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novelas, ensaladas, postres, lo que surja. Mi procedimiento consiste en aplicar a una base argumental conocida (yo emplearé «Caperucita roja») diversas variantes fijadas de antemano.

Procedimientos:

DUPLICACIÓN
Caperucita tiene una hermana gemela. Una es buena y la otra es mala. El lobo las confunde.

COMPLICACIÓN
Hay dos abuelitas que viven en sitios distintos y las hermanas se juegan a los chinos quién va a llevar la cestita a la abuela mayor, que es la que da las mejores propinas. Las posibilidades, como se ve, son muchas.

INVERSIÓN
El lobo es bueno y caperucita lo quiere matar, porque es pérfida, para con su cola hacerse un látigo que empleará en sus juegos sexuales con el leñador. El lobo huye y, por error, busca refugio en casa de la abuelita, que es más mala que su nieta y guisa al lobo en una salsa de moras y jerez.

EXCEPCIÓN
La abuelita va a visitar a Caperucita y el lobo se muere de hambre por no tener a quién hincarle el diente.

MISTERIO
Caperucita dice que va al bosque, pero todos en el pueblo saben que no es verdad, aunque lo ocultan a los forasteros. ¿A dónde va la niña? No se descubre hasta el final.

PELIGRO
Se inserta un elemento externo de riesgo. ¡En el bosque hay peste bubónica, no se sabe cómo! ¡¡¡Cuidado!!!

SIMBOLISMO
Las cosas no son lo que parecen. El bosque no es real, sino un concepto freudiano cuya intríngulis tenemos que desentrañar.

SEXUALIZACIÓN
Caperucita es, en realidad, un tío al que le gusta mucho disfrazarse. El lobo flipa.

POLITIZACIÓN
Caperucita es azul. Fidel prohíbe el cuento en Cuba y se producen incidentes internacionales.

FUSIÓN
Caperucita va al bosque y se encuentra a los siete enanitos y a Blancanieves, que se pone celosa porque Caperucita es más joven que ella y está bastante más buena.

TEMPORALIZACIÓN
Caperucita lleva cincuenta años yendo al bosque, para poner flores en la tumba de su abuela. El lobo también hace tiempo que ha muerto. Ella añora su infancia, que se nos cuenta retrospectivamente, y el cuento nos hace llorar por los buenos días perdidos.

compran armas con el dinero de nuestros impuestos) y algunos (los israelíes, por ejemplo) se dan especial maña.

Así es que decidí especializarme en matar a los muertos, labor que es más meritoria y —¿por qué no decirlo?— que entraña menos riesgos.

Como yo soy alemán y concienzudo (cosa que ya habrán supuesto al saber que me apellido González) ataqué el asunto con cuidada metodología y buenos alimentos. Me documenté a fondo y quiero aquí agradecer al ilustre investigador y empleado del catastro D. Luis Moreno Villamediana (amigo mío y de más gente, y admirador como yo del gran don Vicente Gutiérrez, al que harán justicia los siglos venideros) sus consejos y la referencia al volumen del eminente matólogo brasileño (sic) Robertinho Flack «Killing me Even Softlier With his Song», donde se exponen los rudimentos de tal arte.

¡Gracias, Luis! Un abrazo para ti y otro para tu tía Federica.

El libro refuta a Hölderlin(g) (parece que la ‘ge’ es opcional), quien insistía en que era imposible asesinar a un cadáver. Daremos vueltas a este tema hasta que consigamos sacarle todo el meollo y aburrir a unas cuantas vacas.

Para ponerse pedante sin previo aviso y a gran velocidad lo mejor en todos los casos es echar mano de la etimología, que demuestra que «homicidio» es matar a un hombre, entiéndase varón. «Crimen» es cualquier delito violento. «Asesinato» es ponerse hasta las cejas de hashish y cometer en ese estado cualquier barbaridad. O sea, que no hay palabra precisa para designar ese hecho. Pero no pasa nada, porque para eso estoy aquí yo. Invento una palabra adecuada para ese acto; ustedes, queridos lectores, la popularizan y el asunto queda resuelto de una vez por todas.

La palabra que incluye todos los sentidos es, lisa y llanamente, «matación» [acto de matar] y así la emplearemos a partir de ahora.

Pasemos a definir en qué consiste la matación, para ver si es posible matar a un cadáver. Por ejemplo, cuando le pegamos un buen palo metafórico a un tío famoso ya finado (como hemos hecho en este blog varias veces con Cervantes, Cela, «Azorín» y otros pájaros) estamos acabando con el prestigio de los tales: matamos su fama, por así decirlo. ¿Cualificaría eso como parte de la muerte de un individuo o individua? (Lo pongo en femenino también porque hay que ser políticamente correcto, cuando es gratis.)

Porque en la muerte física que infligimos, sólo le quitamos a la víctima una parte de sí: la privamos de su hálito vital, pero no de su nombre, ni de sus pertenencias ni otras cosas. Acabamos con ella solamente un poquito. Expresado más crudamente: sólo le matamos un cacho de su ser. De donde se deduce que despojar a un muerto de su fama es matar su recuerdo. Luego, al menos parcialmente, se puede hacer.

También tenemos una convención que indica que no se debe hablar mal de los muertos, bien porque es de mal gusto o bien porque ellos no se pueden defender. Con más razón, estaría mal empeñarse en matarlos. Esta argumentación también es una falacia.

En primer lugar, podemos decir que no hay que dejar de hacer las cosas porque sean de mal gusto. Comer pepinillos es de mal gusto y pocos se privan. Y otras cosas también lo son. Defecar, sin ir más lejos. Y no sería recomendable que dejáramos de hacerlo.

En cuanto al segundo argumento, ¿quién ha dicho que los muertos no se puedan defender? Yo presumo de tener una mente racional y científica y no creo en fantasmas. Pero cualquier persona con sentido común les dirá que los fantasmas no existen pero que siempre es mejor no meterse con ellos, por lo que pudiera pasar. O sea, que existir, no existen; pero tienen muy mala uva y es mejor dejarles en paz. ¡Vade retro! ¡Lagarto, lagarto! ¡Uníos, Hermanos Proletarios! (Esta última frase no encaja aquí muy bien, pero la he incluido de todas maneras.)

Lo que no tendría sentido negar es que, matando a un muerto, todo son ventajas. Las enumeraré:

1) Quedas eximido de toda responsabilidad civil, porque en caso de apuñalamiento póstumo las leyes no están lo suficientemente claras y la fiscalía, que va con años de retraso, no puede parar mientes en leerse el Código.

2) Tienes tiempo, porque el cadáver no va a ninguna parte. Esto es excelente, porque, matando a un vivo, el vivo se mueve mucho y es más difícil atinar. Hay que tener mucha más puntería. Además, no puedes matar a placer; tiene que ser cuando la ocasión lo permita, mientras que en el caso de la matación de un cadáver puedes respirar hondo, concentrarte o hacer ejercicios de relajación previos, lo que quieras. Todos los matadores experimentados coinciden en que lo peor del proceso, lo más fastidioso, es la espera en el callejón oscuro, detrás del cortinaje, etc. Con mi método todo esto te lo ahorras.

3) Se evita el ridículo, porque el apuñalado o baleado no se puede reír de nosotros. Esto tiene más importancia de la que parece. El cine nos ha dado una falsa visión del asesinato. En la vida real es muy posible que ataques a tu enemigo con un cuchillo y no se lo claves bien o lo bastante. Puedes fallar, entonces él se ríe de ti, a lo mejor te quita el cuchillo y te lo clava a ti o cualquier otra permutación. Es cualquiera de estos casos tu reputación queda hecha trizas. Si no consigues matarle bien tendrás a un enemigo para toda la vida que, además, se partirá de risa siempre que recuerde tu torpeza. Nada hay más ridículo que el que pega un tiro y falla. Queda como un novato y es el hazmerreír de todos. Esto, con un cadáver no pasa y podemos ejercitarnos con puñaladas de ensayo hasta darle la definitiva y quedar como un matador avezado.

Podría seguir enumerando las virtudes de la matación de finados, pero mi mujer me llama para la cena y, ¿qué quieren que les diga?: la debilidad de mi carácter me impide negarme a acudir.

(NOTA PARA ESCRITORES: Este artículo, como habrán podido apreciar los sagaces, es un modelo de lo que NO se debe hacer: empezar a escribir algo sin tener ni idea de cómo se va a acabar.)

colocadas en colas interminables ante su mesa en el «foyer» de un hotel de muchas estrellas, y que le miran con arrobo y…?

¿Quién no ha soñado en comprarse una isla? ¿O dos? ¿O mejor: un archipiélago entero?

Ambos sueños son igual de inalcanzables.

Sí, queridísimos amigos lectores y compañeros de pluma (en el buen sentido), hemos de aceptar la triste realidad: hay que escribir por puro placer, porque las pelas no las vamos a ver más que en nuestros sueños y fantasías.

En España, por ejemplo, de la literatura puede que vivan tres o cuatro individuos, a lo sumo. Y hay que preguntarse ¿queremos ser como ellos?

¿Quiero yo ser un Arturo Pérez-Reverte y pasarme los días «fusilando» las novelas de aventuras del injustamente olvidado folletinista Manuel Fernández y González para hacerlas pasar como mías?

¿Quiero ser yo una Lucía Etxeberría y pasarme los días pintándome las uñas de negro?

¿Quiero ser yo un Antonio Gala y pasarme los días…? Bueno, yo no sé qué es exactamente en lo que ocupa sus horas Gala, pero aun sin saberlo en detalle estoy seguro de que no quiero hacerlo.

Luego están muchos otros autores que publican y venden, pero hay que desengañarse: sus derechos no les dan ni en broma para vivir, aunque ellos postulen lo contrario. Las facturas las pagan con ingresos procedentes de conferencias, ponencias en cursos de verano y apariciones en discotecas de moda, ésa es la verdad.

No hay que deprimirse si no se triunfa. Las editoriales reciben todos los días cientos de manuscritos, desde los deleznables hasta los absolutamente geniales que (salvo error, omisión o recomendación) pasan igualmente desapercibidos. En el mejor de los casos, un becario analfabeto abre alguno y lo hojea, antes de descartarlo. En el peor, van directamente a reciclaje para una fábrica de kleenex con la que la editorial tiene un acuerdo.

Yo, cuando me deprimo, leo las «Memorias» de Isaac Asimov. El hombre, finalmente autor de más de cuatrocientos libros de ficción y divulgación científica, dedica casi las seiscientas páginas de su por otra parte interesante obra a describir en detalle las innumerables veces que las editoriales rechazaron sistemáticamente sus manuscritos. El número de rechazos superaba con mucho al de aceptaciones.

Hoy en día sólo vende bien la gastronomía y la autoayuda. Pero siempre ha sido así. Nuestros egregios predecesores literarios estuvieron siempre a la cuarta pregunta. Cervantes fue a la cárcel por deudas. Lope le hacía la pelota al duque de Sessa para sacarle los cuartos y mantener a su prole. Balzac huía de los acreedores por la ventana. ¿Por qué razón vamos nosotros a ser mejores que ellos?

Queridos compañeros de afanes literarios, desde aquí os exhorto: ¡Olvidémonos de groseras y burdas consideraciones materiales y dignifiquemos el oficio de escritor! ¡Desdeñemos a las engreídas editoriales que nos ignoran y dediquémonos a conseguir la excelsitud artística sin esperar más que la admiración de nuestros contemporáneos y de las generaciones futuras! ¡Seamos los Dantes y Petrarcas de nuestro siglo!

(Si les ha gustado mi escrito y quieren contribuir generosamente con un euro o dos a mis gastos de café y electricidad, mi número de cuenta es 0012 0056 78 7051254721. Gracias.)

con un «look» un tanto «retro»
y olor bastante perruno
que campan por sus respetos
en un mundo del futuro,
que luego resulta Londres
(un Londres la mar de sucio
que, aunque es de ciencia-ficción,
no es como en el «2001»
en que todo era tan blanco
y limpio que daba gusto.)

La cosa empieza en que están
sentados en un tugurio
bebiendo leche con mercro-
mina, para darse impulso.
(Yo he probado ese mejunje,
pero a mí me supo a engrudo
y ni me puso contento
ni sentí estar hecho un mulo.)
Salen a buscar mendigos;
pronto se encuentran con uno
y le dan una somanta
que se escucha desde Lugo.
Luego entablan un combate
con otra banda de furcios;
se meten en una casa
vestidos de narigudos
para estar un rato haciendo
el cafre y el energúmeno,
porque es un hecho palmario
que no han leído a Confucio.
(Este trozo me lo salto,
porque es un trozo muy crudo
con violencia, violaciones,
sangre, guarradas, insultos
y esas cosas censuradas
que a los niños gustan mucho
pero que no está bonito
poner en un sitio público.)

Como son malos, malísimos
el Alex y sus mendrugos
al final los trincan, pues
en el cine algo es seguro:
el criminal nunca gana.
Aunque de todos el único
acusado es Alex, quien
pasa un tiempo de recluso.

Pero luego los científicos
tienen un proyecto estúpido
que impide mediante química
cualquier clase de exabrupto.
El sistema es ingenioso:
le hacen ver mil filmes pútridos
para hacer que le den náuseas
los golpes y los desnudos,
con lo que el Alex se queda
con un ánimo pachucho,
más triste que un socio atlético,
más inocuo que un eunuco.

Le sueltan, vuelve a su casa
y queda patidifuso
al notar que su familia
le trata como a un felpudo.
Sale a la calle, se encuentra
en un puente con un grupo
de mendigos que le endiñan
cien trompazos por minuto.
Luego le cogen dos «polis»,
que eran dos amigos suyos
de su banda que, enfadados,
casi le parten el húmero.

Pide ayuda en una casa
que, por azar, es de uno
al que sacudió en su día.
Y el dueño, bastante cuco,
finge que no le conoce,
disimulando su júbilo.
Le da un plato de spagettis
con un copazo de orujo
(lo justo para inducirle
a un sueño o sopor profundo)
y Alex queda al mismo tiempo
adormecido y recluso.
El tipo quiere venganza
y ver a Alex difunto.
Decide acabar con él
por procedimiento músico
haciendo que oiga a Beethoven
hasta que Alex queda mustio
y salta por un balcón
que está más alto que Cuzco,
dándose un trastazo inmenso
e ingresando en un quirúrgico.

Al cabo de algo de tiempo
(fue en septiembre y ahora es julio)
Alex consigue dejar
de comer por un embudo
y comienza a mejorar
y a quitarse algunos puntos.
Un ministro oportunista,
parecido a Victor Hugo,
se hace una foto abrazado
a Alex, cual si fuera un pulpo,
y le promete un empleo
como vendedor de churros,
pues Alex no sabe hacer
ni la «o» con un canuto.

El final de la película
—ya lo maliciaba alguno—
muestra a Alex contemplando
de una enfermera los glúteos
porque el efecto del fármaco
dura, sí, pero no mucho.

Ahora me he dado cuenta de que yo antes era un majadero de tomo y lomo y pensaba muchas tonterías, porque fíjense ustedes la cantidad de gente que se quedaría sin trabajo si tuviéramos un mundo así:

Los que mantienen las fronteras:

• ministros de asuntos exteriores

• querindongas de los ministros de asuntos exteriores

• empleados de los ministerios de asuntos exteriores

• pilotos de Iberia que llevan a los ministros a países para pedir que no dejen que vengan más inmigrantes

• oficiales de aduanas

• policías

• personal de los sistemas de espionaje

• fabricantes de alambre de espinos

• fabricantes de armas

• intermediarios de los fabricantes de armas

• ejércitos

• reconstructores de países devastados por la guerra

• secuestradores de reconstructores de países devastados por la guerra

• periodistas que viven de contarnos las guerras

• fabricantes de banderas

• fabricantes de uniformes militares

• terroristas independentistas

• jueces y abogados dedicados a dar fianza a los terroristas

• proveedores de champán a los terroristas encarcelados

• proveedores de langosta a los terroristas encarcelados

• catedráticos de historia

• ayudantes pringados que dan las clases del catedrático de historia

• selecciones nacionales de todo tipo de deportes

• entrenadores de selecciones

• columnistas deportivos que cuentan por qué no dimiten los selccionadores

• masajistas de las susodichas selecciones

• etc.

Los que transgreden las fronteras:

• contrabandistas

• traficantes de todo tipo de cosas

• falsificadores de pasaportes (éstos son menos).

En fin: que si implantásemos el idílico y utópico estado mundial dejaríamos sin trabajo a mucha gente.

Así es que, en bien de la economía, mejor será que se quede todo como estaba.

como en Nueva York, porque los nombres que tenemos son en su mayoría inadecuados.

Incluyo unos ejemplos de Madrid, que es lo que conozco, donde se podrían poner muchas pegas a cómo se denominan muchas rúas.

Tenemos la glorieta de Atocha, que en realidad se llama de Carlos V. ¿Por qué ha de tener ese señor una plaza? Carlos V fue un malvado asesino absolutista y represor que acabó con Bravo, Padilla y Maldonado, los valientes jefes comuneros que defendieron alguna cosa que ya no recuerdo muy bien.

Luego está el paseo del Prado, mal nombrado, porque sólo hay coches. Este paseo se continúa en Recoletos. Pero ¿dónde están los recoletos? Es más: ¿qué demonios es un recoleto?

Siguiendo por la Castellana llegamos a la plaza de Colón, otro inmerecedor. Porque Colón cometió muchos abusos y ahorcó a bastantes indígenas cuando fue Gobernador de Indias. Le tuvieron que traer aherrojado a España. Luego ¡fuera Colón del urbanismo madrileño!

Llegamos a la plaza de Emilio Castelar. ¿Y si uno es monárquico, por qué tiene que aguantar que se ensalce a este señor? (Y si uno es republicano, tampoco tiene por que aguantar que en su ciudad haya una calle de la Princesa, si a eso vamos.)

Luego hay bastante discriminación ilógica. Por ejemplo: hay muchas calles con nombre de islas (Isla de Ons, Islas Filipinas, etc.), pero ninguna con nombre de monte. ¡Qué bonito sería poder decir: «Yo vivo en Moncayo, 3.»; o decirle al taxista: «Vamos a Popocatepetl, 42.»; o que las noticias anunciaran: «Se ha producido un incendio en una vivienda sita en K2, en la céntrica barriada de los ochomiles.»

También tenemos un barrio con nombres de zarzuelas («Bohemios», «La del soto del parral», «La revoltosa»), pero no con nombres de comedias ni tampoco de películas. Algunas direcciones divertidas podrían ser «Los extremeños se tocan», 12 bajo; «Un tranvía llamado deseo», 42; o «El ladrón de bicicletas» esquina a «Godzilla contra los monstruos».

Existen calles con nombres de ríos, pero no de puentes, y eso que tenemos puentes para aburrir: el puente de Rialto, el puente de los suspiros, el puente del Pilar, el puente de Aranda (por donde se tiró, se tiró, se tiró el tío Juanillo, pero no se mató).

De lo que más tenemos es nomenclatura militar, especialmente generales. Sólo en el casco urbano de Madrid tienen calle los cincuenta y tres siguientes generales siguientes, por orden alfabético: Álvarez de Castro, Ampudia, Aranaz, Aranda, Arrando, Asensio Cabanillas, Cabrera, Cadena Campos, Castaños, Dávila, Díaz Porlier, Fanjul, Gallegos, García de la Herranz, García Escames, Hierro Martínez, Ibáñez de Ibero, Kirkpatrick, Lacy, López Rosas, Lorenzo, Manso, Margallo, Maroto, Martín Cerezo, Martínez Campos, Marvá, Millán Astray, Mitre, Mola, Moscardó, Oráa, Orgaz, Palanca, Pardiñas, Perón, Pintos, Prim, Ramírez de Madrid, Ricardos, Rodrigo, Romero Basart, Sagardía Ramos, Saliquet, San Martín, Serrano Orive, Urrutia, Van-Halen, Vara del Rey, Varela, Velarde, Yagüe y Zabala. (También hay calles de coroneles, etc., pero no quiero cansar.)

Éstos son los que han quedado, porque antes había más.

Y digo yo: si estos señores tienen calle por sus habilidades estratégicas, ¿a qué esperan a hacer la calle de Hitler, quien —como prueban sus rápidas conquistas— también manejaba los ejércitos con la suficiente soltura?

He buscado, para compensar, calles con el nombre del algún premio Nobel de la paz, como Rigoberta Menchu, Nelson Mandela, Mikhail Gorbachev, Martin Luther King o Lech Walesa, pero éstos no tienen calle.

Gandhi sí tiene, pero la hicieron con malos materiales y ahora está pendiente de que la vuelvan a asfaltar.

lengua sirve realmente para algo a la hora de comunicarse.

Mientras se resuelve este dilema de si deberíamos prescindir completamente o no de un instrumento tan poco preciso, no queda otra que ir explicando todos estos idiotismos e idiomatimos, inventados por alguien a quien preferimos no calificar.

Empecemos por alguna de las más frecuentes, dando su verdadero significado y origen.

Echar pelillos a la mar = Aburrirse

En largas travesías, los marineros que no sabían hacer crucigramas se aburrían mucho. Para matar el tiempo, se distraían arrancándose pelillos de las piernas y echándolos al agua, lo que dio origen a esta expresión.

Tocarle a uno la china = Tener suerte

Es sabido que, cuando vas con algunos amigos a un club de carretera, hay que sortearse a las chicas. Pues bien: al que le toca la china es más afortunado, pues estas orientales saben de algunos trucos deliciosos, ignorados por sus homólogas colombianas o rumanas. Por eso se identifica este hecho con la suerte.

Poner la mano en el fuego = Ser cretino

Cuando alguien nos dice «Yo pongo la mano en el fuego», ya saben ustedes lo que podemos esperar de esa persona. A todos nos han dicho siempre nuestros padres que no pongamos la mano en el fuego, porque nos quemaremos. Aun así, algunos, pese a la advertencia, lo hacen y se queman. Por ello este acto se parangona con actitudes estúpidas.

Ser un mirlo blanco = Empeñarse en algo

El macho del mirlo es un pájaro negro y la hembra es más clara, de un color pardo. Cuando alguien se empeña en ser tan claro que llega a ser blanco (es decir: mucho más claro que la hembra), es que se empeña mucho y el significado es obvio.

Liar (a) los bártulos = Aprovecharse de alguien

Los bártulos eran los cinco hijos de Cayo Lucinio Bártulo, un patricio que estuvo en un tris de ser procónsul de la Galia y de Britania en tiempos de Tiberio. Eran cinco chicos alborotadores pero de buen corazón, que en su época se apuntaban a una lluvia de proyectiles de catapulta. Con un poco de insistencia podías liarles para que te ayudaran a pintar la villa o cualquier otra faena.

Atar cabos = Especializarse

Durante las guerras carlistas, a los prisioneros se les separaba por rangos. Algunos militares ataban y encadenaban a los oficiales de mayor graduación; otros atacan cabos; otros, soldados rasos. De ahí el término pasa a significar «ejercer una especialización».

Hacerse el sueco = Irse al paro

La expresión se basa en que en Suecia la jornada laboral es cortísima. El buen humor hispano dice que alguien se hace el sueco cuando no trabaja.

Llegar y besar el santo = Ser un obseso sexual

Se refiere a la gente que, vaya a donde vaya, sólo piensa en satisfacer las necesidades de la carne y no respeta ni a los mismísimos santos con los que eventualmente se encuentra.

Hacer buenas migas = Ganar dinero

Es bien sabido el auge que esta cogiendo el turismo gastronómico en nuestro país. En Internet se anuncian miles de restaurantes especializados en comidas étnicas o autóctonas o como se llamen. Pero todas son porquerías. Por ello, el cocinero que en su establecimiento hace verdaderamente buenas migas, se forra en muy poco tiempo.

Ser la monda = Estar buenorra

El término se debe a una actriz italiana, Giuseppinna Monda, chica de muy buen ver y famosa por haber intervenido en las primeras películas «porno» producidas en su país, así como por un jueguecito especial que hacía con varios instrumentos que prefiero no mencionar en aras del buen gusto.

(Espero que los lectores aprendan algo con todo esto, porque, de otra manera, sería un desperdicio de trabajo.)

Hoy les cuento «2001,
una odisea del espacio».

¿Qué la han visto? Me da igual.
Porque seguro que hay varios
que no lo han hecho y prefieren
—en vez de este filme clásico—
ver «Matrix» o «Terminator»
o incluso alguno más malo.

Antes de empezar, quisiera
dejar dicho de antemano
que yo admiro más a Kubrick
que, por ejemplo, a San Pablo;
y que me parece un genio
de lo cinematográfico;
y los críticos que dicen
que está sobrevalorado
no saben nada de cine
y deben dejar sus cargos
y hacer las oposiciones
para Hacienda o el Catastro.

La cosa empieza al principio
con un tinte darwiniano
y unos monos muy astutos
aprendiendo a dar un palo
al vecino con un hueso,
que se convierte muy rápido
en estación espacial
sita, ¡claro!, en el espacio
y que está llena de armas
como bien imaginamos.

¿A qué reflexión incita
este milenario salto?
Está claro: que en milenios
de evolución y gazpacho
el hombre sólo ha aprendido
a zurrar a todo pasto
y a armarse para chafar
al que esté en el otro bando.
El resto es algo superfluo
y no hace falta contarlo.

Segunda genialidad
que en esta «peli» encontramos:
hay en la luna una cosa
desde hace un porrón de años
y no la han hecho los hombres:
es algo interplanetario.

¿Conque resulta que el hombre
no está solo en el espacio?
¿Conque hay otra gente ahí fuera?
¿Conque son mucho más sabios?
Así, el antropocentrismo
queda al momento hecho cachos.
Nuestra ciencia está en pañales.
Y aún hay otro corolario:
que todas las religiones,
las fes y los credos varios
que dicen que el hombre es
el centro de lo creado
hacen, de una vez por todas,
un ridículo sonado.

En la siguiente secuencia
una nave va a algún lado
y sus vagos tripulantes
pasan los años roncando.
Hete aquí que se despiertan
por un método automático
y al computador de a bordo
(que siempre les ha hecho caso)
se le ocurre amotinarse
por ver a qué sabe el mando.
Y como es mucho más listo
que todos los astronautos
hace un rato lo que quiere
hasta que es desenchufado.

¿Qué nos enseña a nosotros
en esencia este pedazo
de film? Pues que todos quieren
ser los amos del cotarro
y que, por más que pensemos
que estamos civilizados,
hombre, máquina o tomate,
—seamos lo que seamos—
todos queremos mandar;
y el medio en que lo logramos
es usar contra el vecino
todos nuestros megavatios.
Por la fuerza nos ungimos,
por la fuerza destronamos;
si el que manda no nos gusta
le hacemos trizas el cráneo.
Así era en la prehistoria
y mucho no hemos cambiado.

Ya llegamos al final,
que es un trozo complicado
de argumento psicodélico
al estilo de Andy Warhol.
La nave se acerca a Júpiter
y allí pasa algo muy raro.
El astronauta ve cosas
que le dejan mareado:
ve a un niño estelar; también
se ve a sí mismo, de anciano;
ve un salón casi sin muebles,
todo pintado de blanco.
En fin, ¿para qué cansar?,
parece que se ha tomado
algo de ácido lisérgico
y que el hombre está flipando.

¿Y cómo se explica esto?
(Ahí es donde me han pillado,
porque es que ni yo lo entiendo.
Mas como hay que decir algo
me inventaré un simbolismo
para así salir del paso.)

Pues el sentido, señores,
yo diría que está muy claro:
y es que hay cosas en el mundo
que, por más que las pensamos,
no podemos entenderlas;
es el misterio primario,
el enigma primigenio,
lo oculto, el ignoto arcano
de la esencia de este cosmos,
lo inefable, el negro manto
que cubre los mil niveles
de realidad de los actos
del universo, es el tiempo
que trasciende nuestros años,
el efluvio de lo etéreo,
el sentido de lo vago,
el numen de lo invisible,
el Ka y la sota de bastos.

quieren, ya que una simple frase de las recomendadas por ella nos cura radicalmente de cualquier cosa.

Voy a dar la referencia bibliográfica, porque, si no, corro el riesgo de que no me crean y piensen que un libro tan solucionador es demasiado bonito para existir en realidad y que todo me lo he inventado yo: «You Can Heal Your Life» (trad. Marta I. Guastavino), Ediciones Urano, Barcelona, 1992.

He aquí una selección de los problemas físicos que plantea y la causa que, según ella, los origina:

* Si no te aceptas como eres, te sale acné.

* La sensación de no ser amado causa artritis.

* La bronquitis es producto de las dificultades en el medio familiar.

* Aferrarse al pasado favorece la celulitis.

* El miedo a quedarse sin dinero produce problemas en la parte baja de la espalda.

* La miopía se debe al miedo a lo que nos pueda deparar el futuro.

* El sentimiento de culpa ocasiona neuralgias.

* El remordimiento produce picor en el ano.

Podría seguir, pero seguro que ya se han hecho una idea.

Todos estos males se pueden evitar. Es muy simple. Para mantener estupenda nuestra salud física y mental basta dedicar algunos minutos del día a mantenimiento de dietas, combinación de alimentos, macrobiótica, consumo de hierbas naturales, ingestión de vitaminas, remedios florales de Bach, homeopatía, yoga, trampolín, ciclismo, marcha, danza, tai-chi, artes marciales, natación, acupuntura, acupresión, digitopuntura, terapia del colon, reflejoterapia, radiónica, cromoterapia, aromaterapia, masaje, trabajo corporal, Alexander, bioenergética, salud por el tacto, Feldenkreis, trabajo tisular profundo, rolfing, integración de las posturas, terapia de polaridad, Trager, Reiki, desensibilización sistemática, respiración profunda, biorrealimentación, sauna, hidroterapia y tabla inclinada, y así nuestro cuerpo irá como una seda.

Si disponemos de algún minuto más también podemos dedicarnos a curar nuestra mente mediante afirmaciones, visualizaciones, fantasías guiadas, meditación, amar al Sí mismo, Gestalt, hipnosis, NLP, concentración, T.A., renacimiento, trabajo onírico, psicodrama, regresión a vidas pasadas, psicoterapias humanistas, astrología y arteterapia.

Sí, pese a todo lo anterior, se siguen teniendo problemas, nos podemos curar con unas pocas palabras. ¡Es facilísimo!

Esto es lo más bonito: el procedimiento de curación. Consiste en repetir frecuentemente el «modelo mental» que no es sino una frase positiva que contrarresta estos males.

Por ejemplo: si tienes amigdalitis, te la curas diciendo: «Mi bien fluye libremente. A través de mí se expresan las ideas divinas. Estoy en paz.»

Doy una lista de los modelos mentales más útiles, con la enfermedad que curan:

ARTERIOESCLEROSIS: «Me abro completamente a la vida y al júbilo, y opto por ver con el amor.»

HEMORRAGIA ANORRECTAL: «Confío en el proceso de la vida. En mi vida no hay más que acciones correctas y buenas.»

CALVICIE: «Estoy a salvo. Me amo y me apruebo.»

CIÁTICA: «Me adentro en mi propio bien. Mi bien está en todas partes; estoy seguro y a salvo.»

CONJUNTIVITIS: «Veo con los ojos del amor. Hay una solución armoniosa y yo la acepto.»

ATAQUE AL CORAZÓN: «Devuelvo el júbilo al centro de mi corazón. A todos expreso mi amor.»

ENFISEMA: «Tengo derecho a vivir plena y libremente. Amo la vida y me amo.»

GANGRENA: «Escojo pensamientos armoniosos y dejo que el júbilo fluya a través de mí.»

TUMORES: «Con amor me libero del pasado y atiendo a lo nuevo.»

PROBLEMAS DE LA PRÓSTATA: «Me amo, me apruebo y acepto mi propio poder.»

TROMBOSIS CORONARIA: «Soy uno con la vida. El universo me apoya totalmente y todo está bien.»

¡Y que haya quien dude de estos maravillosos libros de autoayuda!

Para finalizar hago mías las palabras de Dave Braun en el prólogo: «Si me encontrara de pronto en una isla desierta donde no pudiera tener conmigo más que un sólo libro, escogería sin dudar el de Louis L. Hay.»

donde viven las estrellas,
que se encuentra en California,
según se entra, a la derecha.

Tiene un tema metafísico:
la angustia que te penetra
cuando te enfrentas a un cambio
con más miedo que vergüenza.
Trata de cuando el sonoro
desplazó a aquella caterva
de actores exagerados,
acompañados de letras
escritas en la pantalla
para que algo se entendiera.

Nos hallamos ante un clásico,
pues la «peli» está bien hecha.
El film tiene buena música,
Cyd Charise, buenas piernas
y el número «Make Them Laugh»
lo suyo es que te divierta.
Y, por si esto fuera poco,
de seguro que recuerdan
el baile del Gene Kelly
en la mojada secuencia
de aquel «Singin’ in the rain»
que rodó —según se cuenta—
con treinta y nueve de fiebre,
con faringitis, diarrea,
tos, mocos, calambres, vómitos,
asma, dolor de cabeza
y un buen número de otras
varias diversas dolencias
asociadas a la gripe
y a la fiebre tifoidea.
(Eso sí que es un actor
y no el Eduardo Noriega.)

Pero si hay una virtud
que recordarles quisiera
(y que en «Cantando…» aparece
de forma clara y señera)
es que la industria de Hollywood
tiene sus cosas bien puestas
y se atreve a hacerse sátira;
es capaz, de mil maneras,
de reírse de sí misma
y de atacarse con fuerza
(como ejemplos evidentes
de que esto es cosa muy cierta
está «Sunset Boulevard»,
está «Ha nacido una estrella»,
«Buenos días, Babilonia»,
«El guateque»,… así pudiera
seguir citando un buen rato).

En cambio aquí, en suelo patrio,
nuestra gracia sandunguera
no nos deja ser ecuánimes
y por eso España entera
dice que el cine español
es el mejor del planeta
y que sólo los estúpidos
gustan de americanezas;
y que si todos tuviéramos
algo gris en la sesera
no se nos escaparía
ni el Óscar a la claqueta.

Permítanme disentir.
Pues aunque hay obras muy buenas
aquí —como en todas partes—
también hay cosas infectas.
Sólo hay que observar las series
que algún interés encierran:
«Mujeres desesperadas»,
«House», «C.S.I.» o hasta «Urgencias»,
que a nuestras series hispanas
les dan veinticinco vueltas.

Otra reflexión haré,
—ya puesto— como defensa
de la ficción de los U.S.A.:
hemos nacido con ella
nos guste o no, nos hallamos
acostumbrados a verla.
No es algo ajeno a la hispano.
A ver, ¿cuántos films recuerdan
sobre el Cide Campeador
en la toma de Valencia?
Pues uno: el de Anthony Mann,
hecho en los años sesenta.
¿Y cuántos films de vaqueros?
Varios cientos de docenas.
Hemos crecido entre indios
pieles rojas, escopetas,
caravanas, ponderosas,
duelos, comanches y flechas.
Ésa es nuestra tradición
y como tal hay que verla.

Lo voy a dejar aquí
para permitir que puedan
los lectores opinar
sobre la cosa propuesta.
Tráiganme para mañana
la redacción «Diferencias
del cine español y el otro»
(ya me entienden: el de América).
Escríbanme cien palabras
o, mejor, ciento cincuenta.
No olviden poner acentos
cuando la voz lo requiera.
No lo copien de Internet
porque luego me doy cuenta
y, al que le pille, le pongo
un cero como una artesa.

—Buenos días, señores. Vamos a comenzar. ¿Funcionan los micrófonos?

—Sí, Mr. Harvey.

—Señor Disney, ¿se encuentra cómodo? ¿Necesita algo?

—Todo está bien, gracias.

—Procederemos, entonces. El motivo de la reunión de este comité senatorial es efectuar una revisión…

—¿Puede usted hablar más alto? El servicio de taquigrafía tiene dificultades.

—Desde luego. Continúo. Hemos de efectuar una revisión sobre algunos aspectos planteados en su película, señor Disney. El primero de ellos me ha sido indicado por el Comité Americano contra la Inmoralidad Pública. ¿Qué tiene usted que decir del hecho de que en su película «Dumbo», de 1941, el personaje protagonista es hijo de un elefante sin pareja?

—¿Perdón?

—¿Niega usted el hecho, palmario en su obra, de que la elefanta que recibe a Dumbo del pico de la cigüeña, es una elefanta soltera?

—Así es, en efecto. No lo niego.

—Estamos pues, Mr. Disney, ante un caso claro de inmoralidad civil. Tener hijos fuera del matrimonio, aunque no es un delito, mina los fundamentos morales de nuestra sociedad. La película va dirigida particularmente a los niños, ¿no es así?

—Lo es. Pero no veo cómo puede ser esto elemento de enjuiciamiento por el Comité de Actividades Antiamericanas…

—No compartimos su opinión. Además, hay otros puntos conflictivos en su film sobre los que desearíamos su opinión.

—Adelante, Mr. Harvey.

—Queremos indicar que el personaje protagonista infringe repetidas veces la ley en el transcurso de la película. Eso es nocivo. Fomenta en el espectador la rebeldía y la conducta antisocial. En suma, está usted formando a malos ciudadanos.

—¿Qué transgrede leyes?

—En repetidas ocasiones, Mr. Disney. Lo tengo aquí apuntado. Cuando su madre se encuentra encerrada en el carromato, por su conducta violenta, Dumbo se acerca a verla entre los barrotes…

—Es una de las secuencias más tiernas de la película, Mr. Harvey. Muchos críticos coinciden en ello.

—Señor Disney: hay un cartel que indica claramente «Elefanta loca. Prohibido acercarse.» Dumbo no respeta esa prohibición.

—¡Es un bebé, que quiere ver a su madre que está encerrada!

—Es igual. Eso no justifica que no respete la ley. Luego, en otra secuencia, Dumbo se emborracha.

—Es por accidente: se baña en una tina en la que ha caído una botella de champán.

—El caso es que disfruta, señor Disney. ¿Se da usted cuenta del ejemplo que esto supone para nuestra juventud? La Liga de Mujeres Abstemias de Illinois ha mandado su protesta a este comité.

—Bueno, ¿qué más?

—Una bandada de cuervos, evidentemente individuos de color, ayuda a Dumbo, dándole una pluma mágica que le permite volar. Estos personajes aparecen como mucho más simpáticos y amables que, por ejemplo, los payasos blancos del circo. Esto puede entenderse como un trato de favor a la comunidad de color del país. Este comité vería con tristeza que, debido a este tratamiento racial, alguna asociación de defensa de los blancos atentara contra su vida, señor Disney. Seríamos incapaces de protegerle.

—¿Quiere decirme que el Ku Klux Klan está enfadado conmigo porque pinto a los cuervos de negro? ¿De qué color quieren que pinte a los cuervos?

—Eso no nos compete a nosotros decirlo, señor Disney. Es obvio, además, que tales cuervos son individuos marginados en la sociedad que usted presenta. Luego su exaltación transmite mensajes que pueden hacerle a usted sospechoso de simpatías con el comunismo. ¿Qué me dice a eso, señor Disney?

—Tal como enfocan ustedes el asunto, creo que es mejor que no diga absolutamente nada.

—Es una actitud muy acertada. Aunque esto no es un tribunal, cualquier cosa que dijera hoy podría ser empleada más tarde contra usted.

No es que esto lo compense, realmente. Pensando en los miles y miles de víctimas de aquella acción, el que se metiera a fraile capuchino a mí personalmente no me reporta ningún consuelo; pero a otros, sí. Así es el mundo.

Hay que deshacer estos rumores históricos sin fundamento. Porque ahora resulta que no es cierto. ¡Después de investigar lo mío, descubro que ni siquiera se metió a fraile ni a nada, el muy gamberro!

O sea: que no hay que hacer ningún caso a los libros de historia.

Resulta que el pavo aquel, finalizada la contienda, volvió a su antiguo empleo. Era jefe de personal de una fábrica de Nueva Jersey especializada en bollería industrial. (Apuesto a que en esa actividad suya también fue responsable de bastantes muertes, a juzgar por los ingredientes que usan.)

Vivió un montón de años, rodeado de su esposa, sus tres hijos y su madre. (También tenía un canario, pero se le murió enseguida.) Y vivió feliz.

Luego dicen Sócrates, Platón, Leibniz y otros majaderos por el estilo que el hombre tiende naturalmente al bien, que aspira a lo mejor y que el mundo lo construyó un Relojero que sabía lo que se hacía.

El tal Lewis no sólo no renegó de su participación en la escabechina de marras, sino que escribió varios artículos periodísticos (en realidad se los escribió su cuñado: él no sabía escribir, pero le contó los detalles) con los que ganó una pasta gansa.

También le hicieron muchas entrevistas, como héroe de guerra que era (con lo que ganó otra pasta gansa asimismo).

¿Y qué decir de las innumerables pastas gansas que ganó dando conferencias por todo el territorio de la Unión? Porque por su oficina no iba mucho, que digamos: estaba siempre de viaje en una u otra universidad contando cómo había accionado la palanca, mientras sus oyentes mantenían las bocas abiertas y escuchaban con estupor y admiración hacia su ídolo.

A fuerza de contar la historia una y otra vez, la fue decorando con detalles cada vez más bonitos y eutrapélicos. Cuando le preguntaban qué sintió en el momento de lanzar el artefacto, contestaba algo por este estilo:

—Sentí que estaba defendiendo la democracia y la civilización, los valores que nos inculcaron Jefferson y éste… ¿cómo se llamaba?, bueno: los Padres de la Patria. Estaba protegiendo nuestra forma de vida: el pastel de manzana, la música «country» , la libertad para todos, la tierra de las oportunidades, las barras y estrellas, el gran cañón del Colorado y a Frank Sinatra. Si tuviera que volverlo a hacer, lo haría sin dudar: hay un verdadero americano en mí.

Indefectiblemente, el público se ponía en pie al escuchar estas frases y le ovacionaba lo menos durante seis minutos largos.