La Kodorniz humor gráfico

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Resulta que una pareja de británicos a la que se le habían muerto las mascotas, dos perros en concreto, y como los echaban mucho de menos (pero mucho, mucho), se han dedicado a recolectar pelos de los susodichos para hacerse un par de abrigos.
Tócate la flauta, corneta.

Por partes.

La recolección de los pelos la han hecho en su propio domicilio. Vamos, que mis primos no son muy aficionados a pasar la aspiradora. Conozco mucha gente que tiene un nivel de tolerancia con respecto a la mierda sorprendentemente alto pero una cosa es una cosa y seis son media docena.

Una cosa es que cuando uno abre la ventana del dormitorio para ventilarlo (de verdad, no pasa nada por hacerlo, la exposición al aire fresco, si no supera los 5 minutos al día, no supone un riesgo para la salud), de debajo de la cama salga una pelusa que, a modo de planta rodante de las de las pelis del oeste, cruce nuestro zulo a ritmo de la banda sonora de "La muerte tenía un precio".
Eso es una cosa y nos pasa a todos.

Ahí estamos hablando de un nivel de tolerancia con la mierda bastante normal.

Eso sí, cuando el tamaño de la pelusa es tal que no cabe debajo de la cama, conviene preocuparse e ir marcando el número de la Guardia Civil.

O bien, acudir a la nevera y buscar algo de comida para intentar domesticarla.

Después, podemos elegir un nombre para nuestra nueva compañera (siempre he pensado que Sandy sería un nombre perfecto para una pelusa doméstica, aunque Patiño últimamente gana muchos enteros) y enseñarle a que nos traiga el periódico y las zapatillas.

Pero eso sería otra historia, mucho más interesante que la que nos ocupa, pero otra historia.

 

Artículo completo aquí

Unos chinos, ignoro si matrimonio, pareja o, simplemente arrejuntaos (ya sabéis cómo son estos comunistas, siempre coqueteando con el pecado), han decidido llamar a su hijo “arroba”, sí, sí, eso que se pone entre medias de tu nombre y la empresa que te roba cada mes por la conexión a internet.

 

Como nombre, los he escuchado peores. Que te llamen Indalecio o Pascuala es mayor putada, las cosas como son. Al menos, Arroba es un nombre que suena mucho más familiar.

 

Eso sí. Nunca entenderé la manía que tienen muchos padres de joderle la vida a su hijo, así, porque les hace gracia. Porque cuando uno escucha un “me llamo Lluvia” después de haber preguntado el nombre a una muchacha de más o menos buen ver, no puede evitar que la siguiente pregunta que pase por su mente sea la de “¿tus padres eran jipis o simplemente cabrones?”.

 

Que un nombre acompaña toda la vida (o, al menos, a priori) así que, por mucho que os haya gustado Praga, por muy romántico que os parezca, no le pongáis ese nombre a vustra hija, que también es un ser humano y no tiene la culpa de que vosotros seáis unos completos gilipollas.

 

Y eso es lo que le pasará a ese pobre niño (¿Arroba Wong? ¿Arroba Ming?) que, durante toda su infancia tendrá que aguantar las burlas (totalmente justificadas) de sus compañeros de clase. Y luego, cuando pase a cuchillo a los capullos de sus padres, éstos se preguntarán qué es lo que han hecho mal.

 

 

 

Este animal, al que llaman Knut, ha conseguido en siete meses lo que servidor lleva intentando más de 10 años lo que, una vez más, confirma la teoría de que el ser humano no es, como nos han hecho creer, la especie más inteligente del planeta.

Pero claro, seguro que el osezno en cuestión no ha tenido que lidiar con trabajos de mierda en los que te quemas las pestañas a cambio de veinte mil cochinos duros al mes o esos otros en los que tienes que aguantarte las ganas de soltarle una hostia con la mano abierta al desgraciado de tu jefe cuando se le van los ojos detrás de tu escote.

Ni tampoco habrá tenido que escuchar a las ministras de turno proponiendo cajas de cerillas como solución plenamente satisfactoria (para ellos desde luego), para que los jóvenes, ese hatajo de vagos fumadores de canutos, puedan dejar de creer que son eternos Peterpanes y asuman responsabilidades de una vez.

Porque, claro, cuando uno cobra en dinero “b” y, encima lo hace una vez cada tres o cuatro meses, si hay suerte, la cara que se le queda al del banco cuando uno pretende informarse sobre cuántas almas tendría que vender para poder optar a una mísera hipoteca a unos 300 ó 400 años, es la misma que tenían los soldados romanos en “La vida de Brian” cuando Herodes hablaba de su amigo Pijus Magnificus… que no sabe si descojonarse en tu cara o echarte a patadas del banco.

Y es que entre los auténticos listos de la película, constructores, banqueros y políticos, han conseguido formar un sistema chachi para seguir cubriéndose el riñón.

Y que nadie intente decirme lo contrario cuando, todos sabemos que, en los ayuntamientos, hay hostias por pillar la concejalía de urbanismo y, en cambio, nadie quiere la de cultura.

Y así funciona todo, claro.

Knut, compañero, no sabes la envidia que me das.

 

Y, ni siquiera con una mísera pegatina de Valle del Kas en el parabrisas, es la cantidad de correos que uno recibe.

 

Mucha gente los cataloga de basura.

 

A mí me encantan.

 

Me apasionan los forwards, esos correos que, antes del asunto del mensaje, como si de un prefijo telefónico internacional se tratara, llevan una hilera interminable de FW.

 

Ésos son los mejores.

 

Ésos que, cuando los abres, tienes que recorrer diez kilómetros de página para llegar al asunto en cuestión.

 

Pero, cuando llegas, merece la pena el viaje.

 

Porque te encuentras con auténticas perlas.

 

Me encantan esos mails en los que te cuentan la vida de una mujer, habitualmente africana, a la que van a lapidar si tú no reenvías el mensaje a todos tus contactos. Obviamente, si lo haces, el gobierno del país en cuestión, cambiará las leyes para que la mujer no sea apedreada de una manera tan salvaje.

 

Me apasionan esos otros en los que un matrimonio, habitualmente yanqui, pide ayuda para su niñito enfermo, adjuntando un número de teléfono para que llames y compruebes la veracidad de la historia, previo reenvío del mail a todos tus contactos para así, los del Hospital de la Vírgen de Versace, en cuanto comprueben que se ha reenviado el mensaje de marras a 15.000 personas, procedan a salvar la vida del tierno infante. Están esperando… casualmente, tú eres la persona 14.999 de la lista.

 

Por supuesto, ambos tipos de correos se acompañan de alguna imagen para que, si eres tan desalmado como para no seguir las instrucciones, al menos te sientas mal por ser un perfecto cabrón insensible.

 

Además, si se te ocurriera romper la cadena, que lleva funcionando desde los tiempos de San Apapucio que, como todo el mundo sabe, fue uno de los pioneros en esto de la internés, al instante, antes de que pudieras nombrar cinco marcas de cerveza, un grupo de samoanos ávidos de sexo aparecerían a tu espalda dispuestos a jugar a las torturas medievales con tu culo.

 

No sé vosotros cómo andaréis de sensibilidad pero, si uno se ganara el cielo por la cantidad de gente que ha salvado gracias a estos correos, el día que me vaya a criar malvas, tendré una parcela del tamaño de Arkansas que, así entre nosotros, no tengo ni puta idea del tamaño que tendrá, pero por el nombre, tiene que ser grande de la hostia…

 

Cierto es, porque lo mismo que os digo una cosa os digo la otra, que, posteriormente a la lectura de los correos, uno termina enterándose de que, finalmente, a la africana se la cargaron y el niño yanqui también dejó de fumar.

 

Pero eso pesará en la conciencia de otro, no en la mía.

Yo, cumplí mi parte.

Y seguiré cumpliéndola.

 

Este mundo necesita superhéroes. Y yo estoy dispuesto a dar un paso al frente.

 

Además, las mallas me estilizan mucho las piernas.

 

Existe una corriente pseudo-cultureta en este país muy amiga de borrar de la memoria colectiva determinados hechos que, vaya usted a saber por qué, no les termina de convencer.

 

Según estos nuevos gurúes, el cine social de ahora sí que es duro de cojones, colega, porque refleja la realidad como nadie se atreve a contarla.

 

Pero claro, ese mismo cine que, hace no tantos años, reflejaba esa España de Paco Martínez-Soria, la del vente p’Alemania, Pepe y la de los manolos y benitos que cruzaban la frontera para ver si era verdad eso que decían que, en Perpignan, Rita Hayworth se quitaba mucho más que un guante en la maravillosa escena de Gilda, ese mismo cine ni era retrato social ni era ná.

 

Porque los actores que salían en esas películas (en otros países, al hablar de Pepe Sacristán, Landa, López-Vázquez, Gómez-Bur, Saza, Fernán-Gómez, Ozores y tantos otros que no cabrían, se pondrían de pie, pero claro, eso en otros países) eran gente bajita y fea, nada que ver con el cine de hoy, que sí, será retrato social, pero todos con sus sonrisas profidén y sus cuerpos danone.

 

Que se note que el país ha avanzado.

 

Y además, esos otros se limitaban a contar esas historias con humildad y, en la mayor parte de los casos, intentando poner una sonrisa.

 

Como si esas cosas fueran para tomárselas a chufla.

 

Porque, por supuesto, esos pseudo-culturetas piensan que lo difícil es hacer llorar, que una sonrisa la saca cualquiera.

 

Y en eso estamos de acuerdo.

 

Eso sí, la saca cualquiera que, como todos los anteriores, además de feos, calvos, bajitos o desgarbados, desborde talento por todos los poros de su piel.

 

Cosa que, salvo contaditas excepciones, apenas se encuentra en el cine social que tanto les gusta a estos gilipollas.

 

 

Claro que, también digo, porque soy así de retorcido que, si cuando nos juntamos cinco paisanos hijos de Paco Martínez Soria para comer y, a la hora de los cafés, salimos todos por peteneras y pedimos uno solo, otro con leche, el mío corto de café, mi leche fría, un americano y, para mí, un poleo, pues como para ponernos de acuerdo en la letra del himno del país.

Lo mismito que encontrarse a Poli Díaz asistiendo a un simposio, con charla-coloquio y espectáculo del bombero-torero incluido, sobre la metafísica inherente y trascendental presente en todos los escritos de Sartre. Posible, pero improbable.

Por si acaso, ya se ha solicitado en el Congreso, por pedir, que no quede, que se organice una Comisión que regule lo de la letra del himno.

Anda que si nos dieran un dólar de plata cada vez que montamos una comisión reguladora que, para los que piensen que es una cosa seria, en el fondo, son un grupo de amigotes que se van de comida by the face para hablar de fútbol, el PIB del país se incrementaría a la misma velocidad que el precio del ladrillo. Para los de la LOGSE: que estaríamos forraos de la hostia.

Por mi parte, planteo desde aquí una iniciativa basada en la consecuencia.

Hace unas pocas fechas en Antena 3 hicieron un programa en el que se elegía al español más importante de la Historia, así con hache mayúscula, es decir, casi ná, unos 4.000 años así, a bulto, entre íberos, lusitanos, visigodos, fenicios, griegos, romanos y árabes, por citar sólo unos cuantos, y el resultado fue que, entre los 100 primeros, figuraban nombres como Fernando Alonso, David Bisbal, Rocío Jurado, la Pantoja, Butragueño, una de las Koplowitz (no sé si era la morena o la que se tiñe la raíz de negro, siento mi falta de rigor), Dani Pedrosa, Raúl o Paquirri.

Obremos desde la consecuencia y pongamos una letra al himno acorde con el sentir del pueblo que, una vez más, ha demostrado que es un pueblo a la vanguardia, moderno que te cagas y, sobre todo, conocedor de su Historia.

Es más, en lugar de ponerle una letra a un himno caduco y falto de ritmo, propongo que el nuevo himno nacional sea La Macarena o el Aserejé.

Así, además de cantar, podremos bailar.

Y cuando nuestra selección de fútbol acuda a cualquier cita, ya me imagino a todos los futbolistas, abrazados en pleno fervor patriótico, cantando a grito pelao eso de que la Macarena tiene un novio que se llama de apellido Vitorino.

Y, ya puestos, que todos salgan con una montera en la cabeza. O, mejor, con una boina enroscada hasta las cejas.

Olé.

Y así, tendríamos un himno acorde con nuestra idiosincrasia de república bananera.

Porque, en el fondo, es lo que nos merecemos.

 

 

 

Emparentándose conmigo de la manera más natural del mundo, pues empiezan todas sus misivas con un “querido”, seguido de un amigo, vecino, hermano o compañero del metal, en función de la ideología o, según algunos malpensados, no seré yo uno de ellos, líbreme Dios, de la cantidad de hocico que tienen.

Después, contemplo sus imágenes, fotochopeadas hasta lo grotesco, de tal modo que no los reconoce ni la madre que los parió y uno no sabe si el voto se lo pide el manguta de turno o un actor de Hollywood despistado, con esos tiernos ojillos con un implícito “dame argo, payo” en la mirada que, resulta tan conmovedor que a uno se le revuelven los higadillos ante tanta hipocresía.

Porque es ahora y sólo ahora cuando mis primos se acuerdan de la vulgar plebe, cuando se miran los unos a los otros y se dicen “coño, Manolo, que se nos acaba el chollo y aún nos queda mucho por trincar… échate una sonrisita de esas que tú sabes, ladrón, que luego hacemos unos carteles que se caga la perra…”

Y, en el fondo, la imagen es lo único que nos queda a los tontos de siempre, es decir, los que votamos.

Elegir la imagen del manguta (o de la manguta) que nos va a poner mirando a Pamplona los próximos 4 años

 

 

 

Porque también en esto hay modas y modas. Modas que uno ha seguido y reconoce como propias, pese a admitir, porque lo cortés no quita lo valiente, lo estúpido de su naturaleza.

Como decía al principio, las modas cambian constantemente y es imposible intentar seguirlas todas, pues uno termina resultando un ser bastante grotesco. Verbigracia. Anita Obregón paseando su palmito de cincuentona vestida para matar como las niñas de dieciséis.

Uno puede intentar mantenerse en la onda pero, como me ha pasado a mí esta mañana, uno, que cree que está en la onda, cae en la cuenta de que, de repente, la onda ha cambiado y, lo que es peor, nadie se lo ha comunicado.

He visto un chaval, sobre los quince años, con una pernera del pantalón arremangada a la altura de la rodilla. Sólo una, eso sí.

“Se habrá caído”, pensé yo, en mi candidez e ignorancia habitual.

Pero no.

Su rodilla estaba en perfecto estado de revista.

Con lo que, deduje, debe ser una moda.

Esta es una de esas modas que no entiendo.

Puedo entender un peinado, un cardado imposible de los de los 80, el pelo a lo afro, una cresta e, incluso, ese corte a lo boxeador colombiano ochentero que tan frecuente es hoy día.

Pero no puedo entender, y será que me hago mayor, que se lleven las zapatillas desabrochadas, una gorra de lado o una pernera del pantalón subida hasta la rodilla.

Cuando veo estas cosas concluyo que, aunque quiera pasar por un joven rebelde, me acerco a pasos agigantados a contemplar las obras apoyado en una valla, dando consejos al arquitecto sobre cómo hay que hacer un encofrado en condiciones.

Al menos, la moda de los de la valla sí la entiendo.

 

 

Hace unos años, servidor, que tiene menos personalidad que una babosa en celo, caía rendido ante los encantos de cualquier aparato que anunciaran por televisión.

Máquinas infernales para hacer abdominales mientras uno devora un bocata de panceta (sólo 5 minutos al día, oiga), bolsas para guardar la ropa de invierno y, mis preferidos, aquellos que patrocinan personajes famosos, como la el gimnasio todo-en-uno de Chuck Norris o la barbacoa doble de George Foreman.

Sinceramente, si no me he comprado todos esos aparatos ha sido, única y exclusivamente, porque no tengo dónde caerme muerto bueno, y también porque me daba vergüenza llamar a las 3 de la mañana a un número de teléfono para soltar un discurso en plan Gollum, “necesito la barbacoa doble de George Foreman, no tengo jardín, pero la necesito, tiene que ser mía, mi tesssorooo…”

En cambio, ahora, los programas de la teletienda conviven con otros mucho más siniestros: los concursos.

Hace unas pocas madrugadas vi uno en el que pedían el nombre de una fruta. El misterio en cuestión comenzaba por la letra P y terminaba en TANO. Además, facilitaban una pista… “oro parece, plata no es”.

Lo vi claro y marqué el número de teléfono.

300 euros me esperaban al otro lado de la línea.

Comenzaron los mensajes grabados. Eres la llamada número 2… sólo si eres la llamada número 5 podrás optar a concursar.

Marqué de nuevo… esos 300 euros tenían que ser míos… mierda, era la llamada número 4… bueno, nos vamos acercando.

Mientras tanto, la gente respondía… manzana… pera… melón…

Los esforzados presentadores (lo que hay que hacer para comer) recordaban las pistas, intentando no faltar al nivel intelectual de la audiencia.

Llamé de nuevo… era la llamada número 5, al fin.

La tensión aumentaba, el programa se iba a acabar, sólo un minuto para el final del mismo y ahí estaba yo, esperando, a solo un minuto de ser millonario.

Y entonces entró una llamada.

Pero no fui yo.

El avispado concursante respondió con sorprendente tranquilidad… plátano… y, justo con el final del programa llegó el éxtasis… 300 euros para el ganador, toda una fortuna.

Menos mal que no me tocó a mí.

Estaba convencido de que la respuesta correcta era la sandía.

Hasta para ganar 300 euros hay que ser un superdotado.

La experiencia de pegarse el madrugón del siglo para poner las calles porque así, fijo que encontraremos menos follón, llena de regocijo a cualquiera.

Después, ya metidos en el sempiterno atasco de salida, cuando uno comprueba que la idea de salir con la fresca no ha sido ni tan brillante, ni tan exclusiva como parecía, intenta recuperar esas horas de sueño que nunca volverán, encajonado en un minúsculo reducto al que algunos llaman asiento trasero del coche, el mismo lugar en el que los nazis sentaban a los judíos para prolongar su sufrimiento.

Y con las primeras luces del alba empieza lo bueno.

Esos carteles de la DGT en la que se nos anuncia la competición de muertos oficial, como queriéndonos animar a igualar la cifra… vamos, chicos, 15 muertos más y ya habremos superado el puente del año pasado.

Esos mismos carteles en los que se nos informa de que la velocidad mata y el alcohol acelera la cita con San Pedro, pero en los que no se menciona que el estado de las carreteras es el mismo que el de las carreteras tanzanas a principios del siglo XX, con esos baches y socavones en plena autovía, con dos cojones, porque nosotros lo valemos, guas, guas, meneando nuestra melena de ministro de fomento, con esos charcos que se forman cuando llueve, por no llamarlos lagunas, que se forman en esas mismas autovías, teóricamente las carreteras mejor cuidadas del panorama nacional, o con esos camiones que se ponen a adelantarse, con un par, en un cambio de rasante sin visibilidad, porque sí, porque la vida son dos días y hay que vivirla a tope.

Y después llega la visita a la gasolinera, donde uno tiene que empeñar medio riñón para poder comprar una botella de agua pero, eso sí, no puede usar los servicios porque siempre están recién fregados, con las fregonas como barricadas atravesando de parte a parte la puerta de los mismos.

¿Por qué no rodear los baños con un foso de cocodrilos? Sería mucho más sencillo.

Y mientras uno saborea una bolsa de cacahuetes de la época isabelina que, por supuesto, ha pagado a precio de piso de protección oficial, deleitándose con la enésima vez que el conductor ha dicho la frase “ya huele a mar”, pese a que aún estemos a 100 kilómetros de Albacete, uno empieza a pensar que no ha sido tan buena idea eso de marcharse unos días a la playa.

Pero, finalmente, todo llega y, después de 10 horas de viaje, ahí está la playa.

O, al menos, ahí debería estar, tras las nubes, la niebla y la lluvia del segundo diluvio universal.

Y después de cuatro días recluido en una pocilga que uno ha alquilado a precio de cuarto y mitad de suite en el Hilton, envuelto en una manta que hasta las pulgas rechazarían, recluye su maltrecha humanidad en esa caja de cerillas a la que mucha gente llama coche, previa partida de tetris para colocar las maletas, esas maletas en las que se lleva media casa, por culpa de los “porsis”… por si llueve, por si hace sol, por si refresca por las noches… dispuesto para el viaje de regreso.

Tras 12 horas de divertido atasco, en el que la conversación principal ha sido el destino que elegiremos para pasar el siguiente puente, amenizadas con la música de ese colega macarra que todos tenemos y que nos ha obligado a escuchar la discografía entera de Mago de Oz, debido a que ha sido el único que llevaba cintas de cassette, uno acaba concluyendo que la especie humana, al menos la ibérica y, especialmente, en épocas de puentes, es un error de la Evolución.

Porque todos los años es lo mismo.

Y hasta un ratón en un laberinto aprende antes a no cometer los mismos errores.

 

 

La Igualdad, la mayor de todas, tan antigua como el Hombre y la Mujer, como el blanco y el negro, como el yin y el yan, como Simon y Garfunkel.

Ella, la Igualdad, fue la primera olvidada.

Cuando dejó de ser guapa y sus carnes ya no estaban tan prietas como las de una buena tortilla de patatas, la arrinconamos, la olvidamos, dejamos de llamarla y borramos su dirección del messenger.

Encerramos a la Igualdad en las cocinas y en los dormitorios, la encadenamos a unas alianzas con la promesa de un “sí quiero, hasta que la muerte nos separe”, la llamamos “mujer del alcalde” en vez de alcaldesa y cometimos el terrible pecado de diferenciarla basándonos en la nimiedad que separa a los géneros en la bisectriz de nuestras piernas, camuflándola en las páginas de las revistas para mujeres de hoy, que saben lo que quieren, amigas de sus amigas, in dependientes y triunfadoras pero, eso sí, sólo si sus tetas son tan firmes como sus convicciones.

A día de hoy, la Igualdad es sólo el resultado de un test de estas revistas.

De la Fraternidad nos olvidamos incluso antes.

Era la hermana mediana y la más bondadosa de todas. Ella sólo quería querernos a todos, sin distinciones.

Como loca y desequilibrada, la apartamos de las fiestas de sociedad, recluyéndola en los rincones más oscuros, donde nadie pudiera oir su voz, porque a nadie interesaba.

En la actualidad, la Fraternidad malvive en las universidades americanas y en los moteles de carretera, como una reliquia del pasado, a 30 euros la hora, 60 el completo.

La Libertad, la hermana pequeña, era la que reunía todas las virtudes en una, la más preciada y la más deseada.

Nunca le faltaron pretendientes pero, curiosamente, todos ellos querían convertirla en otra cosa, ninguno se atrevía a aceptarla tal y como era, todos queríamos cambiarla.

Mucha gente la cita, en especial los políticos, ejerciendo esa libertad especial para decir gilipolleces y/o mentiras, porque incluso para las gilipolleces y las mentiras se prostituye a la Libertad.

La Libertad, la hermana soñadora que pensaba que podría cambiar el mundo, terminó, paradójicamente, encerrada en una cárcel, el único sitio donde se sigue soñando con ella, para poder volver a robar, para poder volver a matar o, espero que aún quede alguno, para poder abrazar a los hijos que no le han conocido sin barrotes.

La Revolución murió hace muchos años, no se sabe si de vieja o de joven, y tal vez sea mejor así, porque si viera en lo que se han convertido sus hijas, mejor dicho, en lo que las hemos convertido, salía de su tumba y nos mandaba a todos a tomar por culo.

 

 

 

Siempre empiezo de la misma manera pero, creéme, amigo, el mundo es aún más gris desde que te marcharte para ir al lugar del que provienen las buenas personas.

Porque gente como tú hace falta en este mundo cada vez más perro, dicho sea esto con todo el respeto que me merecen los perros, que ninguna responsabilidad tienen con el triste y lamentable hecho de lo canalla que es la especie humana.

Y, como siempre te digo, se te echa mucho de menos.

Se echa de menos esa leve inclinación de cabeza con la que nos saludabas a todos, sin importar si nos conocías o no, seguido de ese hello, my friend, tan afable como sentido, algo tan extraño como un británico sin calcetín en la sandalia, en ese mundo tan cruel y mágico a la vez, que es el mundo de la radio.

Ese mundo al que nos dabas la bienvenida, llamándonos “amigo” a todos, sin hacer distinciones entre los que se lo merecían y los que no.

Sin diferenciar entre los que te ponían a parir cuando te veían pasar, porque ya sabemos que el talento de verdad, el de pata negra, es una cualidad que los mediocres, del que ese maravilloso mundo radiofónico está plagado, envidian con toda su alma.

Sin diferenciar entre los que te lloraron como plañideras cuando nos dejaste, con lágrimas de cocodrilo, cuando, en vida, nunca tuvieron una palabra amable contigo.

Porque eso, precisamente, es lo que eras tú, my friend… una persona amable, un ángel, como muchas veces escuché que te definían, un tío cercano que, después de diez horas de curro, tú y yo lo sabíamos, te parabas a hablar con todo el que te pidiera un saludo, una foto o tu grande y único “esto va a ser tres, dos o uno”, poniendo siempre una sonrisa allá donde otros, con mucho menos talento que tú, sólo ponían unas gafas de sol y una pose de diva.

Por eso te digo, como todos los años desde hace dos, que se te echa de menos, querido Luqui… y que espero que San Pedro sepa apreciar lo que tiene a su lado cuando se lo cruce por los pasillos y le salude con una leve inclinación de cabeza, acompañando el gesto de tu sencillo, afable, único e inimitable hello, my friend.

Un abrazo, amigo.

Ya nos veremos.