Con los pies en la tierra

La Kodorniz   (Enviado por: Pérez Serio) , 14/09/08, 13:39 h
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¡Cuánto agobia volar hoy en día! Los pedestres nos tratan con menos consideración que a las palomas. En casi todos los tejados encontramos carteles de "prohibido posarse".

Y en tierra nos piden las más fútiles explicaciones:

 


-¿Por qué no llevas plumas?

 


-No soy un pájaro, señora.

 


-¿Andan siempre danzando?

 


-Es nuestro modo de desplazarnos, no imitamos a los bailarines clásicos, por el contrario, ellos son los que copian nuestros movimientos...Y no...no somos gays, aunque nuestros gestos puedan sugerirlo.

 


Si sumamos a esas incomprensiones cotidianas las dificultades propias de ligar, ya podrán imaginarse lo complicado que se torna atrapar una pareja al vuelo. La frase inicial, durante el primer segundo de cualquier cita, es algún inesperado fragmento del "Espantapájaros" de Oliverio Girondo: "Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias". ¡Joder! ¿Y si yo no conociera el maldito poema? Comienza al menos por la primera estrofa para enterarme si se trata de una mofa o de un homenaje. Lo peor es que la cita se diluye en palabras y absurdas declaraciones de intención:

 


-A mi no me importa que tú vueles, pero no estoy preparada para iniciar una nueva relación.

 


-¿Qué dices? El inicio nunca ha sido un problema, lo difícil es mantener la relación, pero eso a mí tampoco me interesa.

 


-Por el momento, sólo busco personas interesantes, para pasar un rato agradable, y contigo me siento bien porque tenemos una gran afinidad intelectual.

 


-¿Intelectual? Pero si yo no he hablado, excepto cuando he intentado usar el lenguaje de las manos, y tú no me has dejado expresarme.

 


¿Y las chicas voladoras?, se preguntarán ustedes. Es prácticamente imposible cazar una. Las mujeres de mi especie prefieren tener hijos "adelantados", con los pies en la tierra. Reniegan de sus propios genes. Es cierto que las leyendas urbanas favorecen sus conquistas terrestres. Se acostumbra a creer que el 99% de las mujeres volátiles nunca ha necesitado fingir el orgasmo, y que para el 1% restante el orgasmo es el modo natural de expresarse.

 


La gente asocia volar con el éxito, pero la mayoría de nosotros notamos que la fortuna se aleja en cuanto nos alzamos unos metros del suelo. Ya no basta volar para triunfar. Para poder vivir del vuelo debes ser un metrosexual bien parecido o estar muy buena y enseñar las bragas desde el aire. En lugar de distanciarme de los problemas cotidianos, volar me involucra en situaciones incómodas. Cada día en el metro encuentro algún listo que me hastía con comentarios recurrentes, del tipo:

 


-Si pudiera volar no viajaría en estos trenes abarrotados de gente.

 


-Volar también cansa -replico resignado y protesto para mis adentros-, ¿por qué no vas tú caminando? ¡Imbécil! Aunque en la mayoría de las ocasiones prefiero ocultarme entre los que no han notado mi presencia, hasta llegar a la obra, donde me gano mi sustento.

 


Ya sabrán que a los voladores sólo nos emplean en la construcción de rascacielos o en labores similares. Para colmo de males, los contratistas, hijos de puta donde los haya, se niegan a pagarnos por peligrosidad. Ganamos menos que el resto de los trabajadores, y sin embargo debemos soportar que se apoyen constantemente en nuestros hombros cuando se desplazan entre los andamios, o que nos pidan miles de veces al día herramientas y materiales desde un edificio vecino, como si las distancias se esfumaran en el aire. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra solidaridad?: Recriminaciones si no logramos atrapar a tiempo a los obreros que caen al vacío. ¿Qué podemos hacer? Nada. En el resto de los empleos consideran que estorbamos. Ante quién nos podemos quejar, si nuestra comunidad es demasiada pequeña para resultar de interés para los políticos. ¿A quién le importaría una huelga de voladores? Sólo a los cazadores de noticias curiosas de los telediarios, o al poderoso sindicato de los pilotos, quienes se saldrían con la suya si logran apartarnos de su camino aéreo, aunque fuera por unos días.

 


Las puertas de la sociedad pedestre están cerradas para nosotros. Los hombres nos miran con recelo, como si todos nos dedicáramos a espiar a sus esposas y amantes a través de las infinitas ventanas abiertas a nuestro paso. Las mujeres experimentan ante nuestra presencia un temor indefinido entre la zoofilia y ser poseídas por el maligno. Siempre recuerdo la frase que solía repetir mi padre: "Ni ahorcarnos podemos". Es difícil acostumbrarse a vivir en un mundo atestado de gente varada en tierra.

 

Serio Pérez


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