Los cosecheros antes de la Revolución tenían un lema: “La papa nunca se queda.” Eso era antes, y ahora igual, porque la que se queda la venden a sobreprecio los empleados de las bodegas y supermercados, siempre dispuestos a “arañar” a cualquiera. No en balde el Dios de los comerciantes y el de los ladrones es el mismo.
Un autor ha dicho que la papa es el mejor regalo que América le hizo a Europa, quizá como compensación, pues también le regaló la sífilis.
Un señor de apellido Parmentier la introdujo en Francia, comenzando así su propagación que los españoles no habían aceptado emprender, quizá para evitar las colas y las discusiones con los mercaderes cuanto estos pretenden pasarnos papas por liebres, perdón, papas podridas y sin tan siquiera rebajarles los precios.
La papa cubana (para que lo sepan) es más suave y nutritiva que cualquiera de las que se han importado o puedan importarse.
Y aunque nunca he visto a una papa ingresada en un hospital, esta sufre de enfermedades como son la roña o rizaduras de las hojas, la gangrena húmeda, la gangrena seca. ¡¡En fin, que sufren una barbaridad sin merecer tanto maltrato!!.
Pero aquí no se detienen los pesares ni las penas de la pobre papa. Hay también otros enemigos como lo son las larvas de un coleóptero que devora tallos y hojas (¡menos mal que no se comen a la vianda en sí!) y el tetuán, otro bicho despreciable al cual no le basta con el boniato y también le meten el diente a la papa.
En fin, que ya hay papa en La Habana, y ya sea hervida, frita o en puré podremos disfrutarla, siempre no nos echen en la boca una papa caliente. Todos sabemos, por propia experiencia, lo angustioso que resulta tal momento. Y si alguien lo duda, pues hagan la prueba, señores.






