La Kodorniz humor gráfico

Quiere que lleve el vehículo a un taller para que lo arreglen. A un taller. Van a alucinar, porque la furgona es la que utilizaron en el accidente del barranco de Despeñaperros cuando rodaron «Sor Citroën». La compró entonces por cuatro duros y ahora dice que hace un ruidillo.

Dada la amplia experiencia que atesoro con cacharros de segunda mano, con dar un par de vueltas a la manzana tengo más que suficiente para darme cuenta de cuál es el problema: una figurilla del golpista Tejero de hojalata con la pistola en la mano que lleva colgado en la luna trasera y que golpea contra la carrocería.

No obstante, busco un taller mecánico de esos a los que sólo les falta la bandera con las tibias y la calavera ondeando en la puerta y me presento al encargado.

–Mire usted, le traigo esta joya automovilística que se utilizó en ''Torrente 1'' y que ahora ha comprado por un dineral un multimillonario excéntrico, hipotenuso y convergente. Que hace un ruidillo algo molesto que impide que su perro vea los anuncios de Dog Chow con tranquilidad en el dvd mientras le lleva a mear al campo de golf de Aixerrota.

–¿Y qué tipo de sonido es?, porque la tarifa puede variar según la calidad y cantidad de decibelios, de si vibran en FA o en RE menor.

–Una especie de cascabeleo metálico.

–Bueno, no parece nada importante. Déjala, y vuelve dentro de una hora y estará solucionado.

–No lo creo, porque a veces se oye como un golpeteo como de herrería.

–Ya. Eso cambia la cosa. Entonces, mejor que vengas mañana.

–No hay problema, aunque, ya que estamos aquí, observe también si se produce algún estampido con rechinamiento. Mi jefe lo quiere todo perfecto y no le importa el dinero.

El tipo comprende y le brillan los ojos:

–Hombre, por lo que dices, la cosa podría ser seria. Llámanos el lunes, porque si además notamos algún chasquido con estruendo, tendríamos que mirar la rótula y las calandracas del delco y con eso tenemos para un mes por lo menos, porque hay que subir el vehículo con el gato y cuando se sube el vehículo con el gato, nunca se sabe lo que podemos encontrar debajo ¿verdad?

–Verdad. Le veo a usted mu pofesional. Haga lo que tenga que hacer.

Camino de la ETT, en una tienda de chinos, le compro al jefe un llavero con un Tejero de plástico. Se lo sustituiré sólo después de que haya pagado la factura. A esto se le llama justicia poética.

Me llama Mercedes como cada Semana Santa para que le resuelva sus problemas familiares. Le digo que estoy muy ocupado haciéndome la pedicura en las manos y que vuelva a telefonearme en un par de meses, que para entonces ya habré acabado de morderme las uñas. Pero es inasequible al desaliento y me suelta el rollo sin darme tiempo a colgar.

Según parece ha comprado un billete aéreo baratísimo por internet que le permite dar la vuelta al mundo en cinco días. La compañía se llama ''Vueling interruptus'' y es una especie de avión correo que va recogiendo muestras del virus N5H1 en aeropuertos comarcales de países con gripe aviar. Los pasajeros sólo pueden bajar de la nave el tiempo suficiente para comprar cerámicas y otros productos manufacturados en las granjas.

–¿Pero eso no será peligroso?, le comento.
–Tranquilo, que me llevo el frenadol. Pararemos en 46 aeropuertos y estaremos en tierra sólo unas ocho horas en total. Es como el autobús turístico de Bilbao pero con alas y a nivel global. Una gozada. El problema es que no tengo con quién dejar al animalito.
–Perdona, pero ya sabes que odio a las arañas y más a esa tarántula africana que tienes en el salón de casa.
–Pero si a la tarántula me la llevo en el bolso de mano. Me refiero a mi marido, que odia viajar. Ya sabes que de viaje de novios me llevó en metro a potear a Gorliz. Me tiene amargada. Así que me largo sola, pero como no sabe hacerse ni la comida temo que se me estropee en cinco días. Y tal como están las pensiones de viudedad no puedo permitirme el lujo. ¿Podrías ocuparte tú de darle de comer?
–¿Por qué no le llevas a una residencia durante este tiempo?
–Ya lo he intentado, pero no me lo aceptan porque no está desparasitado y podría pegarle algo a los perros. Además, me exigían que le implantara el microchip y para cuatro días no me merece la pena el desembolso.
–Si le compras unos vídeos de fútbol femenino nudista y le das unos orfidales seguro que cuando vuelves está tan tranquilo en el sofá.
–Mira, acabas de darme una idea. Le pongo una tolva con comida seca y una caja de cervezas y tan ricamente.
–Hombre, me parece un poco fuerte. Mejor que le dejes dos docenas de pizzas encima de la tele para que las tenga siempre calentitas y ya está. Por cierto, ¿y con la víbora de tu suegra, qué vais a hacer?
–La cuidará la vecina.
–No, me refiero a la de lengua viperina.
–Ah, ésa. Se ha ido a Benidorm con las amigas.

pequeños roedores es del 99,9%.

Estoy tocando el tambor junto a Otegi y Permach y cantando el Hare Batasuna cuando, de pronto, se oye una voz que dice:
–Aita, ¡quiero un hámster de angora!
––¿Qué? ¿Hámster? ¿Angora? ¿Quién es?, pregunto mientras intento acostumbrar mis ojos a la luz. El requerimiento suena de nuevo dentro de mi cabeza a través de los auriculares del locutorio. Ahora reconozco la voz de mi hija.
–Cariño, te he dicho muchas veces que no me llames al trabajo. Y menos a la hora de la siesta, que suelo entrar en estado alfa para pensar en la mejora continua de la empresa y en las sinergias aplicables a su rendimiento.
–Y que sea de color naranja.
–Pero tú sabes que no es posible. Recuerda lo que pasó con aquel hámster que te compré y al que llamaste Manolito, que luego resultó ser Manolita y una semana después se convirtió en el Premio Nacional de Natalidad Hamsterina 2005.
–Y con el pelo muy largo.
–Pero, ¿ya no recuerdas que, en contra de lo que pensamos, para los hámster el incesto no existe y al mes siguiente teníamos 32 corriendo por la casa? Además, ten en cuenta la preocupación que nos entra cuando a fuerza de comerse el sofá se ponen malitos y, como carecen de Seguridad Social, tenemos que llamar al veterinario del Igualatorio y pagar a tocateja sus medicinas. ¿Tú sabes cuánto cuesta eso? ¿Quieres que te lo traduzca a piruletas?
–Además quiero una jaula grande.
–Y cuando nos vayamos de veraneo, ¿qué hacemos? ¿Le dejamos en aquel hotel para gatos de donde ''se escaparon'' todos menos dos? Que menos mal que eran gays y habían sobrevivido al verano en plan ''Brokeback mountain'', porque si no, al llegar a casa, la cosa habría empezado de nuevo.
–Y que la jaula tenga muchos juegos para que se divierta.
–No, si ya conozco esas jaulas. Cuestan lo mismo que una segunda residencia en Benidorm. ¿Has olvidado que tuvimos que comprar una con dos compartimientos diferenciados cuando Pixie y Dixie decidieron separarse y a uno le dio por el gimnasio y los pilates para combatir la ansiedad y al otro tuvimos que pagarle un psicólogo conductista que le aconsejó que adoptara a dos perritos del Atlas, que al crecer se convirtieron en dos ratas almizcleras que se comieron los cables del equipo de música?
–¡Y lo quiero antes del domingo!
–Cariño, no sé. ¿No preferirías algo que no diera tanto trabajo, por ejemplo un hermanito?. ¿Eh?, ¿eh?…

Me llama la directora del colegio de mi hija porque se han dado cuenta de que no va a clase de religión, pese a demostrar una fe ciega en el ratoncito Pérez-Intxausti. «Este profundo sentimiento animista –me sugiere– puede ser canalizado hacia algún tipo de creencia que dirija su conciencia y, de paso, nos permita mantener en nómina al profesor de la asignatura, que es de lo que se trata».
La propuesta no me parece mal, pese a venir de una escuela laica, pero le aclaro que esa fe ratonil se fundamenta en el intercambio de dientes por regalos y no sé si a mi hija le quedarán suficientes dientes como para zambullirse en otro culto más ambicioso.
Me explica que no tiene por qué ser el catolicismo, que cuentan con un catálogo de religiones tan amplio que pueden satisfacer a cualquiera. Desde las más primitivas, que incluyen un taller de canibalismo; hasta las creencias ovni, con viaje de fin de curso a Gamínedes. Así a bote pronto descarto lo del canibalismo, porque a la niña no le sienta bien la carne blanca. Y en cuanto a lo de Gamínedes, no me parecerá un planeta de fiar hasta que algún banco instale allí alguna sucursal.
La directora insiste y me sugiere el budismo (en mi opinión incita a la obesidad), el druidismo (no creo que todas las pócimas sean legales), el vudú (mi hija ya lo practica con sus barbies), el hinduismo (¡ojo con la anorexia!) y la religión egipcia (no me parece muy didáctico que en las clases prácticas tengan que embalsamar a un compañero).
Al final, sin darse por vencida, saca a relucir a los mayas, una maravilla de religión si no fuera porque de vez en cuando tienes que ofrecer a tu hermano a los dioses sacándole el corazón con un cuchillo de obsidiana.
Para no alargar la conversación, le comento que ya tengo bastante con el euskera como para tener que enfrentarme ahora con el Código de Hamurabi, el Diccionario de runas, el Avesta, el Bhagavad Gita o el Bardo Thodol. Le doy permiso para que la matricule en la catequesis, a fin de cuentas, los diez mandamientos se funden en dos y eso es fácil de recordar. En cuanto al misterio de un Dios uno y trino, es mucho más fácil de comprender desde que existen las ofertas de Carrefour. Eso, siempre que no les obliguen a hacer un milagro a fin de curso. Que todo puede ser.

 

Me llama Mari Macho, una vendedora de casquería del mercado de la Ribera de Bilbao a la que compraba comida para los gatos, y que ahora dirige el Gabinete de Insultología e Injuriaje del Partido Popular. Según explica, el equipo generador de exabruptos está de baja porque cogieron unas purgaciones mientras recolectaban nuevas acepciones por los barrios bajos y Zaplana necesita una docena de frases zahirientes para salpimentar la próxima rueda de prensa. Ha pensado en mí porque no le pagan por pensar. La minuta son 12 euros por insulto inédito y 24 si lo utilizan en la televisión.
Temo no estar a la altura de gente tan entrenada y creativa que ha dedicado al presidente del Gobierno expresiones como «Antoñita la fantástica, sectario de la sonrisa boba, traidor a los muertos, triturador institucional y mendigo de treguas». Eso, claro está, después de acabar con el diccionario de Cela que han recitado de la A hasta la S: «acomplejado, arcángel, chisgarabís, excéntrico, fracasado, insensato, malabarista, penoso, perezoso y soplagaitas».
Le pregunto si quieren algo como tontolculo, cadáver político, escroto sucio, desarrapado, saltamontes frívolo o consumidor de piensos Sanders, por ponerle sólo unos pocos ejemplos para saber por dónde respira.
Me responde que le gustan, pero que los considera un poco intelectuales, que preferiría algo que conectara más con el gentío llano, con la idiosincrasia del pueblo popular.
Echo mano entonces del repertorio del capitán Haddock, más que nada por si cuela, y le sugiero troglodita del escaño, tecnócrata de ciclostil, filoxera del dossier, hidrocarburo del decreto ley, ectoplasma de la enmienda, filacteria de la dieta, catacresis, molde de gofres, filibustero de la recalificación y zapoteca.
–«Estos están bien –confiesa– pero necesitábamos algo más…, no sé cómo decirte, algo del tipo "Aquí hay tomate"».
–«¿Qué te parecen tonto a las tres, atropellaplatos, adoquín, barbikent, cebollino, pavisoso, molondro, mamacallos, zamacuco o zurullo del BOE?».
–«Por ahí va la cosa, por ahí. Pero un poco más directo y más sibilino(¿?)».
Al final se quedó con: Caifás, cabezabuque, bocamierda, caracartón, liendre humana, botijo amorfo y almorranabellota.
–«Son estupendos, ¿de dónde los has sacado?», pregunta eufórica.
–Se los he oído a mi hija de ocho años. Seguro que a Zaplana le encantan.

Según el director, que no ha querido ni dar la cara ni firmar con su nombre en el cartel de la película, "Arratia Mountain" describe la tierna relación sentimental que nace entre los protagonistas y entre éstos y los animales en un paisaje de égloga que sin duda ayudará a lanzar Euskadi como destino turístico para personas de apetencias poco comunes.
Es la primera vez que un director autóctono trata un tema tan delicado, ya que al primero que lo intentó le quemaron el todoterreno y le dispersaron las ovejas mientras rodaba los exteriores.
Ahora, con el patrocinio de la sección de cárnicos de los supermercados Eroskiki y protegidos por la guardia petroriana de Proseguir, ha podido ver la luz esta joya del celuloide que describe, con minuciosidad hiperrealista, las estrechas relaciones que se crean entre los pastores y sus rebaños.
La crítica ha destacado la gran cantidad de matices psicológicos que el director ha logrado obtener de los actores y, fundamentalmente, de las ovejas, cuya interpretación está a la altura de las estrellas más rutilantes del Actor's Studio.
La historia alcanza su cenit dramático cuando los pastores son incapaces de precisar su número, ya que donde uno ve un rebaño de 1.700.000 borregos, otro apenas vislumbra 100.000. Tras la agria disputa deciden contar las patas y dividir el resultado entre cuatro. Es en este trajín cuando entran en contacto con dos latxas que les robarán el corazón.
A raíz de aquí, la acción se encarrila hacia una comedia de enredo en la que no faltan los números musicales con los rumiantes saltando entre los riscos mientras los pastores las persiguen balando en paños menores. No les contaré el final para no estropearles la sorpresa. Para menores con reparos.