Hay quien dice que en Cuba hay once meses de verano y uno esperando que llegue el invierno, aunque en algunos de estos últimos chifló el mono, tembló el buey y al afamado burro de Bainoa (uno de los puntos geográficos más gélidos del archipiélago)...
se le erizaron los pelos.
Por tales razones no se puede ser absoluto en nada.Y debemos seguir preparándonos para las locuras y desequilibrios climáticos, de los cuales no cabe ninguna responsabilidad ni a José Rubiera ni a ninguno de nuestros más afamados meteorólogos.
Ambos, sin bola de cristal y sí con muchos elementos científicos, tratan de adivinar las veleidades de un clima que como la donna de Verdi es movible como una pluma al viento.
Pero al tema. El asunto es que ya casi estamos en verano: pleno,sofocante, húmedo. Y como tema obligado de conversación y de queja reclama esta crónica caliente... para cuya ejecución me acojo y recluyo en las bondades del aire acondicionado para que fluya fresca y fluida.
El verano es, entre otras cosas, un estado de ánimo.Una invitación a la limonada, a aligerarnos de ropas, a coger un respiro (que a veces se prolonga demasiado) porque bajo este sol cubano que raja las piedras y estruja el alma, es necesaria una voluntad de acero para acometer determinadas tareas, sobre todo aquellas que a la intemperie cuentan con la omnipresente compañía del Astro Rey. Es la verdad, indiscutible e indiscutida.
Bajo otros cielos hay otras bondades para quienes libran el sustento al aire libre.
Aquí cuando “el indio”(que así también llamamos al sol)se encabrona hay que empujar juntos a la voluntad y al cuerpo para doblar el lomo, solía decir un viejo amigo (hoy residente en otras playas)pero enfermo para siempre de nostalgia incurable.
Si otros climas invitan al recogimiento temprano en la paz del dulce hogar y al hedonismo plácido bajo la gruesa lana de las frazadas, en nuestras latitudes ocurre todo lo contrario.
Somo un país de puertas y ventanas abiertas. De gente que reclama oxígeno a todo pulmón. Por razón vital y existencial necesitamos del intercambio con el medio (y con su gente) todo dentro de una sicología extrovertida y alborotadora de quienes, por fuerza mayor, reclaman del aire libre y fresco como una razón de ser. ¿Defecto? ¿Virtud? Dejo a otros la aridez de hacer filosofía. Sólo atino a apuntar que el hombre es él y sus circunstancias.
Y nadie osaría en este clima, a veces endemoniado,reclamar el recogimiento monacal o la parsimonia que no costaría ningún esfuerzo a seres nórdicos o de latitudes glaciales. El clima influye. Y mucho. Un esquimal jamás podría ser como un hombre del trópico. Como un pinguino sería siempe como una rara avis dentro de una laguna.
¿Podría acaso un finlandés conocer en toda su plenitud, pletórica de felicidad y dicha, la pegajosa y descomunal alegría que reporta al espíritu arrollar tras una conga santiaguera, en un julio volcánico, y repitiendo hasta el frenesí: “Siento un bombo,/Cachita me está llamando./Sí./Sí/Siento un bombo./?
¿Entendería lo que es marca tres pasitos a la izquierda y a la derecha tres más, siguiendo el lujuriosa vaivén de unas caderas de infarto,sudando a mares, para culminar el paroxismo saboreando una “fría” tan ansiada como si fuera la última cerveza del desierto?
Lo dudo. Me atrevería a decir que no. Mil veces no.
La circunspección no liga con el clima de Cuba. Una laxitud permanente tiene que ver con la latitud donde se viva.Así, somos como somos. Como fuimos. Como seremos en todos nuestros veranos: calientes.
¿Qué decir, pongamos por ejemplo, de esas parejas que se arrullan (y algo más) al vaivén de las olas sobre el muro del malecón habanero, creándose para ellos solos una sucursal del paraíso hecha de concreto y con el mar como testigo cómplice? ¿O de quienes ajenos al mundanal ruido echan su siesta a pierna suelta disfrutando sobre el propio muro del arte olvidado de no hacer nada? ¿Podría olvidarme de los sempiternos pescadores, quienes desde la propia mole de cemento siguen soñando con capturas fabulosas y peces ignotos que solo “picarían”en el anzuelo de su imaginación?
Verano, en Cuba, es mucho más. Es millares de estudiante en holganza ansiada, grey infantil en tropel. Es gente de sobra en casa (sobre todo parientes del interior del país) demostrando cada día que La Habana si aguanta más, aunque discrepemos de Juan Formell.
Verano es cubicar con arte y con maña para garantizar los víveres cuando por la obligada etapa vacacional estamos todos presentes en la mesa, en una recholata familiar donde sobran adolescentes voraces y madres capaces de hacer magia en la cocina.
Verano es decir playa,vacaciones, tumulto. Gente que viene y va. Y también tiempo para el descanso imprescindible tras el cual vendrán nuevos y mayores empeños. Es derroche de criollas hermosas a la vera de playas tibias y azules que se clavan para siempre en la memoria del alma.
Porque Cuba es, en resumen, esa tierra caliente, de verano casi eterno, luminosa y verdiazul que nos entra por los ojos y piel como un regalo de los dioses al trópico.
Quien la haya conocido. Quien haya vivido en ella y con ella jamás podrá olvidarla. Ese es el secreto de la Isla Grande.
Serio Pérez dijo
Muy bonito este texto. Y refrescante, a pesar de su contenido estival. Aunque este secreto que nos cuentas, es un secreto a voces.2008-03-19 12:17:23
FRANK dijo
Estoy de acuerdo contigo , te invitaré a una cervezas frías bajo una palmera en una playa cubana a las dos de la tarde , de seguro que a las seis exp´resarás , "Te fijaste hoy no hubo tanto calor" Felicidades Hermano2008-07-04 22:17:40
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