gloria en prime-time. Eso es lo que está ocurriendo de manera evidente con la violencia doméstica, cuyos casos crecen exponencialmente por tanta difusión televisiva. Aunque ahora lo que más se estila con diferencia, el último grito del mimetismo catódico entre los espectadores más degenerados, consiste en reclamar indemnizaciones a las víctimas de los atropellos automovilísticos, por los desperfectos causados en sus coches. Abrió la veda un iluminado riojano, y a los pocos días han surgido denuncias similares.

Éstas son algunas de las consecuencias más funestas de vivir, como se dice ahora, en la sociedad de la imagen, también llamada cultura de la imagen, con un par. Mientras en el siglo pasado nos hechizaba la televisión, ahora otra pantalla, la virtual de Internet, es la que goza de nuestro mayor cariño por contar con una audiencia potencial planetaria. Hoy, los seres humanos vivimos enganchados a una pantalla, fascinados por sentirnos protagonistas activos que interaccionan con otros seres necesitados del mismo protagonismo. Todo para acabar formando una comuna onanista que ha perdido el oremus.

Quizá nos convendría echar la vista veintitrés años atrás, cuando no teníamos más que dos cadenas de televisión y triunfaban los ordenadores Spectrum de cassette. Fue entonces cuando los mozos de una aldea oscense, decidieron emular la historia de la película que acababan de ver en el bar del pueblo. Desde ese día, cientos de caravanas han atravesado nuestro país, logrando que mucha gente apague sus pantallas porque han vuelto a encenderse sus corazones. Solitarios cansados de chatear con el nick de Brad Pitt, con lo bonito que es llamarse Mariano y acariciar las noches en las nalgas nada virtuales de una mujer. Especialmente ahora que, pese a los obispos, sabemos que las pantallas te pueden dejar ciego, pero nunca las cosas del querer.