La Kodorniz humor gráfico

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* Tristeza.

* Tristeza por la ausencia de la amada.

* Tristeza por la ausencia de la amada desde hace varias semanas.

* Tristeza por la ausencia de la amada desde hace varias semanas porque nos ha abandonado para siempre.

* Tristeza por la ausencia de la amada desde hace varias semanas porque nos ha abandonado para siempre para largarse con un amigo nuestro.

* Tristeza por la ausencia de la amada desde hace varias semanas porque nos ha abandonado para siempre para largarse con un amigo nuestro alto y rubio.

* Tristeza por la ausencia de la amada desde hace varias semanas porque nos ha abandonado para siempre para largarse con un amigo nuestro alto y rubio y que nos debe dinero.

Todos esos matices existen en sánscrito.

¡Eso es un idioma y lo demás son gaitas!

En vista de lo cual, y para evitar que el castellano siga haciendo un ridículo mayúsculo en la familia de las lenguas indo-europeas, voy a ir creando unos cuantos neologismos para paliar esa pobreza congénita de nuestro idioma.

Se me han ocurrido los siguientes. A ver qué les parecen a ustedes:

ELVISOLOGÍA. Una ciencia que sigue siendo muy popular.

ICTIOLECTO. Porque se ha constatado que los peces hablan.

HERVÍFOBO. Todos los niños odian las verduras y esto debe tener su vocablo.

TALASONAUTA. Más bonito que «marinero», ¿no?

GALIANO. Dícese de los seguidores y admiradores de Antonio Gala. ¡Ya son ganas, pero hay gente para todo!

BOSNIA-HERTZEGOVINESCO. Un gentilicio que estaba ya haciendo mucha falta.

MUCÓFAGO. Cuando estamos solos. (¡Qué gorrinada!)

ANTROPOFILIA. Bonito término para la gayez erudita.

OVALGIA. Palabra útil para cuando nos dan un pelotazo jugando al fútbol.

GINEOCRACIA. El gobierno de las mujeres, como en «Lisístratra» , de Aristófanes, pero total.

ESTULTÓMETRO. Para medir a nuestros semejantes y saber a qué atenernos.

MELOPATÍA. ¡El «heavy metal»!

AUTOONFALOVISIÓN. «Mirarse el ombligo», en culto.

NECRÓGRAFO. Para los fotógrafos del C.S.I.

ESFINTEROMANCIA. (Renunciamos a describir cómo funciona este arte adivinatorio.)

TUBERCULOADIPÓFAGO. Para designar a los alemanes, por ejemplo.

GEÓFILO. Los de «Greenpeace».

CUATRICICLETA. Para que no se caigan los niños que aprenden a montar.

ESTULTOCRACIA. ¿Para qué poner ejemplos, verdad?

NICTATHLÓN. Palabra que define el salir de marcha por la noche y andar mucho.

CONTRACTOCULOFÍLICO. Que le gusta guiñar el ojo.

MULTICIDA. Un asesino al que le cunde.

NULIVALENTE. Esas personas que no sirven para nada.

ANALEFATO. Todos aquellos que no saben escribir en árabe.

MARICULTOR. No piensen nada feo. Se trata de una persona dedicada a la crianza de animales marinos con fines comerciales.

ORTHOTERMOOVOLOGÍA. Vocablo utilísimo que designa al arte de que te salgan bien los huevos fritos.

Seamos sinceros: las ventajas de la cárcel son mil. Aquí dentro no hay hambrientos, ni desarrapados. Nadie pide limosna. Todos tenemos papeles. No hay huelgas. No nos afecta el precio del dinero ni el Euribor, sea eso lo que sea.

Claro que podría aumentar mi condena cargándome a algún compañero, ¡pero es que la gente de aquí dentro me cae tan simpática!

Mi plan, por tanto, consiste en delinquir para que me vuelvan a encerrar y poder seguir viviendo del contribuyente. Mataré dos pájaros de un tiro haciendo cosas que me diviertan. Las enumeraré:

—Colaboraré en «La kodorniz» y diré todas las tonterías que se me ocurran.

—Alquilaré un helicóptero y dejaré caer cientos de balones de fútbol en medio de una corrida de toros, a ver qué cara pone la gente.

—Iré a un «reality show» de la «tele» a quejarme de que mi madre no me deja ponerme minifaldas cortas.

—Tiraré piedras a los guardias municipales (que me caen muy gordos), procurando, eso sí, que sea un día de partido, de esos en que puedes tirar vallas y romper marquesinas impunemente.

—Me dedicaré a insultar groseramente a todos los próceres de la nación, prohombres, estadistas y gente de igual calaña con los epítetos más ofensivos que encuentre (me he provisto, para esta actividad, con un ejemplar del «Diccionario secreto» de Cela).

—Me burlaré de todas las religiones y me fotografiaré con todo tipo de cosas en la cabeza.

—Me iré a Tarifa o a Tenerife a dar puntapiés a todo el que tenga la piel un poco más oscura de lo habitual. (Los que hayan ido a la playa o a esquiar recientemente ya lo saben: no aparezcan por allí, no les vaya a confundir.)

—Le robaré el manuscrito a algún autor desconocido e intentaré publicarlo con mi nombre. Si me descubren, diré que se trató de un «error informático».

—Haré algo, cualquier cosa, y luego me manifestaré con contra de los que hagan lo mismo que yo hice.

(Lo que me asusta es pensar que, a lo mejor, todas esas cosas no sean delito y luego no me vayan a dejar entrar.)

Habida cuenta de que el individuo tiene un siglo de edad, década más década menos, la verdad es que se conserva estupendamente. No aparenta arriba de cincuenta.

Luego sabemos que su lozanía se debe a las inyecciones de un producto que Alemania había desarrollado para mejorar la raza humana (más que nada para dejar bien a Nietzsche y a su superhombre). Su intención era, una vez ganada la guerra, comercializarlo y que los hombres vivieran más. Pero como le zurraron, dijo que se guardaba el secreto para él solo y dos o tres amigos y que a los aliados y aliadófilos les podían freír un paraguas de allí en adelante (en realidad enunció esto con una expresión todavía más pintoresca, pues hablaba con soltura el castellano).

Por cierto, Hitler se había vuelto a casar y su mujer, un tanto gorda pero aún de buen ver, deambulaba por allí.

—¿Viene usted del «20 minutos» , no es así? —me espetó nada más verme—. La fama de su periódico ha traspasado el charco y, cuando recibí su amable carta, no supe negarme. Aquí me tiene. Soy todo suyo. Pregunte lo que quiera.

Y me instó a sentarme en una tumbona, a su lado. Además, me sirvió un granizado de limón.

—Bueno —balbucí—, no sé por dónde empezar… —Yo me hallaba cohibido en presencia del Führer. La persona más importante a la que había entrevistado hasta entonces había sido el bajito de «El Dúo Dinámico». Menos mal que tenía las preguntas apuntadas en tarjetitas (aunque se me cayeron al suelo e hice les preguntas sin mucho orden).

—¿Qué opina usted del resultado de la guerra? —inquirí.

—Hombre —dijo—, no le voy a engañar. Hubiera preferido ganarla yo, eso es claro. La pena es que las potencias democráticas se tomaron todo el trabajo para que en vez de quedarme yo con los países del este, se quedara con ellos Stalin. Parece una simplificación, pero es lo que hay.

—¿Cuál es su argumento para defender el régimen dictatorial?

—Es sencillo: se considera que, en religión, el paso del politeísmo al monoteísmo es un avance. No veo por qué en política no va a ser igual.

Como se ve, iba al grano.

—Yo, por mi gusto —añadió— querría vivir en un régimen de libertad perfecta, en una anarquía. Pero eso no es práctico. El hombre es un bicho tan asqueroso que no se le puede dejar suelto. De ahí la importancia de nosotros, los domadores.

—¿Se considera un domador?

—Efectivamente. En el circo de la historia existen los países-domadores y los países-bestias. Los unos dominamos a los otros. Siempre ha sido así.

—¿Y los países que no intervinimos directamente en el conflicto?

—Bueno, en circo también están los payasos.

—Dejemos la política —sugerí—. ¿Qué opina usted de la canción «country» que representó a Alemania en el último Festival de Eurovisión?

Hitler puso una cara rara.

—A mí me da un poco igual, como usted comprenderá —afirmó. Pero se veía que no era verdad—. Si quieren imitar a los EE.UU, ¡allá ellos! Yo lo que no acabo de entender es qué hace Israel en un festival europeo. Esos favoritismos son algo que me supera. Por cierto, ustedes también se cubrieron de gloria con las chicas esas de la salsa… ¿cómo se llamaban?

—¿Las Ketchup?

—Ésas. Realmente tienen ustedes ahí un problema. ¿Ven los defectos de la democracia? Eligen entre todos a sus representantes y, ¡claro!, el pueblo ignorante elige lo peor.

—Pero si a Las Ketchup no se las eligió democráticamente…

—¿Ah, no?

Creí mejor cambiar de tema.

—¿Qué opina usted de Bush?

—¡Vamos, hombre! —rió Hitler—. No me pregunte tonterías. Fíjese en la decadencia de los tiempos. En mi época todos eran grandes figuras políticas con las que se podía o no estar de acuerdo, pero grandes estadistas sin duda: Churchill, Franco, Mussolini, Stalin… Y hoy, no quiero decir nombres, pero… Usted me entiende.

—Una última pregunta, porque el tiempo ya apremia. ¿Podría usted darme su truco personal para preparar el pastel de liebre?

—No veo por qué no. Todo el secreto está en mezclar azúcar moreno en la salsa en que se macera la carne.

Nos despedimos de don Adolfo tras pedirle que nos dedicara una fotografía, cosa que hizo con mal disimulada satisfacción.

B

Si quieren, pueden consultar la monumental obra de P. Junghanns, «Metamorphosen und ihre Vorlagen», de 1932, pero les advierto que ahí no van a encontrar nada que tenga que ver con esto que les cuento. Sin embargo, si se empeñan en consultarla, no seré yo quien mueva un dedo para impedirlo.

El caso es que el reputado como nuestro mejor lírico romántico se anticipó en siglo y medio a Ana Rosa Quintana y plagió descaradamente. El despojado del fruto de su ingenio fue un autor latino del que ahora les contaré cosas.

Pero antes he de decir que no es que yo haya encontrado ningún manuscrito polvoriento, no. El lugar de donde Bécquer fusiló es un libro del que se hicieron en su época varias ediciones. Lo que pasa es que a los poetas latinos no los lee nadie nunca y, por eso, hasta ahora no se había descubierto el plagio.

Se trata de Cayus Marcus Hyginus (70 a. de C.-20 d. de C.), un liberto de Augusto, que le hizo bien la pelota en su obra «Res gestae divi Augustus». También escribió poesía amatoria, aunque de lo que realmente vivió fue de redactar necrológicas para los conocidos diarios de Roma «XXminuti», «Quid», «Via» y «Farolus».

En su libro «Exaltatio mulieribus pecti» , del año 17 (ya saben, cuando nevó tanto), Higinio incluye los versos siguientes. A ver qué les recuerdan a ustedes:

«Qui est poesis? Tu dicere clavantur
in mei pupilae tuae caeruleus pupilae.
Qui est poesis? Et tu mihi quaestionabit?
Poesis es ipsa.»

. . . . . . . . . .

«Quoniam tuus oculus viride cum oceanus sunt,
pueri, tu protestabit.
Nymphae oculi viride erant,
dea Minervae oculi viride erant quoque
et viride erant pupilae
vaticinator Mahomae pulchra et nuda mulieribus.»

. . . . . . . . . .

«Hodie terra et coelis mihi subrideo iactunt.
Hodie sol fondus anima mea arrivant.
Hodie bona et macizae puellae videant.
Hodie Iupiter existit.»

. . . . . . . . . .

«Pro unus intuitus unus mundus.
Pro unus levis risum unus caelum.
Pro unus gallus osculi… Ego ignorum
unus gallus osculi tu qui mereciuntur.»

. . . . . . . . . .

«Suspira ventus sunt et vento tendeo.
Lacrimae aqua sunt et mari vergit.
Loqueo, femina, quando amor olvidatus est
ubi cunnus itur?»

. . . . . . . . . .

¡No me digan que no es un caso claro de poca vergüenza!

Antes de abundar sobre él, diremos lo que no es, empleando el procedimiento dialéctico oriental consistente en dar una vuelta a la manzana (o siete) antes de entrar en el portal de tu casa.

No hay que confundir el «overbooking» con hacer lisa y llanamente el canelo. Pondré un ejemplo: cuando yo, que soy un despistado de marca mayor, voy a una gasolinera, aparco, entro, pago, salgo, arranco el coche y me voy sin echar la gasolina (cosa que he hecho un buen número de veces), ese proceso no puede ser definido como «overbooking» o «compra de lo inexistente».

Cuando inviertes el dinero en sellos (es un decir) con la aviesa intención de que los sellos (no se sabe cómo) trabajen para ti y te produzcan dinero, y luego ese dinero no existe, tampoco eso es comprar la nada, puesto que media un engaño.

Ya hemos visto lo que el «overbooking» no es.

Ahora diremos lo que es.

El «overbooking» es una guarrada.

La compra de la nada implica que te venden algo que no existe: una plaza de avión que no existe, una habitación de hotel que no existe. Existían en el pasado, eso sí; hasta que llegó otro que madrugó más que tú y se la quedó. Y, sin embargo y pese a no existir ya, te la venden igualmente.

Lo más bonito de todo esto es que es LEGAL.

El problema es que yo soy alemán y, para hacer honor al tópico, tengo la cabeza cuadrada. No me gustan las excepciones: amo la homogeneidad y la homologación. Si de mí dependiera, todas las naranjas tendrían el mismo tamaño, todos los hombres vestirían con la misma corbata y todos los platos se guisarían con la misma salsa. Así tendríamos un mundo palmariamente mejor.

Por eso, ante esta cuestión reacciono proponiendo dos soluciones:

O bien se extirpa de raíz tan asquerosa práctica legal o bien se extiende a los demás ámbitos de la sociedad, para que todas las profesiones —y no sólo el sector turístico— puedan beneficiarse de la compra-venta de la nada.

UN LECTOR.—Usted perdone, señor Gallud. Yo trabajo en una agencia de turismo y, con todo respeto, le quiero decir que está siendo muy intransigente en sus opiniones y que no me hacen ninguna gracia sus sarcasmos. El «overbooking» está permitido.

YO.—Muchos gobiernos en muchos sitios y épocas han permitido muchas cosas no necesariamente buenas. Ésa no es una razón válida.

UN LECTOR.—Ese procedimiento nos permite aprovechar mejor el sitio en hoteles, transportes, etc.

YO.—¿A costa de los que se quedan fuera al final? Piense usted que en un coche hay un número de pasajeros permitidos, según el modelo. Pero que, en realidad y bien apretujados, caben muchos más.

UN LECTOR.—La gente lo acepta.

YO.—Sí, y es lo que me sorprende. Eso es una prueba de que a la gente, en contra de lo que parezca, no le gusta manifestarse para protestar. Esas mismas personas, si pagan un kilo de cebollas, quieren que el tendero les dé las cebollas.

UN LECTOR.—Pero así nos aseguramos de que no se nos quedan plazas vacías.

YO.—Me habla usted de un riesgo comercial. Pero el que vende cebollas también se arriesga a que no le compren todas y le sobre mercancía. Es una norma del comercio que ustedes se saltan a la torera.

UN LECTOR.—No voy a seguir discutiendo con usted. Las cosas son así y así van a seguir.

YO.—Las cosas no son así por generación espontánea. Alguien sin escrúpulos las hace así. Y otros muchos álguienes las toleran sin quejarse. Así nos va.

UN LECTOR.—Bueno, como usted quiera. Yo me voy.

YO.—Pues ¡adiós muy buenas!

OCHO DÍAS MÁS TARDE…

UN LECTOR.—Señor Gallud, aquí estoy de nuevo. Vengo a disculparme.

YO.—¡Hombre! No hacía falta.

UN LECTOR.—Tenía usted razón.

YO.—¿Y puedo preguntar qué ha sucedido para que haya cambiado de opinión?

UN LECTOR.—Pues que el director de la agencia donde trabajo leyó su sugerencia de eliminar el «overbooking» o generalizarlo y ha decidido aplicarlo a otras esferas. Así que el otro día, cuando fui a cobrar mi nómina del mes, me dijeron que tenían un único sueldo para varios empleados y que otro más despabilado, que había llegado antes, ya lo había cobrado por mí.

necesitó toda la Edad Media para comentarlos y saber qué diablos decían.
Y les habrán enseñado en el colegio que era un genio, y el amo, y el que más sabía de física y de metafísica. Y que nunca se le caían al suelo las tortillas al darles la vuelta. Sepan que todo es mentira.

Yo, que nací puñetero, me he dedicado a buscarle los puntos flacos al tal, porque me caen gordos los prepotentes y él lo era mucho, al pretender saber de todo más que nadie, como lo prueba que escribiera sobre todos los temas habidos y por haber en un tono pontificante y asqueroso (algo parecido a lo que hago yo aquí, con la diferencia de que yo sí sé de todo mucho más que él y me lo puedo permitir. Además, yo no soy vanidoso, como se habrá podido observar.)

Y he encontrado una gran variedad de estupideces de menor cuantía —que obstaculizaron el avance de las ciencias durante muchos siglos— y tres grandes burradas que ocasionaron mucha sangre y mucho dolor, y que me dejo para el final del escrito, a modo de clímax.

BURRADAS MENORES (expurgadas de sus textos):

Afirmó:

1.- Que los varones tienen más dientes que las hembras.

2.- Que la sangre de las mujeres es más espesa que la de los hombres.

3.- Que la función principal del cerebro es el enfriamiento de la sangre.

4.- Que la inteligencia del hombre reside en su corazón.

5.- Que las personas que tienen la cabeza grande duermen más que las otras.

6.- Que los objetos pesados caen más rápidamente que los ligeros.

7.- Que las distintas especies animales surgieron por generación espontánea.

(Hay más, pero creo que, como ejemplos, son suficientes.)

BURRADAS MAYORES (sólo tres, pero contundentes.)

1.- Defendió encarnizadamente la esclavitud.

2.- Afirmó que los griegos eran superiores a los demás pueblos.

3.- Postuló que las clases trabajadoras no debían en modo alguno participar en el gobierno.

Resumiendo: como todo el mundo le ha venido haciendo caso desde su tiempo, resulta que fue él quien tuvo la culpa de la esclavitud (que aún hoy perdura en variedades laborales y sexuales), del racismo y el nacionalismo (y todas las guerras causadas por creerse superior a otras razas, o sea: casi todas) y todas las opresiones sociales debidas a los gobiernos aristocráticos, elitistas y tiránicos desde el siglo III a. C. hasta la fecha.

Convendrán conmigo en que era para darle de bofetadas.

Y, sin embargo, le veneramos como al sabio más sabio de los que hemos tenido en el planeta. Así es que no tenemos merecido lo que nos pase.

y una corbata amarilla a pintas con nudo Oxford, cuando todo el mundo sabe que el nudo Oxford no se lleva nada este año. Eso quitó respetabilidad a su posición y de eso se valió la defensa del terrorista Biktorino para ir anulando todas las acusaciones una tras otra.

La defensa objetó a la manera en la que estaban redactadas las acusaciones y a que no hubiera un «catering» como es debido, con dónuts rellenos de sirope de arce, que son los que le gustan más al acusado.

Además, las argumentaciones del ministerio fiscal no fueron muy contundentes. Entre otras cosas se acusaba a Biktorino de colocación de bombas en varios grandes almacenes. Hubo objeciones de la defensa y el fiscal hubo de parafrasear su acusación, diciendo que el acusado «había transportado materiales», sin especificar que fueran explosivos. Esta acusación quedaba así desactivada.

Con otras frases sucedió igual.

La frase «Biktorino disparó su pistola contra…» se reescribió como «Biktorino activó un mecanismo en el objeto metálico, iniciando un proceso de propulsión de otro objeto metálico», lo que no impresionó a nadie.

«Extorsionó a un empresario para que diera dinero a su banda terrorista» quedó como «exhortó a un empresario apelando a su sentido de la solidaridad con una asociación no gubernamental y sin ánimo de lucro».

«Incitó a la violencia callejera» quedó como «fomentó la actividad física al aire libre».

«Cortó el cuello a un individuo» quedó como «efectuó un movimiento semicircular en la proximidad de una persona, asiendo un instrumento usado habitualmente en cualquier cocina».

Así formuladas, las acusaciones no fueron suficientes para convencer a nadie de la culpabilidad de Biktorino.

Por otra parte, no había nadie a quien convencer. El fiscal lo tuvo difícil desde el comienzo y el hecho de que no hubiera ningún juez presente durante la causa, no ayudó mucho, que digamos.

No nos complace tener que acabar nuestras crónicas con una nota negativa, pero tampoco nos gustó el detalle de que se le permitiera al acusado presentarse al juicio portando armas de diversos calibres.

quiero yo coger la antorcha
(no por donde está la llama,
que te quemas, y el hacerlo
sería una enorme bobada)
y hacer un verso en elogio
de la gran nación hispana,
llena siempre de heroísmo,
virtudes y butifarras.
Porque aunque nos tengan tirria
otras naciones, España
es unidad de destino
en lo universal (¡Caramba!
¡Qué bien me ha quedado aquí
esta frase patentada!)
Creo recordar que Miguel
Hernández tiene una larga
composición donde el vate
origüelino nos habla
de «extremeños de franqueza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma».
Eso es el tópico fácil
de cualquier «Oda a la patria».
Yo lo haré mejor y espero
que no se me olvide nada.

¿Qué tiene esa gran península
que está puesta al sur de Francia,
que ha destacado en la historia
moderna y contemporánea?
¿Por qué tantos alemanes
compran chalets en sus playas,
se ceban con sus paellas
y emborrachan con sus cañas?
Porque España es lo mejor:
es diferente y extraña,
es típica, tiene sol,
tiene mujeres (¡pues, anda,
que si no tuviera algunas
habría crisis demográfica!).

Bilbao tiene el Guggenheim,
en Valencia tienen fallas,
feria de abril en Sevilla
y en Mallorca sobrasada,
el castillo de Bellver
y variedad de ensaimadas.
En la ciudad de Almería
hay una hermosa alcazaba
que te subes y te fríes,
porque el calor no se aguanta.
Si te bajas más abajo
vas y llegas hasta Málaga,
una hermosa costa que es
paraíso de las mafias.
¿Y más abajo? Pues Cádiz,
Gádex, «Tacita de plata»,
famosa en los carnavales
por sus letras mal rimadas
de canciones insultantes
y sin maldita la gracia.
Siguiendo nuestro periplo
tenemos Lepe y Doñana:
dos reservas de animales
que preservan nuestra fauna.
En Sevilla se fabrica
ese producto: «lagrasia»,
que gusta tanto a las gentes
de Inglaterra y de Alemania.
Luego viene Extremadura,
tan inhóspita y huraña,
que muchos conquistadores
se fueron, por no aguantarla.
También destaca la uni-
versidad de Salamanca.
¿Que por qué destaca? Pues
por una curiosa rana
que se halla insertada en
su plateresca fachada.
¿Qué ha dado esa zona al mundo
para tener tanta fama?
Pues que muchos españoles
tienen las curiosas ansias
de disfrazarse con un
traje de lagarterana.
Luego están Zamora, Toro
(donde lo de Doña Urraca,
creo, aunque no estoy seguro.
¿Ven qué mala es la ignorancia?)
Galicia es tierra de meigas,
traficantes y rías bajas,
de lluvias y de lloviznas
de chubascos y borrascas,
de sirimiris y orballos,
aguaceros y paraguas.
Entre sus gentes famosas
están Cela, Franco y Fraga.
¿Qué más se puede pedir?
A su lado está Cantabria
o Asturias, no estoy seguro.
(Esperen. Voy por un mapa.)
Es Asturias: Don Pelayo,
la Regenta y muchas vacas,
a las que les llaman «vaques»
(medida desesperada
de poseer lengua propia
y si no la hay, de inventarla.)
Santander es muy famosa…
(no puedo recordar nada
famoso de esta ciudad,
aparte de que es muy cara).
Me la salto y tengo al lado
las Provincias Vascongadas
o Vasconia, si prefieren
(porque no me da la gana
llamarla de otra manera).
¿Qué hay allí? Bueno: en la playa
de la Concha hay mucha arena,
toda el agua está mojada
y tienen hasta catorce
mareas a la semana.
De allí vamos a Bilbao
—o, si prefieren, a Álava—
para ver encapuchados
(no los de Semana Santa,
que eso es en Valladolid):
los de aquí son de la Ertzaintza.
Pero donde los encierros
no es ahí, sino en Navarra,
que en el País Vasco van sueltas
gentes de toda calaña.
Luego está esa gran región
a la que ya muchos llaman
a veces Estatutecia
y, otras veces, Carodlandia.
Y si en Galicia hay sardinas
aquí no hay más que sardanas.
En ella está Tarragona,
donde está el Arco de Bara
o Bará o como se diga.
Por Castellón de la Plana
para el meridiano Greenwich.
En Valencia tienen fallas
(Esto ya lo he dicho antes.
Me he repetido. Eso es falta
grave según la estilística:
batología se llama.)
Si nos vamos para el centro
de las tierras castellanas
está Cuenca, que no tiene
otra utilidad palmaria
que unir Valencia y Madrid
y hacer muchas cosas raras
(y que sirva como ejemplo
hacer casas y colgarlas).
Tierras de miel y gorrinos
son las tierras de la Alcarria.
Hay quesos. (¡Vaya una cosa!
También los hay en Holanda
y algunos, mucho mejores.
A presumir no nos gana
nadie, por lo que parece.)
Creo que ya está completada
esta excursión laudatoria.
¡Hasta luego! ¡Ay, me dejaba
muy olvidado a Madrid
(que es un pueblo de la Mancha,
solo que grande.) Esta urbe
siempre está «handicapada»
por dos peculiaridades:
una es que alberga a esa masa
a la que llaman políticos:
gente infecta y paniaguada;
la otra es que está en construcción,
con sus calles levantadas,
y las obras empezaron
gobernando los Trastámara
y ha habido Austrias y Borbones
y siguen sin acabarla.

—Nuestro planeta se rige por el principio de aprovechamiento del tiempo y la eficacia. Todos los ciudadanos globales están ahora conectados a sus terminales de votación. Escucharemos durante un minuto a los candidatos de los dos grandes Partidos. Después, tras treinta segundos de reflexión, se efectuará el voto mundial. En breves segundos se transmitirá el cómputo y, dentro de tres minutos y medio, a partir de este momento, tendremos un nuevo Gobierno Mundial para otros diez años.

Hubo una pausa emocionante.

—El primero en intervenir será el candidato del Partido Diestrista, Sr. 75BX54.

Las cámaras zoomearon al rostro del político.

—Iré directo al grano: Mi propuesta electoral para la siguiente década consiste en convencerles de que mi oponente es un mentecato de tomo y lomo y no sabe hacer la «o» con un canuto. Ya desde su niñez era bastante negado. Repitió curso varias veces y sus compañeros se burlaban siempre de él, me atrevo a asegurar que con toda la razón. Además, aunque presume mucho de saber tocar la guitarra, lo hace muy mal; sólo se sabe tres acordes y no puede poner bien la cejilla. ¿Y qué decir de su higiene corporal? Gentes de su propio partido nos han revelado que es bastante puerco y se hurga las narices durante los plenos —el orador hizo una pausa, para el efecto—. Y eso no es todo: nos consta que, durante el tiempo que ha estado interviniendo en política, se ha forrado y tiene varias cuentas en otros planetas de las que no da explicaciones…

Sonó una campanilla. Toda la población mundial presenciaba la transmisión conteniendo el aliento y sin perderse una sola palabra.

—Ya ha acabado su tiempo, Sr. 75BX54 —dijo el Electocoordinador Global—. Concedemos ahora la palabra a su contrincante, el Sr. 12MY80.

—Desde mi posición y en nombre del Partido Siniestrista que represento, quiero instarles a que no concedan su voto a mi oponente. No sólo porque le huelan los pies de una manera exagerada y no sepa usar la calculadora, sino porque es incapaz de organizarse bien. ¿Cómo gobernará bien un planeta si no es capaz de llevar su casa? A decir de su robot de la limpieza, su cuarto es una leonera. Tiene la mala costumbre de acumular en el garaje botellas de plástico vacías y muchas otras cosas que no sirven para nada. Cuando ofrece una fiesta, da güisqui del malo a sus amigos y se guarda el mejor para él. Nos consta que ronca y… —le interrumpió la campanilla. Como 12MY80 había hablado más despacio, el tiempo adjudicado le había cundido menos.

—Eso es todo, señoras, señores y señoris —dijo el Electocoordinador, mostrando deferencia a los tres sexos—. Ahora todo depende de ustedes. Estamos en una democracia plena, global e instantánea y ustedes deben decidir en este momento cuál de estos dos próceres, cuyas ideologías acabamos de conocer, será el que mejor gobernará el planeta de ahora mismo en adelante.

En él dan la lista —¡agárrense!— de los diez hombres reputados como más influyentes del milenio. La hace un «experto» que, después de ser asesor del presidente Kennedy, no parece que haya encontrado trabajo.

Yo salto, me indigno y luego decido aprovechar el material, tras ver que siete de los diez son ingleses o americanos, ¡qué casualidad! (NOTA: Me reservo el derecho de meterme individualmente con cualquiera de estos señores, de manera más detallada, en futuros escritos.)

Somero repaso a los «diez de oro», en orden de importancia:

1.- William Shakespeare, bardo de Stratford-on-Avon. ¡Increíble! Este señor reputado como el producto más valioso de Occidente de los últimos mil años, por delante de no sé cuántos más. ¿Y por qué? ¿Porque le leyó mucha gente? ¿Qué puesto les correspondería entonces a Corín Tellado y a Marcial Lafuente Estefanía, esos pilares de las letras patrias? ¿Merecería entonces el puesto por original? No, porque la mayor parte de sus obras o bien son plagios de historias anteriores («Romeo», «Hamlet», «Macbeth», «Lear», «Otelo», «Mercader») o aburridas vidas de reyes por orden cronológico, sacados de las crónicas («Ricardo I», «Ricardo II», «Ricardo III»). Además, si escribió unas treinta y tantas obras en más de treinta años de actividad, y si contamos con que una comedia de dos horas puede escribirse cómodamente en una semana (como Lope y compañía hicieron miles de veces), ya me dirán qué hacía el resto del año. ¿Quieren ustedes saber lo que en realidad era Shakespeare? ¡Un vago, eso es lo que era!

2.- Isaac Newton, físico y caballero del Imperio Británico. De quien se dice que descubrió la gravitación universal. Ahora, que yo me pregunto: ¿es que antes no se sabía que se caían las cosas? Yo creo que sí, porque se construían edificios. ¿Tuvo que sentarse él bajo aquel famoso melocotonero y esperar a que le cayese encima la fruta para enterarse de algo que ningún mamífero ignora a los pocos días de nacer? Otrosí, Newton consideraba que su mejor obra y su logro más destacado había sido su interpretación de un fragmento de la Biblia, concretamente del «Libro de Daniel». En fin… También nos han dicho que, desde los descubrimientos de Einstein, el concepto de universo newtoniano está ya caduco. Entonces ¿qué hacemos aquí cargando con un anticuado? ¡Fuera Newton!

3.- Charles Darwin, naturalista y liante. Porque el enunciado de las leyes de la selección natural sólo nos ha traído problemas. ¿Qué tenía razón? ¡Pues, claro! Pero si se hubiera callado, habríamos seguido evolucionando igual, sin tener que pegarnos con nadie. Por cierto, llevaba Darwin trabajando en su obra catorce años sin sentirse satisfecho y demorando su publicación, cuando recibió un manuscrito de otro naturalista, Alfred Russell Wallace (1823-1913), que trabajaba en el mismo tema. El propósito de Wallace era que Darwin criticara su obra y le diese su opinión. La lectura de este manuscrito incitó a Darwin a publicar por fin su obra, para evitar el riesgo de que alguien más se le adelantara. (Sin comentarios.)

4.- Nicolás Copérnico, astrónomo y polaco. Fue el fundador del llamado «sistema de Copérnico» (nos lo estábamos imaginando), base de la astronomía moderna. ¡Hombre! Uno que se merece el puesto. ¡Qué sorpresa!

5.- Galileo Galilei, físico redundante. Éste fue el sabio prudente, inventor del dicho coloquial «pa’ ti la perra gorda». En 1632 publicó su «Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo», pero no vendió casi nada. Su editor quedó muy decepcionado.

6.- Albert Einstein, ganador del Premio Nobel por sus trabajos sobre el efecto fotoeléctrico. Sin embargo, se hizo famoso por esa otra cosa que nadie sabe bien en qué consiste: la relatividad. Einstein mismo afirmó que, fuera de él y de otra docena más, no había nadie en el mundo que la pudiera entender (seguramente estaba en lo cierto). Aún así, se le venera y nadie se ríe de sus bigotes, a diferencia de los de Nietzsche, que siempre han sido objeto de mofa y escarnio indebidos.

7.- Cristóbal Colón, genovés y gallego (no queremos herir las susceptibilidades de nadie). No negamos que el tal hizo cosas. Pero, visto el panorama actual del Bush y compañía, nos preguntamos si no hubiera sido mejor que se hubiera estado quietecito.

8.- Abraham Lincoln, oriundo de Kentucky (ya son ganas) e inventor del pararrayos (¿me estaré confundiendo con Franklin?). De verdad: no sé a qué viene esta idolatría de presidentes ni en qué contribuyó especialmente el bueno de Abraham a la raza humana, como para labrarse un puesto en los «Top Ten» de la civilización. Puestos a elegir presidentes, yo me quedo cien veces con Pi y Margall, ¡dónde va a parar!

9.- Johann Gutemberg, impresor en bancarrota. Otro plagiador. La afirmación de que la imprenta de tipos móviles se debió a él es una noción emprejuiciadamente eurocentrista, pues esta forma de impresión era ya conocida y empleada en la antigua China desde el año 960 (empleándose tipos de madera, cerámica, estaño y bronce). No se generalizó allí debido al elevado número de signos de escritura empleados por los chinos. O sea, que el alemán tuvo suerte. Y hay una historia sobre cómo se le ocurrió el empleo de tipos móviles: un sacristán amigo suyo estaba enamorado de una joven y grabó con un cuchillo la inicial de su amada en un árbol. Separó del árbol el trozo de corteza y lo envolvió en un pergamino. La resina marcó en el pergamino la forma de la letra y Gutemberg, al enterarse, decidió convertir aquel gesto poético en moneda contante y sonante.

10.- William Harvey. ¿Quién era este tipo y qué hizo? Pues dicen las malas lenguas que descubrió la circulación pulmonar de la sangre en 1616. Y, por su culpa, el pobre de Miguel Servet —que la había enunciado unos setenta años antes— no vio nunca ni un céntimo de royalty.

En resumen: que me parece que esta lista incluye a algunos cantamañanas.

Mi lista preferida incluiría al Marqués de Sade, a Jack «El destripador», a Margaret Tatcher, a Fujimori, a Enrique VIII, a Rasputín, a Benvenuto Cellini, al estrangulador de Boston, a Michel Jackson, a don Pedro «El cruel», a Bukowski, a don Wifredo «El velloso» y al ignoto inventor del teléfono móvil, entre otros.

¿A quiénes incluirían ustedes? Espero sus sugerencias con impaciencia febril.

porque de algo ha de servirme
lo que de niño, a la fuerza
y dándome mil capones,
me enseñaron en la escuela,
donde tuve que leer
(bajo penas muy severas)
episodios nacionales
sobre la dichosa guerra
de esos que Pérez Galdós
escribía por docenas.
Yo no sé cuántas batallas
tuve que estudiarme enteras:
las de Bailén y de Gerona
(o a lo mejor era Lérida);
lo de la Constitución
del doce, o sea: «la Pepa»;
las hazañas de Daóiz,
de Velarde y de su abuela;
las borracheras del rey
José, don Pepe Botellas
—aunque asegura la historia
que esa leyenda no es cierta
y que el tipo no bebía
vino, coñac ni mistela,
sino sólo agua del Berro
y, a veces, zumo de pera—;
en fin: un montón de cosas
que yo no sé si son ciertas
ni me importan tres pepinos,
tres lechugas o tres berzas.
Pero como yo sufrí
de niño por un sistema
de educación que obligaba
a aprender cosas superfluas,
hoy me quiero desquitar
y las pongo en un poema.

Dicen los libros de historia
que relatan la contienda
que eran los franceses malos
y los españoles eran
buenos —un bonito ejemplo
de descripción maniquea—,
que lo español es magnífico
y que lo francés apesta,
que cualquier jota navarra
supera a La Marsellesa
y una paella huertana
a la mejor bullabesa.

Los franceses habían hecho
la revolución francesa
y acababan de cortarle
el cuello a Maria Antonieta,
y al mando de un tenientillo,
—dueño de la Europa entera—
tomaron toda Castilla
y el distrito de Arganzuela,
llegando con sus ejércitos
hasta la calle Carretas,
en donde se detuvieron
para no subir la cuesta.

Las huestes napoleónicas
no cobraban muchas dietas
por lo que se dedicaron
con energías tremendas
a robarle a los hispanos
el fruto de sus cosechas,
su dinero, sus mujeres,
sus comidas, sus meriendas,
sus calamares, sus pinchos,
sus vinos y sus cervezas.

Decididos a acabar
con circunstancias tan pésimas
y lograr que los franchutes
se fueran a hacer puñetas,
los heroicos españoles
van cogiendo por sorpresa
a los franceses y les
pinchan con sus bayonetas,
les arrojan a los pozos,
con anís les envenenan,
los encierran en graneros
donde les ponen enemas,
les pegan el sarampión,
les casan con las más feas,
en fin: que en muy poco tiempo
aquellas huestes soberbias
conquistadoras de Europa
quedan hechas una pena.
A esto hay que sumar también
las hazañosas proezas
de Agustina de Aragón,
que era una maña muy fiera
(aunque dicen los expertos
que no era de aquella tierra,
pues sus padres emigraron
y ella había nacido en Cuenca),
y las del tambor de Bruch
(que tocaba la trompeta
también, por mas que la historia
este pormenor no cuenta.)

Al final, Napoleón,
para evitarse jaquecas
dijo: «Yo salgo por pies
y ¡que sea lo que Dios quiera!»
La península quedó
durante un periodo huérfana
hasta que llegó Fernando
Séptimo, ese rey que era
un poquito narizotas
y experto en hacer calceta.

Mas no todo fue nefasto,
pues quedaron cosas buenas
que nos dieron los gabachos:
la tortilla a la francesa,
las obras de Julio Verne,
el comer con servilleta,
el mus, el paté de foie,
el cuento de Cenicienta
y una variedad erótica
que es una cosa estupenda.

con una camisa negra y un traje color lila. Si vistes así, una de dos: o te encierran, tu familia te incapacita y se queda con tu dinero, o saltas a la televisión y a la fama. Y ya, desgraciadamente, en este país se encierra a poquísima gente.

Una vez encumbrado, lo demás es sencillo. Pones un apóstrofo a tu nombre de pila (te conviertes en Pepe’s o en Paco’s) y ya tienes una firma internacional que registrar y que funciona sola. Porque buenos diseñadores de ropa los hay a patadas en el paro. Sólo es cuestión de contratarlos y hacer que trabajen para ti.

Así surgió Guillermo’s, que pronto amplió su influjo a todos los órdenes de la moda.

Su maquiavélico plan contra el sexo femenino tenía dos vertientes:

1.- Hacer sufrir a las féminas con prendas torturadoras; y

2.- Vestirlas como mamarrachas, para que los hombres no las encontraran atractivas.

Para llevar a cabo su plan diseñó y popularizó las siguientes cosas:

—Zapatos excesivamente puntiagudos, tipo «bruja del Oeste de El Mago de Oz», que hacen que los pies parezcan enormes y provocan que los dedos se monten unos encima de otros de una manera definitiva.

—Tacones estiléticos para lograr una rápida e irreversible deformación de la columna.

—Pantalones ceñidos en lugares indebidos, para realce espectacular de michelines y otras sobradías.

—Pulseras de goma asquerosa, de diferentes colores, para que todas las mujeres parezcan iguales en lo físico y menores de edad en lo mental.

—Mechas de colorines, que sólo dan la impresión de pelo mal lavado después de una juerga de Carnaval.

—Moda del pelo muy corto para gordas (para que así parezcan todavía más gordas).

—Lápiz atravesando el moño. Una barata manera de parecer tan cutre como tu vecina.

—Delgadez extrema, con la privación consiguiente del deleite contemplativo de las formas a las que la naturaleza había sabiamente acostumbrado a los hombres. La delgadez de las modelos asusta; parecen enfermas y uno piensa que, si retozara con una de las que salen en las revistas, ella le pegaría alguna cosa poco deseable.

—Gafas de sol, de esas que las mujeres llevan a los ocho de la mañana de un día lluvioso y brumoso de enero, para que no podamos ver sus preciosos ojos. (¿Han probado a sonreír con gafas de sol? Es imposible físicamente. Las gafas de sol dan al rostro un avinagramiento perenne y lo dotan de un gesto de mala uva, de desprecio, de desaire y de inaccesibilidad. El aislante del cristal es lo idóneo para alejar a un ser humano de otro.)

—Gafas de plástico de colorines que hacen que toda España parezca salida de una «peli» de Almodóvar.

—Piercings descentrados, que provocan en el contemplador una sensación de desasosiego semejante a la que sentimos cuando nos parece que el director de orquesta va a caerse de la tarima en medio de la obertura de Cavalleria rusticana.

—Tatuajes de vista parcial, que están la mitad dentro y la mitad fuera de la ropa. Dan a la mujer una pátina de incompletidad, si es que así puede decirse.

—Hombreras modelo «jugador de la liga profesional de rugby de primera división», ya que a los hombres les gustan (según las últimas encuestas) los hombros redondos y suaves en las mujeres.

—Uñas desmesuradamente largas, que los hombres asocian inmediatamente con el olvidado arte de la cetrería.

—Uñas verdes, un color que los hombres asocian inmediatamente con flemas, mocos y détritus varios.

—Uñas moradas o negras, colores que los hombres asocian inmediatamente con la gangrena.

(Si me paro a pensar, seguro que salen más cosas.)

Luego dicen que los hombres de hoy no se casan y que cada vez nacen menos niños. Pero nadie se pregunta quiénes son los Guillermo’s que tienen la culpa.