La Kodorniz humor gráfico

Son algo así como el Spectra de James Bond, pero en versión erudita.

Yo les felicito, les deseo lo mejor y, desde aquí, les auguro el éxito.

Porque los bibliotecarios serán —¿qué duda cabe?— los zelotes del futuro. Cuando la humanidad se vuelva culta y sensible y lea todo lo que hay que leer (cosa que va a pasar dentro de muy poquito tiempo), los bibliotecarios controlarán todo lo controlable. Se les asignará en la sociedad el papel dominante que en puridad les corresponde. Ellos serán nuestros maestros y mentores. Nos dirán qué hacer, cómo y cuándo, y a todos nos irá mucho mejor que ahora, ¡dónde va a parar!

A mí me gusta ser optimista.

¿Y cómo cambiará el mundo, me dirán?

Es fácil de pronosticar.

* Los domingos se retransmitirán lecturas en prime time por todos los canales de televisión. Las audiciones de obras de autores galardonados con el Nobel o con premios nacionales de cualquier clase, se harán previo pago (PPV).

* Las universidades americanas concederán becas a aquellos que, aunque sean malos jugando al rugby, demuestren que saben leer y escribir.

* Cada cuatro años tendrán lugar las Audiciones Olímpicas, donde literatos de todos los países competirán en todos los géneros. A los participantes se les efectuarán controles «anti-doping» para asegurar que no han estimulado la imaginación literaria mediante el uso del cannabis.

* El Mundial de Teatro también atraerá bastante atención. La selección de actores de cada nación representará una pieza dramática. (Los autores de la misma jurarán a la prensa que, si no ganan, dejarán de escribir para siempre, pero luego no cumplirán lo prometido.)
* Los autores de los libros más elogiados por crítica y lectores ocuparán cargos políticos en sus respectivos países. La función democrática del ciudadano consistirá, pues, en elegir a los mejores escritores. Los partidos políticos se convertirán en géneros literarios y, tras cinco años de gobierno de los novelistas, encabezados por su mejor exponente, por ejemplo, llegarán al poder los poetas. Probablemente los ensayistas e historiadores tendrán que formar coalición, si quieren alguna vez llegar a gobernar.

unas cuantas aspiradoras pero, según me dijo luego, no eran para vender.

Ahora bien: yo no suelo conceder citas a hombres desconocidos. Una cláusula de mi contrato me lo impide. Los directores de cine de este país estamos todo el día muy ocupados estudiando el despertar sexual de los niños durante la posguerra española, con miras a futuros guiones, como para perder el tiempo con majaderos. Así es que no sé por qué me dejé convencer para prometerle a aquel señor desconocido que hablaría con él. Ahora que pienso bien, quizá lo hice porque su voz, por teléfono, me recordaba la de un perro «setter» que tuve una vez y que me quería un horror. El caso es que le hice pasar. Era alto, rubio, algo pelirrojo y también un poco moreno, aunque el pelo le empezaba ya a blanquear alrededor de la calva.

—Y bien: ¿qué desea usted de mí? —le pregunté. No dio respuesta a mi pregunta, por lo que me vi precisado a hacerle otra más fácil:

—¿Quién es usted?— Al parecer, ésa tampoco se la sabía, porque no contestó. Me lo quedé mirando.

—¿Así es que no me conoce? —dijo, de pronto—. Soy el público.

—¿El público? ¿Qué público?

—¿Cómo que qué publico? El público. El que ve sus películas.

—Quiere usted decir que forma parte del público —aclaré.

—Quiero decir que soy todo el público. Yo lo integro.

—Pues si es usted todo el público, me voy a morir de hambre —exclamé.

«El público» se sentó en el sofá que tengo en el salón para el caso de urgencia de que alguna visita quiera sentarse.

—Con permiso —dijo.

—O sea, —creí mi deber decir—, que es usted una figura…

—El público nada más, ya le dije.

—…una figura retórica. ¿No es eso?

—Precisamente. Yo soy el público sano —y se golpeó el tórax como demostración—. Y usted es una especie de criado mío. Trabaja, en definitiva, para mí.

—¡Yo no soy criado de nadie! —grité, indignado, dando una patada en el suelo. El vecino de abajo subió a protestar, me insultó, le pegué, vino la policía, me detuvieron, fui a la comisaría, llamé a mi abogado, pagué la fianza, cogí un taxi, llegué a casa y la conversación se reanudó.

—Vengo a pedirle algo —me dijo el tipo aquel. Yo estaba un tanto desconcertado.

—Espere un momento, espere un momento. ¿Viene a decirme que es usted una figura alegórica, un alma grupal, un símbolo andante y que va a pedirme algo? Esto parece una película.

—Y es que estamos en una película, señor mío —replicó. Yo había creído todo el rato que era sólo un cuento corto, pero no tenía ánimos de discutir.

—Resumiendo —prosiguió—. Su cine es malo. Sólo se preocupa de ganar dinero, sin ocuparse de la calidad.

—¡Oiga, oiga! —quise gritar. Pero no podía ir de nuevo a la comisaría y pagarme otro taxi de vuelta—. ¿Que mis películas no dan dinero?

—No sólo eso, sino que sus guiones dan pena. Así es que he venido a solventarle la papeleta.

—¿Sí, eh? —repliqué con sorna—. Pues bien, listillo, ya que se las sabe todas, dígame ahora y de una vez qué debemos hacer yo y mis compañeros de profesión para dignificar el cine español.

—Es muy fácil —replicó el majadero aquel—. Todo lo que tienen que hacer es…

(ESTE ESPACIO EN BLANCO ESTÁ DESTINADO A QUE EL LECTOR INSERTE SU PROPIA SOLUCIÓN, ACABANDO ASÍ MI CUENTO Y MEJORANDO EL CINE ESPAÑOL DE UNA VEZ POR TODAS.)

y yo obedezco. (Nótese la etimología del término ‘paridades’.)

Y, no contento con obedecer, contribuyo a la recién implantada costumbre antidiscriminatoria, con la nueva versión de fragmentos elegidos de nuestras amadas letras.

Helos ahí, los fragmentos:

«Hermano y hermana:
vuestras son la hacienda, la casa, el caballo y la pistola,
mía es la voz antigua de la tierra.
Vosotros os quedáis con todo
y me dejáis desnudo y errante por el mundo,
pero yo os dejo mudo y muda,
¡mudo y muda!
¿Y cómo vais a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?»
(León Felipe)

«Ya hay un español y una española que quieren
vivir y a vivir empiezan
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolita y españolita que venís
al mundo: os guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helaros el corazón.»
(Antonio Machado)

a los que asaltaban al crepúsculo ya no tenían ni un ochavo.

José María sufría de insomnio y al amanecer ya estaba despertando a los suyos y poniéndose en marcha, con lo que le fue bien.

Luis Candelas

Éste, en cambio, trabajaba de noche. Era bastante cobardica, para qué nos vamos a engañar. Y como asaltar a pecho descubierto a alguien te ponía en riesgo de recibir un trabucazo por parte de algún viajero reacio a ser desplumado, el tal Candelas obraba con extrema precaución.

Armado de una vela entraba de noche en las posadas y arramblaba con lo que podía mientras todos dormían. Si el viajero tenía pinta de fornido, se limitaba a robarle las botas que, como olían generalmente mal, era costumbre dejarlas en el pasillo, junto a la puerta de la habitación.

El Pernales

De este famosísimo bandido nunca hemos podido saber ninguna particularidad. Así es que nos lo saltamos.

Robin Hood

Este señor se dedicó al bandidaje para poder ponerse medias verdes, cosa que le hacía pero que muchísima ilusión y que, viviendo en el pueblo de Sherwood y dedicándose al negocio familiar de la cría del champiñón, no hubiera podido hacer. Pero allí en el bosque era libre y a nadie le importaba lo que se pusiera, porque todos eran bastante raritos.

Es cierto que daba dinero a los pobres. Pero luego se arrepintió bastante, porque tanto él como Little John se encontraron viejos y sin nada que llevarse a la boca (alimenticio, se entiende).

Los siete niños de Écija

Marcados por la desgracia de ser de Écija, estos niños no tuvieron otra que echarse al monte. Pero su carrera fue difícil.

En primer lugar, era complicado que fueran puntuales y salir todos a tiempo de atracar a la diligencia. Siempre había alguno que se retrasaba.

Luego, cuando tres de ellos dejaron el negocio y montaron una alpargatería, los cuatro restantes se percataron de que, si no eran siete, no asustaban mucho. Así es que fabricaron tres monigotes de cartón-piedra y los ataron a tres caballos, para que les acompañaran en sus perrerías. Este detalle se ha sabido hace muy poco gracias a un investigador estadounidense (Cfr. John H. Milks: «An Ilustrated Enciclopaedia of Stupid European Bandits», 3 vols. Oxford University Press, 2003).

(En próximas ediciones de esta serie: Sir Francis Drake y Julián Muñoz).

O sea, que el color rojo, la ondulación de la capa, es solo vistosidad para la galería. El toro embiste a la capa roja como podría embestir a un torero que le citara llevando en la mano una cometa fabricada con papel de color verde manzana.

PREGUNTA: ¿Por qué la afición a torear?

RESPUESTA: Porque se gana mucho dinero en muy poco tiempo y sin estudiar nada, desengañémonos.

COMENTARIO:¿Que hace falta valor? Algo. Bastante menos que para subirse a un andamio, en donde tienes, además, que madrugar y trabajar ocho horas.

APOSTILLA: Más verdades tauromaquiles.

VERDAD 1.-Por mucho que se quiera ignorar este hecho, la verdad es que el público está esperando que el torero sufra una cogida y, cuanto más sangrienta, mejor.

Éste es un deseo latente, oculto y no reconocido por nadie, pero muy intenso, semejante al que lleva a los coches a aminorar la marcha ante un accidente, para ver a los muertos o a los heridos (hecho innegable y documentadísimo). Siempre se ha parangonado la fiesta con el acto sexual: la provocación, lo femenino del traje de torero, la virilidad del toro… Pues bien: parece que hay gente ansiosa por presenciar una violación, aunque sea simbólica.

VERDAD 2.-No existe cosa tal como un «toro bravo».

Sólo hay toros normales, que están por ahí, y toros cabreados: aquellos a los que se encierra, se pica, se banderillea y se les hacen no sé cuántas perrerías más. Si no fuera por esas provocaciones los bóvidos no atacarían a nadie.

VERDAD 3.-La de torero es la profesión de donde comen más paniaguados, pelotas profesionales, amiguetes, parientes inútiles, etc.

Esto no necesita demostración: todos lo sabemos.

VERDAD 4.-Los toros no son cultura, sino incultura.

El que en nuestra sociedad toda esa gente haya venido llamando tradicionalmente «Maestro» a muchos señores que eran analfabetos, da idea de la perversión cultural que la fiesta trae y de la que los españoles decimos enorgullecernos, cuando se nos debería caer la cara de vergüenza.

VERDAD 5.-La fama de los toreros es inmerecida.

Las televisiones, por tradición, aman lo cutre y, por ende, aman a los toreros (y a las tonadilleras que se casan con ellos antes de hacerlo con mafiosos). Las cadenas proporcionan fama y dinero a gentes sin mérito, mientras que excelentes científicos y artistas verdaderos del país pasan penurias y no consiguen ningún tipo de reconocimiento público.

VERDAD 6.-Los toros, laus Deo, ya no son negocio.

Los empresarios saben esta realidad. Ya no hay mucha gente dispuesta a pagar una entrada muy cara para ver tantas crueldades. Pero hay aún muchos concejales de cultura de muchos municipios que insisten en mantener las corridas de toros en las fiestas de los pueblos. A muchos no les parece bien, pero aun así se ofrecen corridas carísimas pagadas con dinero público. A mí, que tengo un negocio (un bar donde no entra nadie y que me está arruinando) me gustaría que mi ayuntamiento me pagase un pastón por que mi negocio siguiera funcionando, aunque la mayoría de la gente ya no quisiera tomar café.

VERDAD 7.-Los toros son una salvajada y pasatiempo de bárbaros.

Fernando VII abrió «escuelas de tauromaquia»… tras cerrar universidades.

CONCLUSIÓN: Más tarde o más temprano nuestra sociedad tendrá que optar por una cosa u otra, pues ambas —la sabiduría y la crueldad— acaban siendo cosas incompatibles.

ETIMOLOGÍA

El término indoeuropeo dvi- ejerce en sánscrito la función del prefijo bi-. Chakra, ‘rueda’, ‘disco’, es un vocablo que se emplea de forma generalizada incluso en las lenguas sanscríticas modernas. Sûtra significa ‘cordel’ y hace alusión al bramante con que se ataban las hojas sobre las que antiguamente se escribía.

AUTORÍA

Este libro se atribuye al sabio Bhâryâcharyâ. Âcharyâ es voz sánscrita que significa ‘maestro’. Bhârî, aunque nombre propio, viene a significar ‘pelmazo’, por lo que no sabemos si se trata en realidad de un nombre de pila o de un sobrenombre por el que le conocían los alumnos.

Los estudiosos de la época védica sugieren que no se refiere a una sola persona, sino que es posible que fuera un compilador de obras anteriores, algo así como el Ana Rosa Quintana del antiguo Indostán. O sea, quizá varios maestros sucesivos recibieron el mismo apelativo de sus alumnos. O se trataba de una sociedad en comandita o de un primitivo samiti o comité.

El caso es que hay obras atribuidas al mismo autor: el «Chânâpakava Shâstra» [Arte de cocinar los garbanzos], el «Ardhanârîshrîngaralîlâ» [Maquillaje para indogays] y el «Râjnaitikasatya Samhitâ»[Colección de mentiras para uso de políticos]. Afortunadamente, todas estas obras se han perdido.

HISTORIA

Parece ser que Alejandro de Macedonia, tras derrotar al rey hindú Porus, se trajo de la India este tratado junto con el bacilo del dengue. Lo mandó traducir al griego. Hay una mención al «Bicikletakos morronikoi» [Caidas ciclistas] en un códice medieval, aunque el libro no se conserva. Sí existe aún una rendición al árabe, con el título de «Itar-e-bisikalita» [El perfume de la bicicleta], de Amjad al-Khureimi (del siglo X), con bellas ilustraciones, que se puede admirar en el Museo de la Biblioteca de El Cairo (Entrada 20 piastras. Con cámara de vídeo, 28 piastras).

CONTENIDO

La idea general es que la habilidad para el bicicleteo es un don de los dioses; no pueden conseguirlo los mortales sin méritos. Únicamente un karma estupendo (esto es: el fruto positivo de acciones pasadas) permite al hombre dominar esta difícil técnica.

Es conocido el caso del asceta y yogi Mahâreta, quien meditó durante novecientos años y logró que el dios Vishnu se le apareciera y se ofreciera otorgarle el don que quisiera.

Mahâreta pidió la habilidad ciclística y Vishnu se le concedió. Pero la primera vez que montó en el complicado artefacto, el asceta se pegó un tortazo indostaní, se partió un chakra y acabó con las rodillas despellejadas.

Invocó de nuevo al divino Vishnu para reprocharle y el dios, con la amabilidad que le caracteriza, le explicó que novecientos años no eran suficientes. Si hubiese efectuado penitencias durante al menos mil, su pericia al manillar no hubiera tenido igual en los tres mundos. Mahâreta aprendió la lección espiritual, renunció a las vanidades ciclísticas y alcanzó allí mismo la liberación (moksha).

Porque, por ejemplo, nunca me han pretendido vender un remolque para lanchas, pongo por caso. Eso quiere decir que a los fabricantes de remolques para lanchas les consta positivamente que yo no poseo una lancha y, lógicamente, se niegan a desaprovechar su propaganda en mí, cosa que yo les agradezco.

Tijeras para esquilar ovejas tampoco me han ofrecido nunca.

Luego la reiterada oferta de alargamientos instantáneos y garantizadamente satisfactorios me deja perplejo. Me consta que amigos míos han recibido también antes la misma oferta, pero eso no me tranquiliza en absoluto.

Porque las causas que se me ocurren son todas tremendas, por lo que implican.

1.- La primera podría ser algo que yo mismo ignoro. ¿Han hecho una encuesta secreta a todas mis amantes, antiguas novias, etc., y el consenso ha sido que no me vendría mal una buena remodelación? Como ven, esta posibilidad es aterrante.

2.- Pudiera ser que mi nombre hubiera aparecido —por error o no— en una lista de cretinos especiales, de esos que compran, ligan (y hasta hacen footing) por internet. Alguien ha considerado que yo soy lo suficientemente deficiente para dejar que me quirofaneen porque me llegó un e-mail sugestivo o quizá barato.

3.- Soy sólo una víctima de una campaña de mentalización de masas. Nos utilizan como objetos para reivindicar el hecho de que el tamaño importa.

4.- Otra posibilidad es que estas proposiciones no me lleguen a mí, sino absolutamente a todos los varones, sólo que muchos no lo confiesan. Puede ser parte de una campaña de ingeniería genética nazi tendente a mejorar la raza a precios módicos.

5.- Puede también ser una conspiración de alguna sociedad feminista radical cuyo propósito bien podría ser desmoralizar al sexo masculino en pleno.

Por pura curiosidad ha abierto uno de esos mensajes y me avergüenza confesar que me tienen casi convencido.

incrustada en una piedra,
recubierta de cien plantas
y que estaba allí esperando
para ver quién la arrancaba.
Si alguno quiere saber
más de esta leyenda clásica
puede leer lo pone
la «Enciclopedia Británica»
o ver la «peli» de Walt
Disney, que es una monada
y en la que sale Merlín
con unas barbas muy largas.

Vaya: que le hicieron rey
de una nación de macarras,
que los feudales de entonces
hacían su santa gana,
la corona era impotente
y el rey casi no mandaba.
¿Cómo pudo hacer Arturo
una patria organizada?
Pues lo que tiene el Medioevo
es que no sabemos nada.

Pues parece ser, señores,
—aunque no es cosa probada—
que Arturo niño fue ardilla,
todo debido a una magia
que le hizo Merlín en coña.
También estuvo en el agua
en forma de pez, o al menos
eso era lo que contaba
la película de Disney
más arriba mencionada.

Luego hubo un asunto extraño
en relación con la espada
que no se sabe por qué
razón estaba clavada,
en un yunque que allí había,
desde el año de la nana.
Según la leyenda, rey
sería quien la sacara
y no la sacaba nadie
por una razón muy clara:
los últimos doce reyes
no murieron en sus camas
que los nobles de la isla
eran gentuza muy mala
y mataban a destajo;
y aunque fueras el monarca,
si no les caías bien
te daban cien puñaladas
sabiamente repartidas
entre el talón y la calva.
Por eso, aquel que tenía
algo en la frente no osaba
acercarse al yunque aquel
y menos tocar la espada,
no fuera que se saliera
y, saliendo, te obligara
a reinar un rato antes
de que te escabechinaran.

Pero Arturo, que era tonto,
por hacer una machada
fue y la sacó. Y tuvo suerte,
porque les dio algo de lástima
y le dejaron reinar
sin sacudirle a mansalva.

Como fuere, allí tenemos
a Arturo, rey en su casa,
sin saber muy bien qué hacer
para lograr buena fama.
Se desposa con Ginebra
—que luego le saldrá rana
y se la pegará al rey
con Lancelot bien pegada—
y llamando a su castillo
a toda la flor y nata
de la caballería andante,
va y los sienta en una tabla
(que no es sino una mesa
vulgar, pero mal nombrada).

Cuando los tiene allí a todos,
los lía para que vayan
en búsqueda del copón,
que no saben dónde para.
Los caballeros, contentos
de alejarse de un monarca
mucho más tonto que Abound*,
se van de muy buena gana.
Sólo Lancelot se queda,
por la razón apuntada.

No hay mucho más que decir:
la historia en esto es diáfana.
Arturo no hizo otra cosa
que ser cornudo y pelanas.

De él surge el linaje inglés
de los Estuardo, los Planta-
genet, los Windsor, de Churchill
y casi casi de Marga-
ret Thatcher y Tony Blair.
¡Ahora la cosa está clara!

* Abound: Nombre sajón de Abundio.

(aunque no estoy muy seguro,
porque yo tengo muy mala
memoria para estas cosas
y me creo que la Pampa
está por el Benelux
y el Tirol junto a Sudáfrica).

Mas volvamos al castillo
aquel, de torres muy altas,
de recios muros, repletos
de piedras y de argamasa
(porque cuando se erigió
el tal castillo costaban
los ladrillos y el cemento
los dos ojos de la cara).

De este castillo famoso
las paredes almenadas
han visto pasar diez siglos
y lagartijas a manta;
y han visto también la desa-
mortización eclesiástica
que llevó a cabo aquel tipo
que creo que se llamaba
Mendieta, Mendigorría,
Menéndez o Mendizábal:
uno de esos, no recuerdo.
(¡Ay, qué memoria tan mala!)

Allí, dentro de sus muros,
en el patio de las armas,
donde aún perduran efluvios
del estiércol de las caba-
llerías, hay aposentos
para uso de los guardias
custodios de los portones,
y en donde armaban jaranas
de las de «no te menées»
en los fines de semana.

Pues bien: en ese castillo
famoso del cual hablaba,
en el siglo diecisiete,
allá por Semana Santa,
en una noche muy fría
profusamente estrellada
de miércoles, me parece
que tarde, ya eran las tantas…
¿qué pasó? Pues no pasó
absolutamente nada.

el llamado «The New Calendar of Great Men» [Nuevo calendario de los grandes hombres], basándose en las ideas de Auguste Comte y de un amigo suyo con el que iba a la bolera. Este libro no era sino un diario santoral, en el que se reemplazaban los nombres de los santos por el de aquellos científicos o artistas que hubieran contribuido al avance de la civilización. De esta manera, Gutemberg, Newton, Leonardo, Mozart o Shakespeare pasaron a ser los patrones protectores de algunos días concretos del año.

El problema planteado es que, como dice el adagio latino, «Quod longanizae diae multus est». O sea, que había jornadas dedicadas a sabios que tampoco sabemos quiénes son.

De esta manera, la cosa no tiene sentido.

No negaré que el laicismo tiene su aquel, pero si substituimos como patronos de un día a San Emerenciano, mártir, y Santa Eudivigis de Cinerea (de los que no sabemos nada) por los científicos —pongamos por caso— Johann Friedrich Volgenstain y Sir Nigel Arthur Tipps (de los que ignoramos todo) pues no hemos avanzado mucho. Y como dice el adagio latino (¿Cómo se nota que me he comprado un diccionario de citas, eh?) «Ipse transiti alforjae non est necesse.»

Así es que mi propuesta es adjudicar cada día del año a un patrón, sí. Pero a uno conocido verdaderamente.

¿Y qué criterio tenemos hoy en día para la fama? Pues es obvio: la «tele».

Sólo hay que poner a los becarios que realmente hacen la televisión (porque los ejecutivos con sueldos millonarios están en sus casas sentados, esperando que les llegue la transferencia mensual) a contar nombres y pronto podremos ufanarnos de este verdadero Santoral Popular, que será fiel reflejo del sentir de las gentes, del pueblo llano, que no vendrá impuesto por la elite religiosa ni por la científica.

Y diremos:

«El patrón de esta jornada es Marujita Díaz.»

«Hoy es el dia de Otegui.»

O bien:

«El jueves se celebra la festividad de Coto Matamoros.»

Mucho mejor, ¿no creen?