La Kodorniz humor gráfico

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lo reconozco. Siempre me ha dado morbo la gente capaz de hacer virguerías con su cerebro. Sé que el mío no llega a tanto. Y lo sabe él. Por eso ni lo intenta. Pero House ve un grano y puede recitar la tabla de las contagiosas por orden alfabético. Incluso la lista de enfermedades raras, de esas de un caso entre diez millones. Lo mismo que en la Seguridad Social, vaya, donde vas con un cáncer terminal y te ponen una escayola. Médicos así es lo que necesitamos en el mundo. Ha llegado el momento de superar el palito de polo y el abra la boca y el tiene usted la garganta inflamada y el ya lo sabía, por eso he venido. Quiero que me hagan abrir la boca y me digan que tengo la enfermedad de que Jakovsten o de Smith and Wesson –pura epidemia en Estados Unidos- o de alguien cuyo nombre lleve cuatro o cinco consonantes juntas. Quiero que los médicos de House, sus lacayos sabiondos, sus muchachitos negros, sus muchachitos rubios y sus muchachitas demasiado jóvenes y demasiado guapas me hagan pruebas, punciones, desfibrilaciones, análisis, extracciones de todo tipo de fluidos corporales –oh, sí, que bien suena- y después pasen noches en vela ante los microscopios. Quiero que me digan que es autoinmune, o de origen vírico, o que tengo un fallo multiorgánico o que mis pulmones están colapsados. Quiero que me lleven a la máquina del tiempo de las resonancias y que me saquen fotos de la cabeza buscando lunares fluorescentes. Quiero que me den diez horas de vida y después que me salven para siempre, por chiripa, recitando nombres raros y teorías de la conspiración bacteriana que ya las quisieran para sí Pedrojota y al angelito de Acebes. Eso quiero, sí. Quiero ser el centro del universo aunque las pase canutas. Y quiero, por supuesto, porque siempre queda bien, que venga el doctor Foreman con su taladradora a hacerme un agujero en el cogote para extraerme materia gris (aunque siempre es tirando a rosa). Quiero mi agujero porque necesito saber, porque no puedo vivir sin conocer la verdad, cómo se tapona después el orificio. ¿Basta una tirita? ¿Ponen un trozo de carne de otra zona del cuerpo? ¿Quizás un corcho tradicional es la solución? ¿Sigue abierto toda la vida y vamos dejando a nuestras espaldas un reguero de neuronas como los coches que pierden aceite? Necesito saber que es esto último lo que sucede. Porque así podría perdonar a todos aquellos que, inauguraciones falsas, mentiras de confabulaciones, promesas olvidadas, parquímetros florecidos, vías inundadas, Metros averiados a diario, casas terrenales por las nubes y gresca fija en el argumentario después, siguen votando a los mismos políticos. Creo en la medicina. Sólo la ciencia puede ayudarme ya. Si no es que de verdad somos todos tontos.

necesitamos rehacernos y crecer de nuevo. Ahí va, enrolladito todo y bien ordenado en las rosquillas. Hay material nuestro, por supuesto, que hemos añadido por nosotros mismos. Pero también lo hay de nuestros padres, abuelos, y tantas y tantas generaciones que la monjita misionera más sacrificada del mundo puede contener restos del más cruel de los corsarios. Así es la vida, qué bonito. La ciencia ha dedicado muchos, muchos años a descifrar el genoma (los archivos que llevan las rosquillas del ADN) y descubrir que no estamos en realidad tan lejos de la mosca de la fruta. Al fin y al cabo a los dos nos encanta meter las narices hasta el fondo cuando algo huele a podrido. Sin embargo los científicos no han encontrado aún el gen de la trampa. Y es algo sin duda que va con nosotros, como las dos piernas y los dos brazos, la capacidad -algunos, cada vez menos-de pensar, o la de, y ésta sí que últimamente pone en jaque años de ciencia y evolución, asumir responsabilidades. La trampa la llevamos dentro y va aflorando cotidianamente, espontánea e inocente. Lo sé siempre que dejo de fumar y vuelvo, diciéndome que es un cigarrillo puntual, porque lo necesito, porque ha sido una jornada mala. Lo sé cuando me paso con los gintonics, convencida de que un día es un día, de que de vez en cuando conviene soltarse. Lo hago de nuevo en el gimnasio, donde cuando no ve el hombretón con mallas que me quiere instruir recorto las series, miro para otro lado o me adormezco sobre las modernas maquinitas de tortura. En el colegio también lo hacia. Lo vuelvo a hacer de adulta. Y eso que ahora estoy pagando todos los meses y al hombretón éste no le importa cómo le afecten los años y la ley de la gravedad a mi cuerpo. También lo hago en el oculista, echando un vistazo a la pantalla de las letritas antes de sentarme en el sillón para después acertar aunque no vea. Y en el trabajo, donde me escaqueo –como todos- en cuanto el jefe desaparecer de su puesto de control o tiene una reunión para largo. Y en los bares, con los hombres, diciendo edades de las que ya ni tengo recuerdos y creyéndome a mí misma. E incluso escribiendo este artículo, asegurándome que no importa, que es tarde ya, que no me preocupe, que el próximo seguro que es mejor. La clave de todo es que la conciencia no registra esto. Porque la conciencia también está en los genes, también va enroscada en los palotes del ADN. Como las trampas. Y si chocan las dos hay un conflicto de intereses y un bloqueo de competencias. El cuerpo no sabe qué elegir. Y entonces se bloquea. Como le pasa a Acebes, pero con gintonics.

ojea el periódico. Ya ni mira alrededor. El piloto anuncia que entramos en pista para despegar y entonces se santigua tres veces, a conciencia. Cuando aterrizamos, una vez que hemos tocado tierra y el avión vuelve a deambular, a cámara lenta, torpemente ya en el suelo, vuelve a santiguarse, otras tres veces. Dios le protege allá arriba. Abajo es cosa de él. Debe de ser una cuestión de cercanía. O de competencias asignadas. Los caminos de la fe son inescrutables. Si me sorprenden los fanáticos lejanos que trae el televisor es porque pasamos por el mundo sin mirar. Vemos, sí, pero no comprendemos. Si no fuese porque en el avión no puedo hacer nada –hasta que despeguemos la azafata no me traerá un gintonic, ya me lo ha avisado dos veces- no le habría visto. Yo voy en pasillo. Viajo con equipaje de mano y sin fe que me guarde cuando despego. Lo hago tranquila. Sé que si caigo no sufriré. Es lo que tienen las alturas. La fe es una cuestión de distancias. Ahora estoy segura de ello. Los pasos cortos no necesitan empujones divinos. Para los largos pedimos ayuda. Aquello que no podemos controlar o que no queremos controlar se lo dejamos a otros. Es cobardía, tal vez. O no querer asumir responsabilidades. O mejor cedérselas a otro. Que no nos culpen por nuestros errores. Lo veo todos los días. Quiero pasar por las semanas fijándome. Intento comprender. El mundo gira a base de culpas. Mientras no queramos comprender que es cosa nuestra, cualquier argumento nos servirá. Y no hablo de los fanáticos que nos asustan por la tele. Esos son sólo los que al final miramos porque no lo hacemos con los que están cerca. Me he santiguado tres veces –desde el colegio no lo hacía- antes de empezar a escribir. Si hoy me salido el día místico será porque es domingo. Me santiguo tres veces antes de poner punto y final. Ahora las reclamaciones ya no vendrán a mí.

Se lo dice a su antes amigo Luis del Olmo, que lleva la vejez a regañadientes porque las velas de sus 10.000 programas ni siquiera encienden. Buenafuente, el hombrecito de perilla con acento que sale por las noches en Antena 3 (¿qué hace ahora la gente que no ve los late shows? ¿estamos recuperando esa tradición ancestral y anticatódica de la copulación?), ha dicho que no quiere el mismo premio que le den a Losantos, tremendista decadente enemigo del periodismo. ¡Hala! Pues me parece bien. Pero no sé si creerme la pose o pensar que lo hace porque con eso de hemos vuelto a retozar ahora no le ven. La alternativa a una retirada a tiempo es el ridículo. Sí, lo repito. Y sí, ya sé que lo dice el chiquitín. Pero ridículo, pienso, es también lo que hacen los curitas conservando a Torquemada al frente de la alcachofa. Por mucha publicidad que entre. Últimamente andan los taxistas más crispados que nunca. Y las señoronas con pieles de barrios nobles de Madrid, que repiten los mensajes del pequeño, exclaman “manda huevos” y se meten con los catalanes entre bocado y bocado al cruasán con café con leche de la merienda en el Rodilla. En la misma columna del Federico virtual una imagen de publicidad ofrece un sujetador mágico para mantener el pecho firme. La alternativa a una retirada a tiempo es el ridículo. Me rechina en la cabeza mientras escucho a Aznar, melena al viento, imitando a Bush buscando armas de destrucción masiva bajo los cubremanteles, haciendo chascarrillos con Iraq. Una broma más con el mismo país se puede consentir, claro que sí. Peor no les podrá ir. La esperanza se la queda Obama, un negrito jovencito e iluso que en el prado donde Lincoln empezó a hacer América él ha anunciado que quiere ser presidente de los “Estados Unidos de América” (¿acaso hay otros en los que se pueda presentar?). Y lo primero que hará, promete, será sacar a las tropas de Iraq. Una retirada a tiempo. El problema, se le olvida, es que ya llega tarde. La alternativa a eso, bien dice Losantos, es el ridículo. Creo que es el cuarto: no prometas lo que no puedas cumplir. Y si mientes, ensaya bien el chascarrillo antes. O cómprate el reafirmante de busto que venden otros. Así, aunque seas un necio, podrás seguir sacando pecho.

¡Zas1 Adiós nuevos Puertourracos. Pero también a la España rural ha llegado el futuro. Ya no vale la doctrina del sargento Pérez sino las ideas del doctor Miescher. Qué lo digan en Fago si no. Allí para trincar al asesino del alcalde han recurrido a los trucos de Grisson: un pelo y la prueba de la parafina. Y asunto liquidado. Desde luego, estos sistemas son mucho más limpios, no voy a negarlo. Pero perdemos esa tradición nuestra del te voy a sacar las palabras a hostias. Vale que en una gran ciudad no sirva, pero en una aldea de veinte gatos… Y eso por no hablar de lo que cuestan las maquinitas de los CSI. Ahorro, señores, ahorro. Luego nos suben los impuestos y nos quejamos. ¿O los trajes de Horatio Caine son baratos?

Fe

Se llama George Gaenswein, tiene 50 años, es apuesto (le veo incluso haciendo de James Bond), elegante, castaño de ojos claros, inteligente… Y sí, tiene su pega: lleva falda y es cura. De hecho, este alemán con el que una se tomaría un par de buenas cervezas, es el secretario personal del Papa. Pero su fama ha trascendido lo eclesiástico y se está propagando el rumor de que es todo un sex symbol. El público gay, por lo que leo, lo adora y cuelga fotos suyas en las paredes. La fiebre no habrá llegado aún al Vaticano, como no llegan tantas otras cosas, pues allí sigue el cándido George cogiendo el dobladillo a Ratzinger. La fe, lo tengo cada vez más claro, es un trastorno extraño. Es la capacidad que tiene un hombre guapo para renunciar a un vida de placeres con mujeres bellas por sostenerle el paraguas a un viejo con sotana.

Cambio climático

A las ocho menos cinco hicieron el paripé los políticos y apagaron la luz. Cinco minutos después la encendieron. Por este año ya vale de gestos solidarios. No nos pasemos. Lo del cambio climático me asusta. Por lo que significa el cambio climático, porque estoy convencida de que es una realidad demostrada y, sobre todo, porque se está convirtiendo en moda. Y lo malo de las modas es que un día desaparecen, y ya puedes preguntar por ellas que nadie las recuerda. Con esto pasa lo mismo. La moda de luchar contra el calentamiento (yo lo hago cada noche que salgo por ahí con dos gintonics…) significa apagar la luz cinco minutos mientras sabemos que la Administración americana ha creado un lobby que soborna a científicos de todo el mundo para que contradigan el aumento de las temperaturas. Pero la moda es lo que tiene. No se le puede pedir profundidad a un gesto. Mola mucho más apagar y encender la luz y salir en las fotos que pensar. Buf, quita, eso seguro que cansa. Además, deja la conciencia dormir tranquila.

Quintero

Con su cortina al cuello, con su estropajo encima, con su camisa cara, con su olorcillo lejano a pan y al aceite que cultiva… Así prefiero recordar a Jesús Quintero, personaje como sus personajes, entrevistador que se entrevista, quién lo desladrillará… Su nueva época en la tele pública roza el ridículo si no lo supera. Me gustaban más sus infelices de antes, que reían, blasfemaban y pronunciaban un discurso tan absurdo que era más real. Ahora Quinterito pasea a Anita Obregón english speaking, a Farruquito para redimirle (primero que pase por la cárcel) e incluso a Jiménez Losantos, alborotador social venido a liberal tranquilote y calzas. Y todo con la bandera ondeada de hacer un programa diferente y mejor, de arañar la prensa que hoy vivimos, de erigirse en digno salvador. Lo importante es que el discurso suene convincente. Aunque después de la publicidad haga todo lo contrario.

Woody

Estoy planeando escapar este verano a Nueva York. Huir a la Gran Manzana de los rascacielos y las zonas cero. Pero sin Woody allí no será la ciudad que imagino. Leo que el director se queda en verano en Esaña, a rodar por tercera vez fuera de EEUU, por tercer año, y con Penélope. Me agrada saber que al señor Allen le gusta tanto España de verdad, y no porque lo diga cuando viene de promoción. Me alegra saber que le permitimos sentirse cómodo. Me alegra saber que para alguien que viene de la gran ciudad las algo más pequeñas ciudades españolas no son como volver al campo. Pero con el cambio pierdo al Woody Allen que siempre me imaginé que encontraría en Nueva York. Yo iría allí, tarde de otoño, frío incipiente, y caminando por una de sus calles, la cuarta, la séptima o la 52 con cualquier otra, le encontraría. Vendría de frente. Yo le miraría. A su misma altura le diría: “Buenas tardes, señor Allen”. Él se subiría las gafas con el índice, bajaría la cabeza y seguiría su camino. Ahora tendré que probar en Barcelona. Pero no será lo mismo.

La sacaron de la selva y la vistieron. Ahora quiere quitarse los trapos y volver con Baloo y Bagheera. Pero no la dejan. Veinte años después es más animal que hombre, pero quieren hacerla comer con cuchillo y tenedor (aunque en su aldea de Camboya no los haya). Será durante mucho tiempo atracción ambulante para los antropólogos, la mejor adaptación de la historia de Kipling. Dicen que le darán la oportunidad de volver a ser humana lejos del mundo animal. A mí me da que la convertirán en mono de feria. Dejémosla escapar. En la selva seguro que vive en paz. En esta otra selva no podrá.

Hillary

Se hizo fuerte aguantando el chaparrón de la vergüenza en público. Durante años se ha afilado los colmillos –y los cuernos, claro- para aprovechar ahora su oportunidad. Los affaires de su marido la hicieron senadora. Pero Hillary quiere más. Ahora pide ser ella quien ocupe el despacho oval. ¿Contratara becarios? Los republicanos no lo pueden hacer peor. Eso tiene a su favor. América quiere un cambio, o eso dice. Ella y un negro quieren ser el candidato demócrata. A mí me da que habrá más actores. Tarde o temprano sacará Al Gore la cabeza del caparazón del cambio climático y anunciará que reclama ahora lo que las manos de Florida le negaron hace siete años. Y nosotros lo sufriremos todo. Volveremos a ver a la Levinsky lavando vestidos en público. Y a Bill arrepentido. Y a Hillary como mujer fuerte. Y el show debe continuar…

Mariano

El nuevo año le ha traído alas nuevas. Mariano ha aprendido a volar como sus halcones. Ya no está a verlas venir, capeando los temporales de los suyos para ver por dónde tira. Ha apostado por la guerra abierta. Se ha colocado además en primera línea de infantería para repartir él mismo los mandobles. Ha escogido a Acebes y Zaplana para acabar con Zapatero. Ha escogido el legado de Aznar, con descalificaciones incluidas -y yo que no sabía que ambos tenían un curriculum ejemplar para ser presidente-. Pero todo su PP unido a golpe de imposición no creo que piense igual. Por ahí deben andar fluyendo otros afluentes, otros pájaros menos sanguinarios, otras ideas… Pobre Mariano, por volver a mirar hacia atrás no verá venir la ola por delante.

Telecinco

Enciendo la tele, medianoche ya, un día cualquiera de una semana cualquiera, y veo en Telecinco una mujer que quiere ser más guapa. En prime-time de altas horas se lo dan. Con cámaras delante la llevan a un quirófano a que le pongan tetas de plástico, injertos en los labios, maquillaje por kilos, pelos de estrella pop y un vestido de firma italiana. Después muestran dos fotos, de antes y después. ¿Por qué siempre para los antes escogen las peores fotos del álbum familiar y las de después las hace un fotógrafo profesional? La mujer sonríe, llora de emoción, su pareja ni la reconoce. La imagen, el poder de la imagen. Y luego hará causa la cadena, doce meses, doce cuentos, contra la anorexia, a favor de ser uno mismo, a favor de la realidad.

Britney

Podía pasar sin la dosis semanal de corazón infartado de las revistas, con las famosillas de polvos rápidos, escándalos apañados y fotos trucadas. Lo que no esperaba era abrir EL PAIS en Internet –consuelo en la oficina para hacer que trabajo sin trabajar- y ver en la primera página el siguiente titular: “Britney Spears vomita sobre su novio”. Junto a la crispación, junto a los muertos en Bagdad, junto a los misiles chinos que vienen y van. Ahí ponen la compota de la cantante. Desde hace semanas es la reina de las noticias, porque se quita las bragas, porque se duerme en las fiestas, porque se estrella en el coche o porque vomita sobre su pareja. A mí, en casa, que cada uno se lo monte como quiera. Allá ellos. Pero no esperaba que, buscando el mundo real, me pudiese salpicar.

Puede durar unas horas, el tiempo antes de tomarte dos cafés, o quedarse para siempre en tu vida. Si sucede esto último estás lista. A partir de ese momento te acompañará al trabajo todos los días, se colará en los saludos de rigor alicaídos que repartas, aliñará el menú del día del restaurante entre el segundo plato y el postre. Incluso saldrá contigo por la noche y cortará posibles relaciones a esa hora en que la madrugada ya está hecha para dormir o morir en el intento. Será, lo quieras o no, tu compañera de viaje. Porque ni siquiera te la podrás quitar de encima, como se apartan los amigos gorrones o los moscones de bar. Forma parte de ti y es imposible arrancarte un trozo de ti misma. Al menos sin sangrar, claro. Y olvídate de acudir a un médico o un farmacéutico. Ellos no sabrán lo que te pasa. No te verán nada, se preocuparán y te recetarán pruebas y medicamentos. La mitad, ya te lo aviso, efectos secundarios, ni siquiera irás a hacerlos o se te olvidará tomarlos. Los psicólogos querrán acercarse y pensarán que lo han conseguido. Te dirán que sufres depresión y te animarán a descansar y ser optimista. No sabes entonces que el descanso la engorda, la hace más grande, más frondosa. Ni el cine con amigos ni las cenas tranquilas te sacan de casa. Ni el carné de conducir, ni renovar el DNI ni el cursillo ese de inglés que siempre dijiste que harías. Todo pasa delante de tus ojos, en tu propia casa, mientras ella lo conduce a la puerta y lo echa de tu vida. Se lo agradecerás, sin ver que cada vez el sillón lo ocupa más ella y menos tú. Cuestión de tiempo será que alcances el punto más alto en la escala zen: te conviertes casi en un mueble, te alimentas para seguir adelante, te encierras en tu capullo y ni meditas. Lograste vivir bajo mínimos, sin necesitar nada, sin querer nada. Lo que para millones de personas es una aspiración vital, tú lo tienes por todo lo contrario. Y sólo un día, vete a saber por qué, tal vez una ráfaga de aire, tal vez una neurona inquieta, te despiertas, enciendes el ordenador, y antes de que ella despierte también, escribes un artículo para La Kodorniz que debías haber entregado hace tres días. La angustia por la mala conciencia, afortunadamente, es pasajera. Pronto se la come también la pereza.

En el vídeo sin sonido le explican qué le harán. Le pondremos una soga al cuello, le echaremos por ese agujero, su cuello se resistirá unos segundos, después se le partirá la tráquea y la columna, pataleará breves momentos y morirá. El mundo lo verá cuando despierte. Suníes y chiíes, grandes amigos, lo celebrarán con fuegos artificiales (¿o eran coches bomba?). Esté tranquilo, usted no morirá sólo, en los próximos días le acompañarán cientos de iraquíes. Muchos más, seguro, que el centenar y medio al que usted mató y por lo cual le estamos colgando. Así es la Justicia. Viva la soberanía de Iraq. Bush, cada día más, se cubre de gloria (¿o era de mierda?).

ETA

“Estamos mejor que el año pasado y el año que viene lo estaremos aún más”, dijo Zapatero, sonriendo pensando en los turrones, dorándose la píldora de su propio Gobierno. Horas después, en el aeropuerto de Barajas despegó una furgoneta. Algunos partidos lo celebraron, segura estoy. Ahora ya hay más igualdad para próximas elecciones. Nuevos trastos a la cabeza. Nueva siembra de crispación. Y el 2007 empieza igual o peor que termina el 2006. Habrá que esperar a diciembre. Lo dijo Zapatero. Me tomo un gintonic y apago la tele. En breve saldrá la Igartiburu llamándome corazón y todo seguirá igual. Sí, igual, con esta placidez que da la zozobra de ir a la deriva.

Harry

Si le viese su madre lloraría de miedo. Al menos en teoría. Habrá que ver. Pero dice la novia del principito Harry que su chico irá a la guerra, a Iraq, a luchar por perpetuar la mentira ¡aleluya! Si es soldado de la Guardia Real, la primavera le promete flores y otras plantas en Bagdad. Eso dice la novia. A mí estas cosas me resbalan. No imagino al principito patrullando por Basora, o por Faluya, o por Tikrit. No le imagino con su traje-disfraz de nazi poniendo paz entre los moros. No le imagino donde los francotiradores tienen buen ojo. Eso sigue siendo para los pobres. O para los infelices. Pero no para un hijo de futuro rey. ¿Qué pasaría si tuviese un accidente y no volviese, que la corona se sacaría una espina del trasero? ¡Qué más da! Si todos los días se sientan sobre zarzas…

Cambio climático

Se venden nuevas islas; se abren nuevos espacios turísticos; se observa a la naturaleza creándose a sí misma; viva nuevas emociones en directo… Dirán lo que quieran los ecologistas que no comen carne y no beben Coca-Cola, pero a mí el cambio climático me parece un factor impulsor del turismo fundamental. Si se derriten los polos surgen nuevas islas, como en Canadá. Además de que baja la temperatura, que por allí hace mucho frío, y a lo mejor pueden abrir pronto un spa. Yo me iría para allá. Aunque fuese por alejarme de todo. Aunque me pille un corrimiento de tierras, una grieta de kilómetros… Como Terra Mítica, vamos, pero sin acento valenciá. ¡Viva el cambio climático!

Querido Reyes Magos:

Sus altezas, aquí les escribe de nuevo Jasmín. Este año he sido buena y lo saben. No por voluntad propia, sino por prescripción médica, eso sí. Pero cuenta el resultado. He dejado los gintonics –durante el día- y los hombres –durante la noche- y no he dejado el trabajo. Soy por fin una ciudadana anodina: voy en metro, pago impuestos y compro en las tiendas que me dicen. Además sucumbo a la moda y a la estética, ya lo saben. Por eso este año, porque yo lo valgo, les pido lo siguiente: un ultratone, un tratamiento exfoliante, dos liposucciones, cuarto y mitad de Botox, tres bonos de Corporación Dermoestética, una nariz nueva, un milagro anticelulitis, unas medias procirculación, dos botellas de Bombay y un wonderbra. Entenderán ustedes, sus magnánimas majestades, que este año he sido buena, pero quiero dejar de serlo.

O los resucitamos si es necesario, ¿quién dijo que Spielberg hacía ficción? Me produce la noticia la misma sensación que escuchar al bueno de Acebes preguntándose: “¿Por qué miente el Ministerio del Interior?” Y él lo dice… Valientes somos. Como todos los que estos días recordamos que hace dos años una ola gigante se llevó por delante a unos cuantos miles de pobres allá por la lejana Asia. Lo decimos y lo lamentamos mientras otros cuantos miles buscan aún lugar seco donde vivir y otros cuantos miles vuelven a nadar. Si dependen de nosotros, la verdad, es más probable que su propia naturaleza de resistencia les dote antes de aletas y branquias. Los turrones y los polvorones van todos al culo. Nada de a la tripa. De la boca al trasero, para apuntalarnos aún más en el sofá frente a la cajita que nos trae el mundo a casa. Ni protestamos, claro, porque tenemos la boca llena. Y da igual lo que veamos. Mientras comemos pensamos sólo lo que tendremos que hacer para bajar lo que estamos tragando. Ahí radica otro año más nuestro gran propósito. Al año que viene, no lo dudo, estaremos en las mismas. Sé que no digo nada nuevo, ni lo pretendo. Sé que es demasiado fácil hacerlo así. Sé que no aporto nada. Pero mi culo se vuelve gordo y perezoso con la edad (y aquí no hablo de la ley de Newton y el maldito efecto que ha producido ya en mi esqueleto). Por no atragantarme con las peladillas directamente ni enciendo el televisor. Por no ver a la comandanta Aguirre acaparando minutos de preciada información dedicando media hora a los niños ingresados en un hospital. En el mundo no hay más niños, por supuesto. En el mundo tampoco pasa nada más si no queremos. Depende de nosotros. Nadie recuerda ya a los que una Navidad más vuelven a desenvolver fusiles en Somalia. Ya perdieron su turno. Fueron los pobrecitos hace diez años. Otros llegaron. Ni siquiera los asiáticos que saldrán ranas lo son ya ahora. ¿Y los fusiles? ¿Y quién bombardea Mogadiscio? ¿Y qué más da? Otro polvorón. Con dulces pasan mejor los disgustos. Feliz Navidad a todos. Todo está bien. Todo sigue en paz. Hala, hala, a brindar.

…(bendito descanso, pues los bobos ya a estas alturas del año son más bobos, los pelotas más pelotas y los jefes más cabrones pero con sonrisa). Necesita desaparecer de todo, desconectar, olvidarse, me anunció el galeno, apuesto, raya a un lado, bata blanca con corbata azul, brazos fuertes… Me hubiera desmayado. También insinuó algo de la bebida, pero no hice caso. No puede ser todo. Así que allá me fui, de retiro total, casi tres semanas. Con mi petate al hombro (petaca incluida, of course) a escapar de la realidad. Tiene un caso agudo de intoxicación informativa, me había dicho el especialista. Me lo creí. Cerca de veinte días ausente, saltando por verdes prados, golpeando los tacones de mis zapatos rojos y soñando con no estar ya más cerca de casa, recorriendo caminos de baldosas amarillas, meciéndome (lo soñé, lo sé, pero dejarme creérmelo) en los brazos de mi doctor, de mi salvavidas. Y todo ese tiempo sin televisiones con sucesos, sin periódicos con tramas, sin radios con enanos. Y todo ese tiempo sin metros y señoras que te pisan, sin taxistas que te irritan… sin ciudad, vamos. Y sin ciudadanos, que es más importante. En este tiempo, prescripción médica, no vi volar las kodornices que no vuelan. Tampoco me enteré de la batalla de Madrid, con las tropas de Rajoy (¡qué cosas!) y los sueldos bajos. Ni de los Tony King que roban plano a los etarras. Ni de los espías que se marchitan en habitaciones de hospital con pijamas con el culo al aire. Ni de nada. Estuve lejos, no diré dónde. En un lugar donde olvidar era fácil. Llevaba razón el médico. Llevaba también razón yo (necesitaba los gintonics). No me advirtieron del regreso. El golpe es duro. La gran ola del mundo real te pega al tocar tierra de nuevo. Ahí estaba la montaña de escombros que fue acumulándose. Toda para abajo. ¡Hala! Y encima la ciudad iluminada. Y la Navidad acechando. Y las cenas de Navidad. Y ya diciembre. Y otra vez aquí, como siempre. Y de nuevo escribiendo en La Kodorniz. Bendita sea. Hasta que me pague el psicoanalista la Seguridad Social. Hasta que encuentre uno como mi doctor moreno, firme, galán, que me lleve a bailar… Que me rescate.

“Española, eso sí. Es decir, de ningún lado”. Tras deambular a diario por los diarios, cansada de la rutina de la oficina, Jasmín Donoso se confiesa entre gintónics. Quién es no lo quiere decir. Prefiere esconder el rostro. Pero tal vez ya la conozcas…

 

Mío Gallardón

A lomos de Tizona, su tuneladora, nombre de caballo épico, cabalgó don Alberto. Frente a él las tropas amigas pero no tanto de Mariano y Esperancita ojo avizor. Y él derribando los muros de los túneles, para demostrar que al final de los suyos siempre hay luz. Qué gran mensaje le mandó a los suyos, avisando de lo que vendrá. Mientras, desde fuera, don Mariano, señor feudal, y la princesa envidiosa Esperancita tragaban saliva y le dejaban que ganase la contienda del día. Y todo arropado por un séquito de 400 cortesanos, que hacían los coros, extendían alfombras rojas a su caballero armado Gallardón y le lanzaban vítores. ¡Qué gran batalla… si hubiese buen señor!

Elecciones

Ganó Mas, apuesto señor, con algo de malo, de canalla, de hacerte pasar buenas noches. Perdió Montilla, pueblerino escapao del seminario, quiero y no puedo, lo intento y no llego. Y Carod, que había puesto ya el bigote a remojar, salió indemne (¡por favor!). Así que así están, vuelta a empezar, la ruleta gira y gira. Montilla desoyendo a Zapatero (eso dicen los crueles, pero ¿y la obediencia debida con quien te puso?) y queriendo de nuevo un tripartito para ser president aunque le falte mucho (sobre todo votos reales) para serlo. Y Mas, asustado, pensando en dejarse bigote para que no le vuelvan a dar un tres por uno. Y Carod, que le quieren pero no, otra vez centro de atención. La historia se repite. El hombre tropieza dos veces con la misma piedra. Y vuelta a empezar.

Rebeco de mar

Veo en la televisión (todos los telediarios lo dan, debe de ser que no pasan otras cosas en el mundo) la imagen de un rebeco que como Amenábar nada mar adentro en Cantabria. Dicen los periodistas en sus alcachofas de colores que un equipo lo rescató. Pero nadie preguntó al animal. ¿Y si quería huir, allá desde las siempre bellas costas de Cantabria, hacia otro lugar por descubrir? Ya no lo sabremos. Le trincaron en una zodiac, le devolvieron a tierra y todos felices y colgándose medallas. Estamos en un país acristalado. No dejamos pasar a los hambrientos que llegan desde los mares del sur en sus barcas de madera y tampoco dejamos salir a quien lo intenta por el norte.

Viva nuestra conductora

Los pequeños héroes de todos los días son anónimos. A esta mujer ni la conozco ni sé su nombre, pero merece todos los honores. Tiene 43 años, vive en Washington, Estados Unidos, y conduce un autobús escolar. Al menos lo hacía hasta que la despidieron. ¿Por qué? Por atreverse a hablar con las manos. Conducía ella su autobús de regreso de la escuela y frente a ella pasó la caravana presidencial de Bush. Lo vieron y sus niños saludaron al presidente, como se saludan los camiones del circo, a alguien disfrazado o a cualquier conocido (son niños, no les critiquen, aún no saben lo que hacen). Pero ella, llegado su turno, con el presidente ante ella, prefirió hacerle un corte de mangas. Por eso la han despedido, alegando conducta obscena ante los niños. Una lástima, sobre todo llamar conducta obscena a toda una lección de civilización (debate de ideas), libertad de expresión (se expresó) y comunicación (no se puede decir tanto con tan poco).

Latinos

Lo he dicho tantas veces que me repito y no me importa. Es contrapropaganda y seguiré haciéndola. Cada vez que la tele me eche piezas y piezas sobre rollos latinos y premios latinos y cosas latinas montaré en cólera y blandiré mi espada. Otra vez esta semana, con los Grammys esos latinos, invento de los Estefan para vender más y que aquí (somos tontos, de verdad) tragamos y creemos. Latino no es nada de lo que nos quieren vender como una raza aparte, mezcla de razas que tienen lo mismo que ver con nosotros como, por ejemplo, los árabes, esos que Aznar quiere que le pidan perdón. Pero tragamos el cuento de Miami, la música salsera, los cantantes bronceados y hablamos de lo latino, como algo guay que sirve para mucho más que mover el culo. Yo prefiero mirar a Oriente, de donde vienen los Reyes Magos, donde están nuestras raíces. Y que Emilio Estefan se coma su reggeaton con patatas chips.

jasmindonoso@yahoo.es