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Ya estamos como siempre, cogiéndonosla con papel de fumar y queriendo ser más papistas que el Papa.

Ahora salen con que si es inmoral, indecente, innecesario e insípido, eso de recauchutarse el cuerpo para conseguir la tan ansiada felicidad.

Que si se trata de un culto al cuerpo gratuito y superfluo y que la felicidad no hay que buscarla en el físico sino en el interior.

Qué fácil resulta hacer demagogia con estos temas, cuando uno no ha tenido que aguantar toda la vida unas orejas de soplillo, un pecho plano y liso como el Mar Menor, unos dientes colocados de cualquier manera o una nariz curvada como un cuarto de circunferencia y, por supuesto, todos los complejos que todas estas circunstancias con las que la naturaleza, sabia y perra a la vez, nos ha provisto.

Cierto es que los hay que conviven sin mayores problemas con estos pequeños inconvenientes, pero no menos cierto es que, para otros tantos, estos inconvenientes suponen grandes problemas.

Dicen que lo que necesitan no es un cambio físico, sino unas sesiones de psicólogo. Eso dicen pero bueno, ya sabemos que se dicen muchas cosas, y la mayor parte son gilipolleces.

Ahora bien, si estas personas necesitan este cambio físico para alcanzar su felicidad o, por lo menos, para intentarlo, adelante.

Que se recauchuten los morros, se inflen las tetas, se blanqueen los dientes, se limen las narices o se pongan el mundo por montera.

Que lo hagan y si, encima consiguen ser felices, mejor que mejor.

Porque, muchas veces, las cosas inmorales, indecentes, innecesarias e insípidas son, precisamente, las más importantes.

Sobre todo cuando el gremio de las cotorras las cataloga así.

Una peluquería de las de antes, con su cilindro de colores azul, rojo y blanco, donde uno puede leer, en un letrero discretito, sin las luces de colores de las grandes peluquerías de corte de pelo en masa, que se corta el pelo a caballeros.

Uno de esos sitios que, al igual que sucede con los caballeros, está en peligro de extinción.

Un lugar atemporal, donde uno se puede reconocer a sí mismo hace muchos años, en otro espacio muy similar, sentado en una silla, leyendo las aventuras del guerrero del antifaz y echando un vistazo disimulado al Interviú, mientras el resto de los parroquianos jugaban al ajedrez o charlaban entre ellos.

Porque sí, en estos lugares, se charla. Y se organizan tertulias entre gentes que no se han visto antes, independientemente de su cultura, formación e ideología.

Y, al final, cortarse el pelo termina convirtiéndose en un accidente porque, después de muchos años, el peluquero ya no es sólo esa persona que cuando le dices cómo quieres que te corte el pelo, él termina haciendo lo que le sale de las narices, sino que, ahora, además, es un amigo.

Y decidme si esto puede suceder en esas otras peluquerías sin alma en las que nadie habla con nadie.

San Pedro tiene motivos para estar contento. Ahora el cielo es un lugar mucho más divertido.

En cambio, aquí, todo es un poquito más gris.

Ya nunca más, salvo en esos homenajes póstumos y a deshora, tan habituales en este país a veces tan miserable, especialmente con sus cómicos, escucharemos eso de “dame la manita, Pepe Lui” o nos enseñarán a llenar un vaso de agua como nunca nadie lo ha hecho: con elegancia, con ingenio y con esa peculiaridad que sólo tienen los genios.

Bombín y chistera, juntos de nuevo, volverán a repasar la actualidad, como nunca dejaron de hacer, porque, afortunadamente, forman parte de nuestras vidas.

Esas vidas que, a partir de esta semana, serán un poco más tristes.

Dios aprenderá a llenar un vaso de agua, eso seguro y, además, tiene un nuevo ángel con bombín que forme pareja con el que tenía soltero hacía unos años… ese alto, desgarbado y con bigote que siempre usaba chistera.

Porque si los ángeles existen, sin duda son esas personas que nos han regalado alguna sonrisa y, en este caso, además de alas, llevaban chaqué, bombín y chistera.

Porque nos regalaron muchas.

La semana que viene, hablaremos del gobierno… aunque sea desde el cielo

Sé que la mayor parte de la gente está pendiente de quién ganará, quién perderá, quién llorará en los discursos, qué cara se le quedará a los que pierdan o, incluso, qué reacción tendrán los presentes ante el primer actor de color violeta, homosexual y nacido en Urano que suba a recoger una estatuilla.

Los desfiles de los cuerpos más o menos serranos por esa alfombra roja a mí me despiertan otro tipo de inquietudes.

Me da igual, por no decir que me la trae al pairo, que el diseñador más llevado sea Armani, Valentino o la madre que los trajo a todos ellos.

No me altero cuando veo esos joyones que lucen, ellas y ellos, suficientes para pagar cuatro veces mi hipoteca y darme una vida digna de un marajá.

A mí, todas esas carnes de estrella, en estado de mayor o menor descomposición, me sugieren otras cosas.

La parte que más me gusta de la Ceremonia es cuando ponen el vídeo de los que han dejado de fumar.

Lo sé… todos esos golpes que me dí en la cabeza cuando era pequeño al final acaban pasando factura.

Y entonces, en mi torturada cabecita, acuden de nuevo las imágenes del desfile de la alfombra y, no puedo evitarlo, comienzo a hacer quinielas para ver quién de los presentes se nos va a ir a críar malvas el año que viene.

Es posible que no sea una actividad políticamente correcta, lo admito, pero es mucho más entretenida que la soporífera gala de las narices y, además, no hay que aguantar las supuestas gracias de los presentadores de turno, y me da igual que sea Billy Crystal, Whoopi Goldberg o Steve Martin, porque los tres, en opinión de este humilde servidor de todos ustedes, tienen la gracia en el mismo sitio que las avispas.

Así que, que los demás hagan la lista de los ganadores y las fotos para las revistas, que yo esperaré con ansia la siguiente entrega de los Oscar para ver si, cuando pongan el vídeo de los que se han mudado al otro barrio, he acertado.

Porque a Peter O’Toole le he visto muy mal…

Obras aparte que, sin duda alguna, están convirtiendo al ser humano que habita en las metrópolis en una especie indestructible, de las pocas, junto con las cucarachas, tertulianos de toda calaña y condición y demás alimañas, en los únicos seres vivos capaces de sobrevivir a un holocausto nuclear, hay muchos más peligros.

Y a este fortalecimiento de la especie contribuye, de manera notable, el paraguas, ese arma mortífera que alcanza toda su capacidad de exterminio cuando lo empuña una señora que podríamos calificar de octogenaria, por no recurrir al más común epíteto de “viejuna”.

La señora, bajita, por supuesto, como todas las octogenarias, con su pelo ligeramente morado, supongo que debido a algún tipo de mutación, es el depredador situado en la cúspide de la pirámide alimenticia de la metrópolis.

La señora marca su territorio con una ferocidad despiadada, sintiendo especial predilección por los asientos libres de los transportes públicos, a los que se lanza en picado, superando con creces la velocidad del guepardo en distancias cortas y, hundiendo los codos sin compasión en las costillas de todo aquel ser, ya sea humano o no, que ose interponerse en su camino.

Sin embargo, el transporte público, no es su único habitat.

Cuando la lluvia cae sobre la ciudad, la señora sale de caza.

Abre su paraguas de destrucción masivo y se coloca estratégicamente, bien pegadita a la pared de los edificios, es decir, la parte de la calle que está cubierta por las terrazas y los soportales.

En principio, podría resultar una paradoja que una persona con paraguas, que no se moja, camine por debajo del soportal con el paraguas abierto, por supuesto, con dos cojones.

No nos dejemos engañar: se trata de una estrategia de caza digna del mismísimo Maquiavelo.

Cuando la presa potencial que, por supuesto, carece de paraguas, camina bajo los soportales con los hombros subidos y el cuello encogido, se cruza con la señora, ésta, lejos de apartarse y salir a la intemperie, se arrima aún más a la pared, contando con la lógica del incauto o incauta de turno, que piensan que se apartará ella, ya que, al fin y al cabo, tiene paraguas.

El choque es inevitable y, la señora, con precisión de cirujano, clava la varilla de su instrumento mortal en el hombro de su presa.

La presa se gira, cagándose en todo lo que se menea pero la señora, implacable, sigue su camino arrimadita a la pared, en busca de la siguiente.

Científicos de todo el mundo estudian el motivo de estos ataques aparentemente indiscriminados de las señoras.

De momento, no hay respuesta.

Mi teoría es la siguiente.

Al clavar la varilla en el hombro de las presas, extraen su sangre y, cuando llegan a casa, prestas para su partida diaria de cinquillo con las amigas, la sirven mezclada con el té para conseguir la vida eterna.

Lo sé, como teoría no tiene mucho peso pero… ¿han pensado que los únicos animales que tienen el pelo morado son las octogenarias y los vampiros?

Inquietante, ¿verdad?

Huyan de las octogenarias, sobre todo los días de lluvia.

Digo “parece ser” porque, sinceramente, cada día procuro estar menos informado de lo que sucede a nivel político. Cuestiones de salud mental, ya saben. Además, para escuchar gilipolleces, me bastan las mías.

El caso es que, como si de una decoración navideña se tratara, ahí están las sonrisas de nuestros políticos engalanando las calles de nuestras ciudades.

Esas sonrisas que, por otra parte, no sé a ustedes, pero a mí siempre me dan qué pensar… ¿qué ocultarán bajo esa sonrisa?

Llámenme lo que quieran, pero prefiero que me vengan con la vaselina en la mano y una pastilla de jabón en la otra antes que con caricias, “te quieros” y “si seguro que sólo te duele al principio, tonto, que luego vas a disfrutar”.

El resultado es el mismo, sin duda, pero, al menos, no se te queda tanta cara de gilipollas.

Además, con esto del Photoshop, uno nunca sabe si va a votar al alcalde o a su hermano pequeño.

En resumen, la historia de siempre. Los unos, a decir lo bien que lo estamos haciendo y, los otros, a decir lo mal que lo hacen.

Parecen tontos.

Sin embargo, a mí no me la dan.

Los tontos somos siempre los mismos: nosotros.

Las enseñanzas del Dalai Lama, con fotos de angelotes o de florecitas y acompañadas de una música tipo ENYA, siempre con un mensaje final del tipo “no dejes de sonréir, porque nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa”, sirven para que cualquier hijo de vecino, que tenga una conexión de internet de esas que pagamos aquí a precio de caviar para recibir un servicio de chopped, pueda realizar un análisis psicológico.

Asocia colores a las personas que primero te vengan a la cabeza, escribe las canciones que te recuerdan a otras personas importantes en tu vida, ordena en función de tus gustos una lista de animales, y voilà, en unos segundos te habrás dado cuenta de que el ornitorrinco, que pusiste el primero, indica que tu prioridad en la vida es la estulticia, el primer single de la brillante carrera musical de Ernesto Neyra, porque sí, queridos niños, este polifacético artista también tiene un disco, que asociaste a tu madre, significa cómo te ven los demás, mientras que tu gusto por el sprite agitado, que no mezclado, revela una fuerte personalidad condescendiente.

Por supuesto, previa petición de un deseo que se cumplirá en los próximos 7 minutos, siempre y cuando reenvíes el dichoso powerpoint al resultado de multiplicar el número de crías de una pareja de koalas que viven en el zoo de Copenhague, que han sido alimentadas con productos macrobióticos, por la cantidad de pelusas que se acumulan bajo una cama, sumando 3 al resultado si el número de tu portal es impar, y restándole 4 si es par y te llamas Alfredo, conseguirás que tu vida sea, sino más feliz, seguro que más plena.

Con todos estos resultados que, por supuesto, deberás comunicar a todos tus contactos con el fin de que nos conozcamos mejor, podrás, no sólo ser un poquito más feliz, sino que, además, conseguirás que se cumplan tus deseos, porque, aunque no te lo creas, yo lo hice y se me cumplió.

Eso sí, no se te ocurra romper la cadena. Si lo haces, el propio Dalai Lama acudirá a tu habitación justo cuando estés a punto de dormirte y tocará con el gong los grandes éxitos de la Orquesta Topolino. Estás avisado.

Gracias a todos estos powerpoints, yo ya practico la psicología, la psiquiatría, sé hacer los primeros auxilios, y mis deseos no se han cumplido porque no me llamo Alfredo, pero tengo un escritorio lleno de fotos de angelotes y gatitos en pequeñas cestas.

¡Soy tan feliz!

Anda el río revuelto estos días cerca de la capital y, ná, por una gilipollez, cosas de los chavales, que están en la edad de divertirse.

Y ahora hay que escuchar a los políticos de turno diciendo que, según los informes técnicos, no hay constancia de la existencia de bandas latinas.

Claro que no… y por el mar corren las liebres… y por el monte, las sardinas.

Entiendo perfectamente la situación de los vecinos del municipio, más que nada porque vivo en un ambiente similar. De día se puede salir a la calle, pero de noche, mi barrio se parece a los del San Andreas, el juego de la Play…

Y en unas semanas volverá a surgir el mismo debate en todos los medios: el del racismo.

Pues qué quieren que les diga. No creo que sea una cuestión de racismo. Me da igual que quienes usen la violencia sean blancos, negros, amarillos o verdes. La esencia es que son unos hijosdeputa, independientemente de su procedencia.

Porque, afortunada o desgraciadamente, hijosdeputa los hay de todas las razas, religiones, género y condición sexual.

Y todos, sin distinción, deberían estar en la cárcel.

El chico Torres lo tiene todo para triunfar: físico, rapidez, entrega, técnica depurada, capacidad de sacrificio, velocidad, sentido táctico y manejo de los tempos.

Sin embargo, incomprensiblemente, no explota al máximo sus cualidades y, cuando tiene todo a su favor, la acaba fastidiando.

Su gran fallo: pensar.

Porque sabemos de lo que es capaz cuando no piensa. Sabemos que es un fuera de serie, un tío que tiene el potencial para conseguir que la tía más impresionante del garito caiga rendida a sus pies con sólo decirla “hola, buenas”.

Pero la caga por pensar.

Cuando no piensa, es el mejor, porque sus cualidades así le avalan.

Sin embargo, cuando piensa, se convierte en uno más, un seductor de infantería de lo más normalito, lejos de ese Rambo depredador que puede ser cuando no piensa.

Él tiene talento innato y eso vale su peso en oro.

Mientras no le dé por pensar, claro.

Hoy día, esta visita se convierte en única gracias a una experiencia cuasi religiosa llamada M-30.

Esta maravilla arquitectónica, inspirada en el Sarajevo de la guerra de los Balcanes, fue concebida para mejorar las comunicaciones y facilitar el acceso a la capital.

A día de hoy, su objetivo es diametrialmente opuesto: impide cualquier tipo de circulación que no sea tirando de un yak y guiado por un sherpa y encierra a los madrileños e infortunados visitantes dentro del auténtico anillo único, ya saben, ese que los gobierna a todos y los ata en las tinieblas…

La M-30, cuya M no significa “Madrid”, sino “Muerte, experiencia cercana a”, es la atracción más visitada de todos los parques recreativos de España. Es gratuita, no hay que guardar cola y, en lugar de durar unos escasos tres minutos, si uno tiene la suerte de entrar en ella en hora punta, puede disfrutar de la atracción durante más de una hora y media.

Además, si se mantiene la carretera tal y como está ahora, garantizaremos una cantera inagotable de pilotos de rally.

Eso sí, que nadie se extrañe cuando a todos les pase como a Carlos Sainz, que chocan con cualquier elemento extraño que pulule por la vía: han aprendido a conducir así.

No puedo evitar que las lágrimas recorran mi ajado y torturado rostro en esta época tan familiar y bonita, y menos aún después de ver el peinado de joven alocado y rebelde del ex–presidente Josemari.

Me ha embargado la emoción, igual que cualquier día de éstos me embargará los bienes mi casero por no abonarle los 1.500 euros que me pide al mes por la caja de zapatos en la que vivo, aunque esa es otra historia que no viene a cuento.

Y, sobre todo, después de contemplar esa melena cuasi leonina del guardián de las libertades de occidente.

La verdad es que a uno se le llena de emoción hasta el último rincón de los higadillos y, más aún, cuando escucha que este acto de rebeldía rockanrrolera es sólo por amor.

Josemari confesó a esa gran profesional, por favor, aguántense las risas, que es Ana Rosa Quintana, que se había dejado el pelo así porque así le gusta a Ana.

Así le gusta a Ana, a nuestra Ana, la moderna, la yeyé, la de las manzanas y las peras, la tolerante y, quién lo diría, la rebelde.

Así que por ella, por esa rebeldía amorosa, voy a dejarme crecer el pelo y el bigote.

Porque la Navidad es tiempo de amor y, escuchando estas cosas, también lo es de gilipolleces.

En el fondo, de lo que se trata es de que una costumbre estúpida termine por convertirse en una tradición, sin perder su estupidez inherente, por supuesto.

 

El hecho de que uno pasee por las calles de la ciudad y vea cómo cuelgan barbudos vestidos de rojo de diferente tamaño y material, de las ventanas y terrazas de las casas de la vecindad, ha pasado de ser un motivo de alarma a convertirse, teóricamente, en un gesto simpático tan propio de estas fechas entrañables.

 

Será que soy un triste, pero si un día me encuentro un barbas con un trineo tirado por renos intentando entrar por una chimenea que ni siquiera tengo, lo juro, yo llamo a la Guardia Civil.

 

Que con tanto rollo con Bin Laden ya no me fío de los barbudos.

 

Y eso de engalanar las ciudades como si fueran Las Vegas a mí no me acaba de convencer.

 

Consiguen que todas las calles parezcan moteles de carretera, cuando, en realidad, no lo son. Es decir, te ponen los dientes largos para nada. ¿Es eso el espíritu navideño?

 

Y hablando de espíritus… como si de un poltergeist recurrente se tratara, fiel a su cita ineludible, inexorable, insípida y, sobre todo, aburrida hasta la saciedad, se nos presenta Raphael, como cada año, para cantarnos los mismos villancicos coñazo de cada año.

 

Hay cuatro cosas que nunca faltan en la tele en estas fechas: el discurso del Rey, Ramón García dando las uvas, el vídeo del “Last Christmas” de Wham y la noche de los villancicos con Raphael.

 

Está claro que las tres primeras cosas son inevitables, sobre todo lo de Ramonchu y lo de Wham pero, ¿será posible que, después de más de 4.000 años de evolución, lo mejor que hayamos inventado para la Nochebuena sea una velada con Raphael?

 

Y, encima, aún hay que aguantar a gente que dice que le gusta la Navidad.