Resulta que una pareja de británicos a la que se le habían muerto las mascotas, dos perros en concreto, y como los echaban mucho de menos (pero mucho, mucho), se han dedicado a recolectar pelos de los susodichos para hacerse un par de abrigos.
Tócate la flauta, corneta.
Por partes.
La recolección de los pelos la han hecho en su propio domicilio. Vamos, que mis primos no son muy aficionados a pasar la aspiradora. Conozco mucha gente que tiene un nivel de tolerancia con respecto a la mierda sorprendentemente alto pero una cosa es una cosa y seis son media docena.
Una cosa es que cuando uno abre la ventana del dormitorio para ventilarlo (de verdad, no pasa nada por hacerlo, la exposición al aire fresco, si no supera los 5 minutos al día, no supone un riesgo para la salud), de debajo de la cama salga una pelusa que, a modo de planta rodante de las de las pelis del oeste, cruce nuestro zulo a ritmo de la banda sonora de "La muerte tenía un precio".
Eso es una cosa y nos pasa a todos.
Ahí estamos hablando de un nivel de tolerancia con la mierda bastante normal.
Eso sí, cuando el tamaño de la pelusa es tal que no cabe debajo de la cama, conviene preocuparse e ir marcando el número de la Guardia Civil.
O bien, acudir a la nevera y buscar algo de comida para intentar domesticarla.
Después, podemos elegir un nombre para nuestra nueva compañera (siempre he pensado que Sandy sería un nombre perfecto para una pelusa doméstica, aunque Patiño últimamente gana muchos enteros) y enseñarle a que nos traiga el periódico y las zapatillas.
Pero eso sería otra historia, mucho más interesante que la que nos ocupa, pero otra historia.
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