
pues muchos consideran que debería de haberse elegido a cualquier persona relacionada con el periodismo, y no a una máquina que ha encumbrado a Britney Spears como mito erótico-festivo en nuestro mundo virtual. Lo que no tienen en cuenta los detractores de Google, es que los resultados que nos proporciona éste son sólo el fiel reflejo de la sociedad de salidorros domésticos en que nos hemos convertido.
Antes los hombres se iban de putas a la calle Montera, pero en la actualidad muchos han optado por desfogarse en casa. Son las consecuencias de haber convertido esa calle y otras muchas en un libidinoso plató. Le han puesto tantas cámaras al cliente, que la madre se acabaría enterando de que su niño frecuenta malas compañías. Y es que siempre hay vecinos pajilleros predispuestos a largar más de la cuenta, sobre todo si no tienen dinero para comprar amor por horas, y están obligados a freírse las córneas para ver mujeres como a ellos les gustan. Como se extienda esta moda, muchas putas van a acabar en el río, ahora que bajan tan crecidos como el euribor, y los clientes se limitarán a ver a las meretrices en webcam, que es menos contagioso, higiénico y, sobre todo, económico.
Uno de los usos más habituales de Google es, sin duda, como localizador de vídeos en Internet. Si eres un nostálgico, podrás ver nuevamente a Joselito cantando doce cascabeles; pero si eres de natural más prosaico, te resultará sencillo encontrar a una gachí trabajándoselos a su novio, durante una noche de pasión en una playa de Alicante. Quién sabe si el uso tan extendido de Google como buscador de porno, podría estar contribuyendo a que disminuya la prostitución. En tal caso, la Fundación Príncipe de Asturias, siempre tan sensible a los temas sociales, tendría motivos más que suficientes para haberle concedido el premio.
Pero aunque no lo parezca, Google también sirve para cultivar a sus usuarios en artes no siempre relacionadas con darse un homenaje, pues igualmente se puede utilizar para buscar información que deslumbre al viejo catedrático de prehistoria, cuyos abuelos debieron de nacer en esa misma época. Qué tiempos aquéllos en que uno tenía que trabajarse la Espasa, y copiaba los mapas con papel carbón. Ahora, sin embargo, te metes en San Gúguel y en dos minutos puedes convertirte indistintamente en todo un experto en física cuántica o en reproducción asistida de los caracoles de Alpedrete.
No es de extrañar que a Google le hayan concedido este premio, pensado originalmente para grandes personalidades vinculadas al periodismo, pues hoy las redacciones se han llenado de becarios y submileuristas que, hartos de ser explotados, recurren a la wikipedia en particular o al google en general para documentarse, despreocupándose completamente tanto de erratas como de faltas de ortografía. Por ello, no debería de ser criticado el nuevo Príncipe de Asturias de la Comunicación, sino las empresas periodísticas que sólo persiguen los mayores beneficios con los menores costes. Eso sí es pornográfico.

…¿A la vista de estas mil quinientas carátulas que nos contemplan, qué respondería?
Cliente.- Que si está usted ciego o gilipollas.
Tendero.- Descarte la ceguera porque el cine aún no se proyecta por el método Braile.
Cliente.- Ande, ande, déjese de rodeos y póngame una peli de riñas
Tendero.- ¿Cruenta o incruenta?
Cliente.- Sí, sí, que se cuente. Con argumento, vamos.
Tendero.- ¡Cruenta, cruenta, que si con sangre!
Cliente.- No, no, de Drácula, no, que hace poco ví una y me pasé toda la noche vigilándole los colmillos a mi señora.
Tendero.- ¿Le apetece ver casquería?
Cliente.- ¿Es que tiene películas de pollos?
Tendero.- Usted ha leído poco cine, ¿verdad?
Cliente.- Yo es que con las subtituladas me aturdo mucho. Como ponen en español lo que dicen, pero lo dicen en inglés, no me concentro. Además, mientras leo no veo las caras y, al final, no sé quién ha dicho lo que he leído.
Tendero.- No me refería yo a esa lectura.
Cliente.- Yo lo que quiero es una película de riñas, bien contada, siempre que no salga Drácula ni pollos hablando en versión original.
Tendero.- Veamos…
Cliente.- ¿Por qué no me da una de japoneses descalzos, de esos que se dan hostias unos a otros con la mano de canto?
Tendero.- Se llaman karatecas, y no me quedan.
Cliente.- Lástima. ¿Y, piratas, tiene?
Tendero.- Piratas no dejan
Cliente.- ¿Por qué no dejan ahora hacer películas de piratas, con lo bonitas que son?
Tendero.- No me refiero a eso
Cliente.- ¿Tampoco se refiere a eso?. Coñe, no se refiere usted a nada.
Tendero.- Es que no es lo mismo una película pirata que una de piratas
Cliente.- ¿Quiere decir que hay películas piratas sin piratas?
Tendero.- Ya lo creo. Hay películas piratas incluso de misioneros.
Cliente.- ¿Y películas misioneras incluso de piratas, hay?
Tendero.- No, pero misioratas de piraneros, sí.
Cliente.- Serán de esas raras que no hay dios que las entienda
Tendero.- Llévese ésta. Es un peliculón
Cliente.- Eróticas no quiero.
Tendero.- ¿Lo dice por lo de culón?
Cliente.- Exactamente.
Tendero.- Bueno, venga, que tengo gente esperando. ¿Se lleva ésta, o nada?
Cliente.- Nada no se va a ver, así que deme el peliculón. ¿Qué anuncios salen?
Tendero.- Ninguno
Cliente.- Vaya cutrez
Tendero.- Pare la película de vez en cuando y cambie de canal hasta que dé con una tira de anuncios.
Cliente.- eso ya es otra cosa.
Tendero.- Pues, hale. Son tres euritos
Cliente.- ¿Tres, teniendo que poner yo los anuncios?. Ni hablar del peluquín.
Tendero.- Venga, deme dos, quédese con la peli y haga el favor de no aparecer más por aquí.
Cliente.- Huy que no. Mañana estoy aquí a por la de karatekas.
