Ya estamos como siempre, cogiéndonosla con papel de fumar y queriendo ser más papistas que el Papa.
Ahora salen con que si es inmoral, indecente, innecesario e insípido, eso de recauchutarse el cuerpo para conseguir la tan ansiada felicidad.
Que si se trata de un culto al cuerpo gratuito y superfluo y que la felicidad no hay que buscarla en el físico sino en el interior.
Qué fácil resulta hacer demagogia con estos temas, cuando uno no ha tenido que aguantar toda la vida unas orejas de soplillo, un pecho plano y liso como el Mar Menor, unos dientes colocados de cualquier manera o una nariz curvada como un cuarto de circunferencia y, por supuesto, todos los complejos que todas estas circunstancias con las que la naturaleza, sabia y perra a la vez, nos ha provisto.
Cierto es que los hay que conviven sin mayores problemas con estos pequeños inconvenientes, pero no menos cierto es que, para otros tantos, estos inconvenientes suponen grandes problemas.
Dicen que lo que necesitan no es un cambio físico, sino unas sesiones de psicólogo. Eso dicen pero bueno, ya sabemos que se dicen muchas cosas, y la mayor parte son gilipolleces.
Ahora bien, si estas personas necesitan este cambio físico para alcanzar su felicidad o, por lo menos, para intentarlo, adelante.
Que se recauchuten los morros, se inflen las tetas, se blanqueen los dientes, se limen las narices o se pongan el mundo por montera.
Que lo hagan y si, encima consiguen ser felices, mejor que mejor.
Porque, muchas veces, las cosas inmorales, indecentes, innecesarias e insípidas son, precisamente, las más importantes.
Sobre todo cuando el gremio de las cotorras las cataloga así.

















