
A los que, como tú, domináis el mundo sin reparar en medios no os pega eso.
Antes de que dejes de ser el sheriff universal, quisiera comentar contigo algunas de tus declaraciones desde la lejanía. Hoy, gracias a Internet, podemos. Sé que eres un hombre campechano (no hay más que verte en el rancho armado con motosierra y escopeta, tan natural, tú) y que conversas con cualquiera, así que no tendrás inconveniente en hacerlo conmigo o, mejor, en esta ocasión yo contigo. Verás: dices en la entrevista que te afectan mucho noticias como la muerte de soldados en Iraq. ¿Sabes por qué? Porque tienes buen corazón, por eso. Los civiles acribillados por tus soldados son carne de cañón, viruta humana, y cualquiera que tenga sentido de Estado lo entiende. En cambio tus marines y los soldados de las tropas que te echan una mano en la democratización del planeta siguiendo ordenes de Dios tienen otro caché porque son patriotas de los de verdad.
Sigues diciendo, y te entrecomillo: “Entiendo perfectamente que el enemigo me mira, que los iraquíes me miran, que las tropas me miran, que la gente me mira”. Todos te miramos George Uvedoble Bush, que lo sepas. Los malos lo hacen con desprecio y los buenos con admiración, ya sabes. Pero de los malos no tienes que hacer caso; sólo de los buenos, que son los que te ayudan en tus propósitos. Has de saber que todos los que están en desacuerdo contigo es porque pecan, les encanta el terrorismo y no prueban las hamburguesas. Y no las prueban, no creas que porque no les gustan, sino por cabezonería totalitaria de izquierdas. La de derechas no es tanta, como sabes tú, que tan bien te llevas con ella en cualquiera de los cinco continentes.
Añades luego: “Tengo el hombro de Dios para llorar. Y lloro mucho. Lloro mucho en este trabajo. Apuesto a que, como presidente, he derramado más lágrimas que las que puedo contar. Derramaré algunas mañana”.
No creas que todo el mundo tiene acceso al hombro de Dios, y menos para llorar sobre él. ¿Cómo es?. No me refiero al hombro, sino a Dios. Entre paréntesis, con todo lo que dices que lloras le estarás poniendo el brazo perdido. No sé cómo no te ha dicho ya algo. Cuando aseguras haber derramado como presidente más lágrimas de las que puedes contar, la verdad es que, aparte de la congoja que tengo ahora mismo, me asombras: llorando a chorros como tu lloras, ¿cómo te arreglas para contar las lágrimas una a una, tío Sam?. Hay aquí a mi lado unos cuantos amiguetes diciendo que las tuyas son lágrimas de cocodrilo. ¿A que no?. Estoy seguro de que lloras porque te duele el mundo, porque te jode bombardear a la gente, pero qué le vas a hacer si se lo merece, George. Como mañana vas a llorar también por lo mismo, dices, aprovecha y pon un canalón en el codo de Dios para, según caigan los lagrimones que los recoja Condolizza y vaya apuntando en un cuadernillo. Te recomiendo uno de color azul, como el que tenía tu colega Josephmary, cuando era caudillo de la España democrática. Es para saber más o menos a cuanto líquido asciende cada perrusca tuya. Una curiosidad.
En otra parte de la entrevista te enorgulleces de ser un lector empedernido. En concreto, el año pasado dices que te leíste 87 libros, es decir, una media de 7 libros al mes. Estás hecho un intelectual. Además, por tus declaraciones se nota que asimilas. Por ejemplo, cuando dijiste aquello de “Espero que los ambiciosos se den cuenta de que es más fácil triunfar con un éxito que con un fracaso”, nos dejaste boquiabiertos. Tampoco se me va de la cabeza eso de que “No es la contaminación la que amenaza el medio ambiente, sino la impureza del aire y del agua”; seguro que te salió solo. Claro, que estas otras reflexiones tampoco son mancas: “La ilegitimidad es algo de lo que tenemos que hablar en términos de no tenerla” “Estoy atento no sólo a preservar el poder ejecutivo para mí, sino también para mis predecesores” “Estamos empeñados en trabajar con ambas partes para llevar el nivel de terror a un nivel aceptable para ambas partes”. “Queremos que cualquiera que pueda encontrar un trabajo sea capaz de encontrar un trabajo”. Magistral, la verdad.
Hago punto y aparte para resaltar la que a mí más me gusta de todas porque muestra en esencia la profundidad de tu pensamiento. Es esta: “El gas natural es hemisférico. Me gusta llamarle hemisférico en la naturaleza porque es el producto que podemos encontrar en el vecindario”. ¡Tío, a veces acercas la ciencia al pueblo con una sencillez acojonante!. A pesar de que en el vecindario también hay otros productos como bordillos, bombonas de butano, farolas, ramas de árbol o bocas de riego y, sin embargo, a esos no les llamas hemisféricos. ¿Por qué?. Porque distingues unas cosas de otras con precisión .¡Anda, so lúcido, que eres un lúcido!
En cuanto a tus planes de futuro, dices que cuando dejes de ser Presidente te vas a dedicar a “rellenar la caja” dando conferencias, como hacen Clinton y tu padre, que se forran. Seguro que a ti te pagan más porque eres más listo y estás más reciente, Yorye (Déjame que ponga tu nombre como le pronuncio porque así me resultas más cercano, y yo lo que quiero es estar junto a tí para que, si tienes a bien, descanses la mano sobre mi hombro lacayo, como hiciste con Ánsar. Vaya suerte la suya).
Dices muchas más cosas, pero acabo ya porque tendrás que irte a preparar alguna nueva guerra justa antes de que acabes el mandato. No te mando un abrazo porque llevarás puesto el chaleco antibalas y me da mal rollo. No, no… por mí no te lo quites. Digo que estarás deseando que llegue el momento de abandonar la Presidencia para dejar de llorar, ¿a que sí?. Nosotros también. Adiós, George, ve con Dios.
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- El domingo 30 cambian la hora
- ¿Qué será entonces, más tarde o más temprano?
- Más tarde
- Maravilloso; otra hora para dormir por la mañana
- Te equivocas
- ¿No dices que será más tarde?
- Las tres de ahora, después serán las cuatro.
- Pues eso. En vez de levantarme a las siete, me levantaré a las ocho
- No, porque serán las nueve
- ¿Y las ocho? ¿Adónde han ido a parar?
- Para que me entiendas, si mañana te levantas a las siete, a partir del domingo es como si te levantaras a las seis.
- ¿A las seis? ¿Y, dónde voy yo tan pronto?. Además, eso es más temprano y no más tarde, como me habías dicho antes.
- Es más temprano y, también una hora después respecto a la de hoy.
- ¿Quieres decir que con el cambio horario, antes va a ser más tarde que después?
- Yo no he dicho eso
- ¡Huy, que no!
- Me estás liando.
- Tú a mí, que dices cosas incongruentes.
- Lo que pasa es que no lo entiendes
- O no te explicas. Una hora después nunca puede ser más temprano que una hora antes
- Lo que digo es que el domingo, en estos momentos serán las cuatro y doce.
- ¿Y, qué?
- Que las tres y doce habrán sido hace una hora.
- Por eso
- ¿Cómo que por eso?
- Claro. Hace una hora es antes y no después.
- Mira, tío, cuando digan que adelantes el reloj lo haces. Y ahora déjame de rollos.
- Si le adelanto le llevaré adelantado. Es de cajón.
- A partir del domingo, no
- No quiero discutir, pero aquí hay algo que no controlas
- La forma en que tú te lías.
- Yo lo que quiero es dormir una hora más.
- Pues acuéstate antes.
- Querrás decir después.
- Ya no sé lo que quiero decir.
- Si necesitas aclararte te lo resumo en un momento.
- Es que me da vueltas la cabeza
- ¿En qué sentido, en el de las agujas del reloj o en el otro?
- ¡En el de la madre que me parió!
- ¿Por qué gritas?
- Para que me oiga alguien
-Ya te oigo yo, hombre. Siguiendo con lo nuestro: si el gobierno quiere adelantar la hora, que la adelante él desde allí, pero sin necesidad de que tengamos que tocar los relojes todos nosotros, ¿no te parece?
- ¡Me pareceeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee…!
- ¡Deja ese cuchillo, tío! ¡Que lo dejjjjjj……………….!
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como el valor real de lo que poseían, de manera que, desde esta perspectiva, salimos perdiendo: nos retribuíamos tan alto riesgo con algo que para aquellas gentes carecía de provecho alguno. Pero, así de espléndidos somos nosotros, qué le vamos a hacer.
Sin embargo, cuando sólo llevábamos unos siglos enseñándoles a extraer los minerales más valiosos y a que supieran separar la mena de la ganga, los indígenas menos dotados intelectualmente para negociar, de forma injustificada e inexplicable se mostraron en desacuerdo con el reparto de la producción entre ellos y nosotros -tiene narices-, llegando incluso a organizarse en grupúsculos violentos de resistencia porque no les dábamos más. Como precaución, antes de que las cosas se agravaran decidimos proteger nuestros legítimos intereses de las turbas salvajes, para lo cual nombramos sátrapas de confianza que sofocaran las revueltas con mano firme, aunque a cambio tuviéramos que construirles algún que otro palacio y poner a su disposición un ramillete de cuentas corrientes bien nutridas con las que satisfacer sus pintorescos lujos y los de sus correspondientes séquitos. Estos gastos, claro está, los recuperábamos con creces cargando nuestros barcos con productos de aquellas tierras; ya sabe todo el mundo a qué productos me refiero.
La incomprensión de los nativos fue aumentando, obsesionados por la propiedad de lo que, ingenuamente, consideraban como suyo. Bueno, pues a pesar de eso, nuestra generosidad continuó inmutable: para combatir tanta miseria, en las explotaciones extractivas establecimos jornadas laborales flexibles de 18 a 20 horas diarias, tanto para los padres de familia como para sus hijos, sin importarnos que fueran menores de edad: no era momento de andar con sentimentalismos. Había que levantar aquello con el esfuerzo de todos, y del suyo el primero; al fin y al cabo trabajábamos para su bienestar.
Como no podía ser de otra manera, las ganancias así obtenidas, en su mayor parte retornaban a la metrópoli, dejando siempre algún remanente para corruptelas sin importancia y dotar de armamento a los dictadorzuelos por nosotros impuestos. Eso sí, les teníamos dicho que sólo utilizaran la fuerza contra la subversión en casos extremos y siempre con carácter defensivo, si bien ya se sabe lo que pasa con estas cosas: a cualquier programa de ayuda al desarrollo que se precie, por bueno que sea, unos cuantos miles de indígenas muertos no hay quien se los quite.
A pesar de tanto esfuerzo, sacrificio, y dedicación por nuestra parte, los nativos eran incapaces de imprimir dinamismo a sus economías, así que, en un nuevo ejercicio de solidaridad, les concedimos créditos a bajo interés con los que pudieran contratar a nuestras empresas para la construcción de las infraestructuras básicas. Se acabaron las obras y cobraron las empresas, sí, pero qué desastre de gente: incapaces de ahorrar, aquellos gobiernos coloniales no pudieron devolvernos los intereses de los préstamos, habiéndose acumulado el montante hasta la actualidad. Como no pueden pagarlos, algunas oenegés tocapelotas dicen que les perdonemos la deuda. Encima, no te jode.
Pasaron los años y la agresividad de la chusma fue creciendo. Por más que intentamos explicarles en qué consistía la democracia política, no hubo manera; querían también la económica. Les decíamos: “Ambas cosas a la vez no son recomendables. Pueden surgir desajustes estructurales que imposibiliten el crecimiento armónico de las variables macro, dentro de los márgenes definidos tanto por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial como por las más prestigiosas entidades financieras europeas, ¿entendéis?. Vosotros id creando poco a poco las instituciones políticas formales siempre dentro del respeto a la propia idiosincrasia, mientras nosotros os administramos la riqueza en base a la confianza mutua que nos tenemos”. Pero nada; no lo cogían; incluso algunos se cabreaban más.
En este estado de cosas, se multiplicaron los actos de vandalismo, hasta el punto de que nuestros soldados caían emboscados cada vez en mayor número, arreciaron las críticas de la opinión pública dentro de las metrópolis, y cuando las protestas empezaron a poner en peligro nuestra continuidad en los gobiernos, repatriamos las tropas y salimos de allí echando leches sin haber completado la reconstrucción prometida a los oriundos de bien. Muchas de nuestras empresas energéticas siguen en esos lugares recónditos, pero ya no explotan con la confianza y seguridad de antaño. Aquellos pueblos africanos, asiáticos y sudamericanos a los que fuimos a salvar sus almas y socorrer sus cuerpos, incapaces de labrar su propio futuro, de gobernarse en condiciones aceptables, han vuelto a hundirse en el subdesarrollo mientras vemos cómo aumentan las luchas tribales por el poder. Una pena.
El colmo es que, después de todo lo que hemos hecho por ellos, ahora lleguen a nuestro continente muertos de hambre, diciendo que vienen en busca de una oportunidad. ¿Otra? ¡Venga ya, hombre!
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