…me preguntaba cuando yo era niño, en aquellos lejanos tiempos. Y me lo imaginaba como en las historietas de aquellos tebeos de la época, con Buck Rogers, en las que Buck y Vilma llevaban unos sombreros rematados por una hélice y les permitían viajar como autogiros, o sus amigos unos cohetes en la espalda que hacía que se desplazaran por el cielo como aviones. Me lo imaginaba así y que así sería aquél futuro tan lejano entonces. Y también me interrogaba: "¿Llegaré yo al Siglo XXI y, si es así, seré capaz de adaptarme a esos inventos?".
Y he aquí que ya estamos adentrándonos en el Siglo XXI, que aquél futuro de los lejanos tiempos de mi niñez es el presente de hoy mismo, y que yo me encuentro en él, contemplándolo. Con cierta desilusión compruebo que no existen sombreros y chaquetas que nos permitan ir por el aire, pero hay una serie de inventos totalmente futuristas de los que disfrutamos todos, y cuya utilidad no se puede negar: el teléfono móvil, el coche que se abre y se cierra por control remoto, el ordenador que lo hace todo, la Red que te comunica con el globo entero… He llegado, sí, al Siglo XXI. Hay creaciones diferentes a las imaginadas tanto tiempo ha, pero existen unos inventazos como la copa de un pino. Y, como me temía, no me puedo adaptar a ellos. No por falta de aprendizaje (me desenvuelvo bien con el PC y todo lo demás), sino por limitaciones memorísticas y auditivas. Todos los inventos del Siglo XXI tienen número, todos los inventos del Siglo XXI tienen un timbre de aviso. Y a mi, me superan. Por ejemplo, me sé mi número de NIF, el de mi CIF, el de la matrícula de mi coche, el de mi teléfono, el de mi fax… Pero es que debo saberme el número secreto de mi tarjeta de crédito, los de mis cuentas corrientes, el de mi móvil, el secreto de arranque de mi móvil, el de la matrícula del coche de mi mujer, los de las matrículas de los coches de mis hijos, los de los teléfonos de sus casas, los de sus móviles y muchos más. Y luego he de tener el oído muy bien entrenado: debo identificar rápidamente el timbre de mi teléfono, el pitido del fax, la melodía de mi móvil, las melodías de los otros móviles que andan por mi casa, para saber si el que suena es el de mi mujer, el de Paquita o el de Carlos; el clinc de cada uno de mis ordenadores, el silbido de la tetera, el pitido de la olla a presión, la campanilla del microondas, el chasquido de la tostadora… y hasta el timbre de la puerta. Es demasiado para mí.
La primera parte del problema la soslayo llevando en el bolsillo una libreta con una enorme cantidad de guarismos y a qué aparatos, vehículos, personas, cédulas o lo que sean corresponde. Pero, ¿y los timbres? ¿Cómo creo una tabla de equivalencias sonoras?
A veces, en casa, doy una voz: "¡Está sonando el timbre de la puerta!", y me contestan, muertos de risa: "No, hombre. Es el aviso del horno, para que no se queme el asado". Y no digamos cuando en un recinto público suena la llamada de un móvil, yo saco el mío y compruebo, corridísimo, que era el del señor de al lado.
He llegado al Siglo XXI, sí. Veo todos los inventos del futuro hechos realidad. Pero son demasiados para mí. Además, además… ¡me doy cuenta de que se me ha olvidado la matrícula de mi automóvil nuevo que recogí ayer en el concesionario!
