Cuando me ví, a solas con ella, el mundo se me vino arriba, incluyendo la luna, su satélite natural. En la habitación del hotel, pequeña pero acogedora, la temperatura (bastante alta) me pronosticaba momentos de fogosidad...
en una Belgrado extrañada de aquellos calores en pleno septiembre.
Salvo los claxons lejanos, nada perturbaba la paz aquella tarde, a pocas horas de mi arribo a la capital yugoslava. “De todas formas –pensé y suspiré-me esperan muchas horas de angustia y desesperación.”
Ya en calzoncillos y calcetines la miré de nuevo sobre la cama. Aún estaba pura y fragante,pero nadie podría vaticinarme cómo sería su comportamiento a través de los días sucesivos.
Con ella tendría que recorrer cientos de kilómetros, entrevistarme con personalidades diversas, asistir a más de una cena de gala. Yo no me atrevía a decir ni una palabra. Y ella no podría hablar jamás.
Como no podía dejarla en la habitación, ni tan siquiera para salir al pasillo, acepté resignado mi suerte aciaga. ¡En fin –me dije—otros hombres se han enfrentado a situaciones similares y han logrado vencerlas!.
Después de un duchazo, porque no podía permitirle ni jugando que se bañara conmigo, me vestí y bajé con ella al comedor. Todo ocurrió sin contratiempos. ¡Claro, era la primera noche! Al cuarto día, y tras haber cumplido varias de mis encomiendas de trabajos periodísticos, las cosas comenzaron a cambiar. ¡Y de qué modo!.
Todos me miraban con cierta curiosidad, mientras yo trataba de influenciarlos con mis cuentos, mis gesticulaciones y otros ardides para hacerme entender en serbio-croata.
Ella, que no lo era al principio, a los seis días se volvió demasiado pegajosa. No importaba que fuera por la mañana, por la tarde o por la noche. Tampoco significaba nada el hecho de que estuviéramos acompañados o solos. ¡Con la persistencia de un octópodo se pegaba a mi cuello, a mis brazos, a mis espaldas!. Y yo sin poder decirle nada, ni hacerle nada.En primer lugar, porque no me hubiera entendido. Y en segundo... ¿cómo meterla en la bañera para resolver nuestra urgente situación con un programa tan apretado como el que me tocó desarrollar en Belgrado?.
Tentado estuve de fingirme enfermo, al menos durante un día, porque sabía a ciencia cierta que con 24 horas –quizá con 12 ó 18- yo hubiese podido quitarme la picazón... y resolver, aunque, por supuesto, tendría que seguir con ella hasta mi regreso a La Habana.
Al conocer mi situación, de lo cual me encargaba con entera honestidad,pues a todos les contaba mi problema, mis interlocutores me miraban compasivamente. Y se alejaban con discreta elegancia... porque –lo comprendo ahora- su presencia comenzaba a molestar a todos sin excepción.
Quitármela de encima comenzó a ser algo obsesivo.Y sólo cuando de noche me dejaba caer deprimido en mi cama, podía descansar de ella unas horas en paz...porque ¡eso sí...jamás le permití que durmiera conmigo!.
Ella no tenía la culpa, y yo...mucho menos.Ante un nutrido grupo de periodistas que durante varios días recorrimos diversos lugares, traté de justificarme.Juraba y perjuraba que la mía era una situación especial; que ella no me interesaba en lo más mínimo, aunque siempre andara conmigo. También les dije que de muy buena gana la hubiera dejado plantada. ¡Qué angustia!. ¡Qué desesperación!. Ni ella ni yo nos soportábamos más...
Al mismo filo del límite entre la desesperación y la locura, y a diez días exactos de mi arribo a Belgrado, una llamada telefónica me salvó del derrumbe anímico total.
- ¿El compañero Viñas?.
- Sí, ¿qué ocurre?.
- Le hablan de la embajada. Ya su maleta perdida apareció al fin, compañero. ¡Estaba en Praga!. Dentro de media hora se la llevamos...
Los vecinos de los pisos inferiores del hotel se preguntarán todavía que hacía aquella MUDA DE ROPA (camisa ¿blanca?, pantalón, calzoncillos y un par de encartonados calcetines) cayendo, al vaivén de la brisa, en pleno parque del hotel “Splendid”. ¡¡Al fin lograban salir de ella!!.
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