HdP, biografía de un cobrador del canon

La Kodorniz   (Enviado por: Pérez Serio) , 03/01/08, 18:53 h
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Su autor, Ramonzon Zin, es uno de esos maestros de la palabra ajena que generalmente pasan desapercibidos al publico mayoritario.

El día que inauguraron el portal de venta de libros en lenguas ibéricas, ámazon.es, encontré una oferta increíble por la versión en tapa dura de "HdP, biografía de un cobrador del canon". Su autor, Ramonzon Zin, es uno de esos maestros de la palabra ajena que generalmente pasan desapercibidos al público mayoritario. Debo confesar que en ese momento me interesó más el módico precio de cincuenta céntimos que su desabrido título. Sin embargo, tras unos pocos minutos de lectura, al concluir el delgado volumen, quedé fascinado con la triste peregrinación del personaje a este mundo, tronchada por su violenta muerte, que resonó en todos los medios de prensa. Y que fue, quizás, la única noticia que llegó a la mayoría de nosotros sobre la singular vida de HdP.

No puedo decir que HdP sea un ejemplar típico entre los cobradores del canon, mas no quiero dejar pasar la oportunidad de compartir con ustedes un breve resumen de los pasajes que más me impresionan de su biografía porque supongo que muchos tendrán alguna vivencia o pensamiento en común con el protagonista. Así que les presento un breve esbozo de esta obra, evadiendo rebasar los estrechos márgenes, tras los que nos acorralan los regidores de los "derechos de autor".

"... HdP creció arropado por una familia de ínfulas intelectuales. Se crió prácticamente rodeado de los libros que estibaba su padre para una prestigiosa editorial, y entre los ecos de las películas en el trabajo de su madre, una célebre acomodadora de cines. El pensamiento conservador de este matrimonio influyó largamente en su vida y obra. Desde pequeño conoció de la alarma de sus progenitores por la abolición de la pena de muerte en un número cada vez mayor de países. Se quejaban consternados de las enormes posibilidades de reincidencia de los delincuentes, y de la arbitraria supresión del escarmiento que se le podría dar a futuros criminales con la aséptica eliminación de los descarriados. Los atormentaba también cualquier tipo de ley sobre el aborto. Por supuesto, no por disquisiciones sobre la muerte de los fetos, sino por las actitudes liberales que las nuevas legislaciones pudieran generar entre las jovencitas. Aunque su verdadero terror eran las opiniones ajenas. Fobia que no lograban disimular, hasta tal punto que cohibían a los que se les acercaban."
....

"Durante los interminables primeros años de su vida, a HdP no se le permitió, jamás, jugar en una plaza o relacionarse con otros niños de su edad, debido al obsesivo temor de los padres a que se dañara. A la hora de comer, la sal fue siempre un lujo y las grasas, de cualquier tipo, un tabú en la lucha encarnizada contra padecimientos imaginarios que acechaban por doquier. Se le prohibió el saludo a todo ser humano, para evitar posibles secuestros por conocidos, que son los más dramáticos. Nunca rozó a un animal. La primera vez que pisó la yerba, calzando seguras botas de piel, fue el día que cumplió cuarenta años."

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"El niño desarrolló una apariencia tan enclenque como su personalidad, acentuada por globos oculares que luchaban contra el vértigo de caer al vacío oscilando indecisos por el exterior de sus cuencas. En el colegio, se convirtió en un laboratorio ambulante de las técnicas de acoso escolar usadas hoy en día. No se enfrentó a agresión alguna temiendo respuestas más severas. La delación fue la única salida factible. Buscando protección en los profesores, logró transformase en un espía sigiloso y efectivo, que perfeccionó la envidia hasta niveles que rebasaron largamente los estándares de su época. Luego descubrió las ventajas de adular a los más robustos del grupo. Su perseverancia en este método de subsistencia le permitió hacerse de una sólida posición en el colectivo. Aunque sus opiniones nunca se escucharon de su boca, llegaron muchas veces a realizarse gracias al impulso proporcionado por músculos ajenos."

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"A pesar de lograr escalar posiciones en la violenta sociedad colegial, la reglamentaria estancia en los centros de enseñanza no dejó de ser un tormento, que finalizó con el último curso de la secundaria. Pasado el amargo trance, dedicó los cinco años siguientes a la instrucción por cuenta propia. Encerrado en casa de los padres, destinaba a la televisión hasta 14 horas diarias. Se concentró en un único canal, porque su búsqueda personal de la sabiduría le alejaba de los conocimientos enciclopédicos. Al finalizar el lustro de auto aprendizaje se sintió con fuerzas y ánimos suficientes para enfrentarse a la vida en el exterior."

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"La música fue lo que más le repugnó entre todas las cosas deleznables que encontró en sus paseos callejeros. Aquellas melodías altisonantes le impedían escuchar las conversaciones ajenas, agazapado en los rincones más apartados de los bares. Como un extraterrestre recién llegado al planeta, intentaba descifrar la vida de los otros, buscando cierta información, que ni él mismo acertaba a definir y que aparentemente estaba codificada en claves ininteligibles. Las mujeres le atraían especialmente, pero temblores espasmódicos, como movimientos telúricos, se sucedían en su cuerpo si atisba en algún pensamientos tan sólo la intención de mirar a una chica. No hablaba a los hombres, por temor a que sospecharan motivaciones homosexuales en el introvertido solitario. El meditabundo divagar de antro en antro pronto le convenció de que erraba en círculos, sin rumbo concreto, y que necesitaba urgentemente un nuevo camino..."

....

"HdP sufrió una gran decepción cuando rechazaron su solicitud de ejercer como inspector de hacienda, ignorando su exquisita preparación autodidacta. Este hecho lo sumió en una tenaz depresión que lo ató varios años más al televisor. Pero en esta ocasión, sin la concentración de ávido aprendiz que desplegara unos meses antes. Afortunadamente, su reclusión voluntaria le deparó algunas alegrías. Orgulloso asistió a las imágenes de la segunda invasión a Irak. -¡Lógico, lógico! -le insistía a su famélica conciencia-. Deben ser atacados aunque por ahora sólo sospechemos que en un futuro, no importa cuan lejano sea, pudieran fabricar armas de destrucción masiva. Se dice que años después, siendo ya cobrador del canon, HdP rememoraba frecuentemente estos hechos y solía afirmar: -La filosofía del canon, que se basa en la simple (aunque genial) idea de que el ciudadano pague antes de llegar a cometer el delito es, como tantas veces, un invento americano.


Poco tiempo después, cuando en los aeropuertos de los Estados Unidos de América, alias USA, se implantaron los controles exhaustivos sobre los pasajeros, que incluyen registros fotográficos y dactilográficos, se escucharon gritos emocionados desde su solitario cuarto -¡Claro, claro, está muy claro, todos somos potenciales terroristas!. Quizás de estos gloriosos días data el origen de su célebre pensamiento: -A diferencia de los americanos que aplican sus leyes tipo canon a extranjeros, nosotros tenemos el coraje de aplicárnoslas nosotros mismos."

....

"La convocatoria a plazas de cobrador del canon por una recién fundada organización, cuyas siglas siquiera acertaba a recordar, le llegó de modo casual, como una voz lejana, que no comprendía bien, y que lo empujó a la calle sin mucha conciencia de sus actos. Aceptó el nombramiento con más desdén que alegría, al considerar que aquella era una posición inferior a sus posibilidades. Sólo al cabo de varias semanas de labor comenzó a sentir empatía por la función asignada, al descubrir la multitud de posibilidades que le permitía: Llegó a comprender que toda su vida se había preparado para una labor como aquella. Atisbó y espió a sus anchas. Su influencia comenzó a crecer por días. Era capaz de descubrir posibles recaudaciones en los lugares más insospechados."


HdP llegó a ser una leyenda en su medio. Sin embargo. considero que a partir del punto de la biografía donde se describe la obrar del gran cobrador, Ramonzon Zin confunde la ejecutoria del personaje con la de otros reconocidos recaudadores, y mucha veces le atribuye proezas que no realizó. La historia sobre la demanda a una guardería infantil porque los niños cantaban de forma espontánea canciones protegidas, es apócrifa, sin lugar a dudas. El detallado relato de la boda en que HdP se disfrazó de dama de compañía para descubrir a los infractores de la ley, muestra demasiadas lagunas, a pesar de la corroborada veracidad de los hechos. Los enfrentamientos a Telefónica porque se negara a reportar sobre las personas que durante las conversaciones telefónicas entonaran canciones gravadas por el canon, nunca ha podido ser comprobada. Los ataques sistemáticos a la Wikipedia, para insultar a los articulistas sobre las licencias Creative Commons y el Copyleft, son evidentemente ridículas.
Ramonzon Zin dedica las últimas páginas de su libro a narrar la fatal muerte del inquisidor del canon. Este es el capítulo más logrado de toda la biografía. El autor logra novelizar los trágicos acontecimientos usando como fuente principal de información la minuciosa reconstrucción policial de los hechos. Y nos brinda un relato fresco y consistente, a pesar de tratarse de una historia desmenuzada e infinitamente publicada por la prensa. Leyendo su libro llegué a sentirme en la piel de HdP cuando escuchó al célebre cantante (cuyo nombre no menciono para evitar profundizar en las heridas aun supurantes) entonar una melodía propia, mientras se duchaba. Confundiendo la voz con una grabación se aventuró a entrar a escondidas a la casa de marras para intentar pillarlo in franganti. El canta autor, que desconfiaba mucho más de su previsible impotencia en retener a su lado la diáfana belleza de su esposa que de la transparencia de los actos de esta, confundió al espía con un amante. La confusión desencadenó la conocida tragedia que destrozó para siempre la felicidad acunada al arrullo de los éxitos del juglar. Ustedes conocen el resto de la historia. Mi comentario termina aquí, recomendándoles enfáticamente esta biografía.

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