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que creía importantes, que me marcaban. Ahora estoy convencida de que cuanto menos testimonio escrito deje de los hechos traumatizantes de mi preadolescencia mejor que mejor. Hay cosas que es mejor olvidar rápido, ahora entenderéis por qué…
Aquel ya lejano día de Mayo de mis trece años la Brígida apareció con una rosa entremetida entre la toca y el pelo. Sí, sí, os lo prometo. Las gafas como siempre escurriéndosele sobre la nariz, la rosa en el pelo, a modo de monja castiza y todas las niñas de su curso detrás de ella en fila india dirigiéndonos, algunas muy alegres, otras dolorosamente avergonzadas, a la plaza de Chamberí donde la Ana Botella y todas las santas esposas de los santos concejales habían organizado un caritativo “mitin chocolate con churros por los desamparados ancianitos del barrio”. La Brígida nos distribuyó por mesas para que ayudáramos a servir las tazas de los temblosos ancianos quienes al parecer hacían cola desde altas horas de la madrugada, “como no tienen para desayunar los pobres”, eso fue lo que me murmuró una de las niñas del colegio de las irlandesas que tenia al lado. Yo arrugué la nariz con escepticismo, no es que no me guste ayudar al prójimo, ya sabéis que a pesar de todos los últimos avatares sigo siendo una niña muy caritativa, pero es que de verdad, esos ancianitos anhelantes, con la banderita del PP en la mano y la visera de cartón cruzada por las alas del pájaro gaviota, no me parecían dignos de lástima. Bueno, pensándolo mejor, si que me parecían dignos de lástima, pero no porque pasaran hambre sino porque se dejaran colgar todos esos abalorios por una mísera taza de chocolate gratis.
“Echa hasta arriba niña que me lo has llenado sólo hasta la mitad” me espetó una mujer de ojos pintados de azul eléctrico, con el pelo blanco, pero con ojos pintados de azul eléctrico.
La mujer me tendía un termo kilométrico. Yo dudé unos instantes tragando saliva y volví la mirada hacia la niña de las irlandesas quien me había parecido juiciosa en sus opiniones sobre la caridad, pero la descubrí muy atareada charlando en una esquina de la mesa, abanicándose con la banderita de España, sin atender a sus labores cristinas. La anciana mientras tanto no dejaba de blandir el termo ante mis ojos, con desesperación, pidiéndome chocolate como una posesa. Me mordí los labios y, ante la duda cristiana, opte por hacer lo que mi corazón me dictaba, sobre todo tras constatar que la anciana no podía estar ni mucho menos hambrienta ya que las lorzas de carne se le escapaban de su blusa pegada al cuerpo.
“Señora, que ya le he echado mucho, hay que dejar para los demás” dije con voz reposada, encomendándome mentalmente a todos los angelitos de las alturas.
El berrido que se oyó tras mis palabras se pudo oír hasta en la pradera del santo.
“¡Tendrá narices la cosa, pues no me está diciendo que no me echa más la jodia, habrase visto!” exclamó la señora dando vueltas sobre si misma como si fuera un toro mecánico. Los ancianitos que esperaban su turno se arremolinaron junto a ella como si no creyeran lo que estaban oyendo “¡Yo pago mis impuestos, yo voto a la señora presidenta y ahora me llegan y me dicen que no, que no me sirven más chocolate!”
Lo más gracioso de todo es que ninguno de los viejecitos se dirigió hacia mi, ni siquiera se preocuparon por averiguar quien había dicho que no a la anciana, empezaron todos a protestar al unísono ante la injusticia, y su indignación se elevaba cada vez más y contagiaba al resto. Al final todos los ancianos de la plaza de Chamberi se habían revelado contra algunos desalmados, del pesoe decían entre murmullos, que se encontraban infiltrados entre las filas de las niñas del colegio de monjas y las alentaban a no repartir más chocolate para sus pobres estómagos. Se formó un tumulto que no había visto yo en mi vida y la Brigida, al final, se me acercó toda colorada, con la rosa deshojada cayendo blandamente sobre su frente.
“Merceditas, por el amor de Dios, ¿que les has dicho?”.
Yo me encogí de hombros, sobrecogida “Nada madre, se lo juro”. Y tanto la Brigida como servidora nos volvimos a contemplar el espectáculo, los ancianos gritando como chiquillos, lanzando proclamas contra el gobierno y, allá en lo alto, subida en la tarima donde se esperaba que diera comienzo su arenga, estaba la Ana Botella, sonriendo maléficamente.
No me digáis queridos lectores que no es como para olvidar aquel día. Yo todavía lo recuerdo, con escalofríos.

socialista, pues tras comprobar que nuestra querida amiga era feliz en un colegio público lleno de rojas y de ateas, no tenía sentido protestar más. Además, no estaba el horno para bollos. Los exámenes finales de Junio se acercaban inexorablemente y las elecciones también. Que qué tendrá que ver una cosa con la otra os preguntaréis. Ni yo misma lo sé. Pero el caso es que las elecciones esas de las que hablan a todas horas en los telediarios son como el fútbol para las monjas, las comentan, las vuelven a comentar, se reúnen en la esquina del patio mientras hacen crochet y hablan de que mira a la Trinidad Jiménez que calladita que está, de que Gallardon es un pelota, o de la pobre Pantoja, con lo devota que era y donde la han hecho caer, en una ciénaga cenagosa. Todas esas cosas eran las que alcanzábamos a oír desde nuestra posición de piernas cruzadas y libros y carpetas sobre las rodillas, pues solíamos reunirnos debajo de un árbol, no muy lejos de las monjas, fingiendo que estudiábamos la tabla periódica de los elementos que, para mi gusto, no tiene lógica ninguna o es que todavía no ha nacido monja en el mundo que la sepa explicar bien, como es la opinión de nuestra más guerrillera amiga, la Carmencita.
El caso es que en una de esas de estudiar al sol la voz de la monja Brígida nos llegó en forma de ráfaga atrapada por el viento, clara y cristalina.
‘Y ya he quedado con las del colegio de las irlandesas para llevar a las niñas el día de San Isidro Labrador al acto electoral que organiza Ana Botella con los de la tercera edad… sí, una chocolatada… y claro que ayudamos, arrimamos el hombro todas, faltaría más’
Las sociatas nos miramos horrorizadas mientras la Brígida se subía las gafas con tranquilidad, ajena a los efectos que había provocado en nosotras lo que acababa de anunciar. El caso era que quizás un año atrás la perspectiva de irnos de chocolatada por san isidro con las niñas de las irlandesas y de paso ayudar en un acto electoral no nos habría importado lo mas mínimo. Seguramente hasta nos hubiera llenado de emoción. Sin embargo nuestra recién adquirida y consciente identidad nos imponía odiar esa vil manipulación monjil, siendo como éramos hijas de socialistas en un colegio religioso y facha.
‘Me niego a hacer el mono con las de las irlandesas y repartir chocolate a las viejas’
Susurró la valiente Débora con determinación. Las demás quisimos decir lo mismo pero, no sé por qué, no nos salió la voz.
Lo peor vino sin duda luego, en clase, la Brígida extendía el brazo sobre el enorme póster colgado en la pared, en un intento vano de explicarnos por centésima vez los misterios ocultos de la tabla periódica cuando, de repente, la bedela llamó a la puerta y entró seguidamente en clase con una caja pesada de cartón.
En circunstancias normales la Brígida se hubiera enfadado por la interrupción pero al parecer el contenido de la caja era algo que esperaba con impaciencia.
‘¡Mirad niñas!’ exclamó abriendo la caja, sacando un ramillete de abanicos de su interior.
La bedela, que se está siempre riendo sola, desplegó con su sarcástica sonrisa uno de los abanicos. Estaban hechos de papel y tenían el color de la bandera de España. Pero lo más horrible de todo era el dibujito pintado en el medio, un oso levantado sobre sus patas traseras, el símbolo de Madrid, y una gaviota o pájaro similar sobrevolando la cabeza del oso. Y ese símbolo ya sabíamos bien lo que representaba.
‘¡Para la chocolatada de San Isidro, que va a hacer mucho calor!’ exclamó la Brígida colorada por la emoción ‘¿A que es una buenísima idea?’
Las sociatas nos miramos incapaces de decir nada que la pudiera arrebatar la ilusión, porque antes que sociatas somos buenas personas pero jope, menuda la que se nos venía encima, casi prefiero quedarme para siempre estudiando la tabla periódica. En fin.

Este pacto supone seguir unidas ante las continuas injusticias que sufrimos en el colegio, supone no decir ni “mu” cuando Susanita nos hace burla llamándonos sociatas perdedoras, supone callar a pesar de que todas sabemos que fue la valiente Débora la que hizo saltar la alarma de incendios para sacarnos del salón de actos aquel día de angustioso encierro, un gesto valiente impropio de una niña que veranea en Sotogrande y tiene una habitación con cuarto de baño para ella sola.
Precisamente, ese día, el del pacto de silencio en silencio, estábamos la panda de las sociatas invitadas a merendar en su casa de la Moraleja. La ocasión era especial: Isabelita, quien ahora mascaba chicle ruidosamente y ya no llevaba la cadenita de oro de la primera comunión colgando del cuello, se había reunido con nosotras después de no haberla visto desde que se marchara del colegio por falta de pago, hacia ya un mes.
“Y me dejan forrar la carpeta con la foto esa del futbolista que está en calzoncillos, la del anuncio de Calvin Klein” nos contaba llena de emoción, “No tenemos que ir a confesarnos ni que hacer la señal de la santa cruz al empezar las clases”
Todas nos mirábamos con los ojos muy abiertos, sin llegar a creérnoslo del todo, así que al parecer era cierto lo que decían nuestros padres: “En los colegios públicos hay de todo hija mía, de todo”.
Fue Débora la que se atrevió a carraspear mientras se enrollaba un rizo entre los dedos, interrumpiendo su monólogo. “Esto… Isabel, ¿y a ti te parece bien todo eso?” Isabelita parpadeó confusa, mirándonos con perplejidad, como si de repente no nos reconociera, “Pues claro que me parece bien, ¿a vosotras os parece bien ir a confesar mentiras cuando sabéis de sobra que no habéis cometido ningún pecado?”
Yo fui la primera que negué con la cabeza, siempre había estado en contra de la confesión, la odiaba, no entendía por que las monjas nos obligaban a mentir tan descaradamente.
Hubo un momento de sepulcral silencio, durante el cual, quizás, nuestro pacto de silencio se hizo más fuerte. Porque así como no queríamos hablar de lo que Débora había hecho por nosotras la semana pasada saltando sobre el tejadillo del salón de actos tampoco queríamos hablar de todas las dudas que se nos pasaban por la cabeza en esos momentos terribles de nuestra incipiente adolescencia. Recuerdo que pensé – y es el primer pensamiento que he tenido desde que cumplí catorce años al que le he dado importancia- “Ya está, ya ha pasado, ya he perdido la fe”. Y de repente me sentí muy bien, como cuando te están haciendo una ahogadilla en la piscina y tras un segundo angustioso te liberan. Pues así me sentí yo de bien, respirando de nuevo, como si no hubiera respirado en toda mi vida.
El sol brillaba entre las hojas de los árboles del increíble jardín de la casa de Débora, Isabelita se tocaba el cuello, donde antes había estado esa cadenita de oro que a la que ya no podía aferrarse, todas sabíamos lo que estaba pasando, lo que había pasado. Y el pacto de silencio se hizo más profundo y más silencioso, porque cuando eres una niña realmente crees que las cosas más importantes pasan sin que nadie diga nada, milagrosamente, aunque ya no creas en los milagros.

¿Que por qué me atrevo a lanzar al aire esta reflexión tan seria impropia de una niña de mi edad? Bueno, porque desde que estamos encerradas en el Salón de Actos del colegio nadie ha atendido a nuestras súplicas de clemencia o de inocencia y, viendo que la ley de “pagar justos por pecadores” se aplica con rigor no me queda otra que pensar que nuestra situación es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. ¿Pues no dicen las monjas que los valores que se enseñan en el colegio son un reflejo de los valores sociales en los que tendremos que desenvolvernos? Si no he entendido mal entonces, cuando salgamos del colegio nos encontraremos en un mundo en el que la ley de “sálvese quien pueda” sea la que impere, y de nada servirán nuestras quejas o berridos porque allí, como aquí, nadie nos prestará la mas mínima atención.
Sí, lo reconozco, ya no parezco Merceditas, la niña pizpireta e idealista que solía ser, pero es que vosotros no lleváis como yo más de tres horas sentadas en el Salón de actos, con la monja Brígida tricotando vigilante en un rincón de la Sala, alzando de vez en cuando la cabeza para supervisar los cuchicheos, y con vuestras archienemigas las Rubianes dos filas más atrás, quiénes se las han arreglado para hacerse tirachinas con las gomas de pelo y que, de vez en cuando, cuando nuestras guardianas bajan la guardia, nos acribillan tirándonos bolitas de esponja que extraen de los reposabrazos rajados de las butacas.
Lo único que nos consolaba a las sociatas era el recuerdo de la fuga magistral de Débora, quien haciendo gala de un ingenio sin igual, había escapado fingiendo que le sangraba la nariz. Desgraciadamente no habíamos vuelto a tener noticias de ella y la sospecha comenzaba a sobrevolar nuestras mentes: ¿Y si resultaba que se había fugado pensando sólo en sí misma? ¿Y si al final nos pillaban y se chivaba? No había que olvidar que Débora había pertenecido a la trouppe Rubianil y, si se había cambiado de chaqueta una vez, nada impedía que volviera a hacerlo.
Todos nuestros valores, creencias e ilusiones se estaban desmoronando a pasos agigantados. Ahora me doy perfecta cuenta de que el mero encierro no es un castigo estúpido como pueda a primera vista parecer, si no algo parecido a una tortura china, que te hace dudar sobre quién eres o lo que has hecho y por qué. Las sociatas nos dábamos fuerzas agarrándonos de las manos. Estábamos todas en la misma fila, Chelito, Carmencita y yo misma, pensando sin parar en como salir de esa pesadilla. Habíamos sido nosotras las autoras de las pintadas alusivas a la Madre Superiora, pero es que la Madre Superiora era una bruja malvada que no se merecía dirigir un colegio como el nuestro. Todos recordaréis cómo se había desembarazado de Isabelita sin miramientos ¿Es que acaso todo lo que nos habían contado durante nuestra infancia sobre la compasión, la justicia y la caridad cristiana no eran más que mentiras? Ni yo ni ninguna de las sociatas nos arrepentiríamos de nuestra acción, pero claro, entonces no saldríamos de allí nunca, ni nosotras ni el resto de niñas inocentes de la sala, que haberlas las había.
Me sentía como no me había sentido nunca: Desamparada. Y creo que crecer sintiéndose desamparada no es nada bueno, al final acabas dándote a las drogas y al alcohol, como dicen siempre las monjas. Estaba tan sobrecogida por mi nueva forma de pensar y de ver el mundo que no me apercibí de la sirena, la confundí con mi propia sirena interior, aullando de rabia. Pero esta vez era la alarma de incendios. Se había disparado de repente y las luces rojas que había junto a la puerta de emergencia parpadeaban y a la Brígida se le habían caído las gafas del susto y daba palmas apresuradamente para intentar hacernos entender que ahora sí que quería que nos pusiéramos en pie. Chelito tiró de mí y me empujó para salir al pasillo.
- ¡Niñas, todas en fila india, tranquilidad! – gritaba la hermana Brigida hecha un manojo de nervios.
Como en sueños todas comenzamos a dirigirnos hacia la salida de emergencia, las puertas se abrieron y salimos directamente a la parte trasera del colegio, donde la claridad, después de tanto tiempo en penumbra, nos hizo daño a los ojos. Nadie entendía lo que había pasado ni que era lo que se estaba quemando. Lo único importante es que habíamos salido sin tener que confesar. La hermana Brígida extrajo su teléfono móvil de entre sus faldas, lo tenía guardado en una funda, como oro en paño. Estaba claro que había conseguido finalmente sustraerlo de las garras de la madre superiora.
- ¡Callarse todas! – gritó tapándose con el dedo el otro oído- ¡Que estoy llamando a los bomberos!
Entonces Carmencinta dio un respingo mientras se tapaba la boca con la mano y señalaba hacia el tejado del colegio. Desgraciadamente cuando me di la vuelta quien quiera que Carmencita hubiera visto había ya desparecido.

coches y no te mueves porque sabes que no te va a dar tiempo a cruzar? Si os ha pasado, que seguro que sí, entenderéis perfectamente cómo nos sentíamos las sociatas encerradas en el salón de actos del colegio, esperando que algún milagro pudiera sacarnos de allí pues por nada del mundo confesaríamos lo de las pintadas en el muro en contra de la madre superiora, que eso suponía expediente escolar seguro. La hermana Brígida se había quedado de guardiana con su labor de punto (corría el rumor de que la madre superiora le había confiscado el móvil) y tricotaba con gesto adusto junto a la puerta, impidiendo así cualquier intento de fuga. Mientras, la hermana Clarinete, la segunda de a bordo, se paseaba de arriba abajo por el pasillo central y, cada vez que oía un susurro más alto que otro, levantaba las cejas con la esperanza de que nos hubiera llegado por fin el arrepentimiento. Pero nada, nada de nada y, tras dos horas sin que nadie dijera esta boca es mía, Susanita Rubianes se levantó de su butaca para protestar con la vocecita esa que pone de pelota malvada.
- Hermana Brígida ¿por qué no deja salir a las que seguro seguro no han sido y deja dentro a las sospechosas?
La hermana Brígida detuvo el tricotar de su bufanda y se remangó las gafas para mirar a Susanita.
- Err… porque querida niña, no tenemos sospechosas que yo sepa…
- ¡Jobar que no!- dijo entonces malévolamente la Rubianes mientras apuntaba con la cabeza hacia nosotras, la fila de las atribuladas sociatas- Sólo aquellas niñas que no tienen respeto ni por las monjas ni por los santos pueden ser las culpables… ¿y quiénes son ésas? Pues las hijas de los rojos, claro
La Brígida se santiguó a la velocidad del rayo
- ¡Jesús, María y José, no digas esas cosas niña que ya no hay rojos en España!
Entonces Carmencita, perdiendo la compostura que había distinguido hasta ese momento a la trouppe sociata, se levantó también de su asiento, enrollándose bien al cuello su pañuelo palestino mientras se encaraba con Susanita
- ¿Y quién te ha dicho a ti que los rojos no creen en dios si se puede saber?
- ¡Uy, mira ésta, la rojeras!
- ¡Y a mucha honra!
- ¡Basta niñas o llamo a la madre superiora!
Las cosas se estaban poniendo feas, a Chelito le cayó de repente una mondadura de mandarina que alguna de las Rubianes le había lanzado desde su fila.
Encima ahora nos atacaban.
Y entonces pasó lo increíble, el milagro que todas estábamos esperando: Débora, nuestra sociata mas tímida y joven, quien un día fue amiga de las Rubianes y que se cambió de chaqueta para abrazar la causa socialista, sacó un pañuelo de papel del bolsillo, echó hacia atrás la cabeza y apretó el pañuelo fuerte sobre su nariz, después se puso en pie con la mano libre estirada y nos levantó de la fila, saliendo con prisa al pasillo, corriendo hacia la Brígida que la miraba estupefacta.
– ¡Madre, que me sangra la nariz, abra la puerta! – gimoteó llorosa
Y la Brígida, ante la estupefacción general, le abrió la puerta sin rechistar.
– ¡Levanta el brazo por encima de la cabeza! le gritó inocentemente cuando ya Débora corría libremente como alma que lleva el diablo
Chelito me dio un codazo sin mirarme, aguantándose la risa.
- ¡ Madreeeee!- la Rubianes se había puesto de nuevo en pie, colorada de rabia bajo sus rizos
- Susana Rubianes, o se calla usted inmediatamente o me enfado.
Viva el socialismo español, ole y ole.

‘VIVA LA EDUCACION LAICA Y GRATUITA’ ‘MONJAS NO, JAMON SI’, entre otras lindezas.
Como os habéis podido imaginar se ha liado la de dios es padre, han suspendido las clases y nos han convocado a todas por megafonía para que acudamos inmediatamente y sin dilación al salón de actos. Allí, la madre superiora, con gesto de infinito sufrimiento, ha aparecido en el escenario, levantando una mano ante la multitud de alborotadas niñas para hacernos callar, como si fuera el Dar Vader de la guerra de las galaxias.
La hermana Brígida, con las gafas a punto de caérsele de la nariz, se ha apresurado a arrimarla un micrófono de esos con pie que se utilizan para leer las misas. El micrófono se ha acoplado durante unos instantes, momento que hemos aprovechado las sociatas para aguantarnos la risa, porque sí, lo habéis adivinado, hemos sido nosotras las responsables del escándalo, pero chitón que es secreto secretísimo de estado.
El caso es que la madre superiora ha empezado a soltarnos un discurso sobre la maldad del ser humano que, a pesar de que sonaba bastante impactante al principio, pronunciado con su voz de ultratumba “Caín mató a Abel y la semilla de Eva se extendió por el mundo…” ha acabado enseguida, como todos sus discursos, aburriendo hasta a la Brígida quien, pasado el inicial sofocón, entrecerraba los ojillos sentada en la primera fila, dando cabezadas con los brazos cruzados sobre el pecho.
A los diez minutos de discurso en los que la Madre Superiora hablaba sobre el desmembramiento de las familias, la falta de ideales de la juventud y la impudicia de las jóvenes de buena familia. Débora, Chelito, Carmencita y una servidora, empezábamos ya a arrepentirnos un poco de habernos atrevido la tarde anterior a salir de casa con la excusa de irnos a jugar al baloncesto, cometiendo en su lugar la fechoría de las pintadas, ayudadas por un spray que Carmencita le había robado a su hermano mayor Nacho, el skater.
A los veinte minutos de charla, cuando la hermana Brígida ya roncaba sin pudor y la madre superiora le pedía al señor que diera fuerzas a los verdaderos españoles para hacer resurgir de las tinieblas el antiguo esplendor de esta patria nuestra, las sociatas, las Rubianes y todas las niñas del colegio nos mordíamos las uñas, nos mandábamos mensajitos por el móvil y algunas hasta jugaban a las tres en raya arañando los reposa brazos de madera de las sillas con horquillas de pelo.
A los cuarenta y cinco minutos la vocecilla de la Madre Superiora por fin se detuvo y la Brígida pegó un respingo que hizo que las gafas le salieran disparadas de la nariz.
Pero cuando creíamos que todo había acabado la Madre Superiora habló otra vez.
“Y ahora queridas niñas, me gustaría que hicierais acto de contrición y que después de ello, la culpable o culpables se levanten de sus asientos y confiesen con entereza. Hasta que esto no ocurra las clases quedarán suspensas y nadie podrá levantarse de sus asientos. Espero que el arrepentimiento os haga hablar cuanto antes para permitirnos a todas continuar con nuestras vidas. Buenos días” Y se marchó por donde había venido, agachando la cabeza para que no viéramos su maléfica sonrisa.
Todas nos miramos con el terror reflejado en los ojos. Hasta Carmencita, que se las da de valiente, estaba blanca como el papel. Y a estas alturas todavía no sé queridos lectores, cómo vamos a salir de esta… todo son obstáculos cuando te pones a luchar contra las injusticias, jooo.

Sus ojos son duros, no blandos y acuosos como los de las abuelitas normales, esas que ves por la calle con el carrito de la compra y que te agarran de los mofletes en cuanto te descuidas. Y, si te cruzas con ella por los pasillos del colegio, lo primero que haces es ponerte a rezar para que no te diga ni una sola palabra y pegarte a la pared; que da mucho miedo la Madre Superiora, bien lo sabe dios. Sin embargo, ante los duros momentos que la pandilla de las sociatas estábamos viviendo, habíamos decidido apelar a su benevolencia – una palabra, por cierto, que usaban mucho las monjas – pues era la única que podría tener mano larga en el asunto del desahucio de Isabelita. Así que todas aparecimos de repente en su despacho, dándonos codazos las unas a las otras porque no podíamos entrar a la vez por la puerta. Con los nervios se nos olvidó la básica regla de urbanidad de tocar antes con los nudillos, pero cuando nos dimos cuenta de ese detalle ya era demasiado tarde. La madre superiora levantó los ojos del periódico que estaba leyendo y nos miró a de arriba abajo, igualito a como me mira mi vecina la del quinto cuando subimos juntas en el ascensor, con esa expresión en la cara de “no me gusta la mugre que llevas en tus zapatos, niña”. Las sociatas, acojonadas, comenzaron a pellizcarme para que fuera yo la que dijera algo, jo, menudas listas, qué fácil es para algunas delegar responsabilidades… “Necesitamos su ayuda, madre, por caridaaad.”, fue lo primero que me vino a la boca, arrepintiéndome al segundo de ese grito lastimero, copiado de las mendigas que están siempre en la puerta del Corte Inglés de mi barrio. El balido, sin embargo, hizo su efecto, pues a la Madre Superiora le cambió la cara. “Ay niñas, que habéis hecho ahora, no me digáis que la habéis vuelto a liar en Tele Madrid” dijo mientras se persignaba rápidamente. “No madre, no hemos hecho nada, que venimos para pedirle su ayuda en un asunto de extrema urgencia”. La madre Superiora pareció calmarse un poco. “Si es urgente suéltalo cuanto antes Mercedes, que tengo muchas cosas que hacer”. Yo tragué saliva, a ver ahora cómo se lo explicaba sin balar otra vez, agarre a Isabelita del brazo y tiré de ella para ponerla frente a la mesa. “No sé si sabe ya madre, que Isabel Rojas se va del colegio porque sus padres no pueden pagar las mensualidades”. La Madre superiora se echó hacia atrás en su asiento, juntando las manos sobre el regazo y poniendo otra vez esa cara de vecina del quinto. “si, una autentica pena, la verdad…”. “Pues lo que le queremos pedir a su vuecencia es que le perdone la deuda, o que le rebaje la mensualidad porque si hasta ahora y después de tantos años ha podido pagar seguro que en cuanto se pasen las vacas flacas podrá pagar otra vez”. “¡Si madre, hasta el último eurillo!” corroboró con un grito alegre Isabelita. La Madre Superiora suspiró como si estuviera de repente muy cansada, se levantó del sillón y se acercó a la ventana del despacho, vista desde atrás no era más que una monja con hábito marrón, de aspecto inofensivo, parecía imposible creer que en su poder estuviera en ese mismo instante el futuro de la adolescencia de Isabelita. “No entiendo cómo no nieva de una puñetera vez… con el frío que hace”, farfulló. Todas nos agarramos de la mano muy fuerte. Despacio, lentamente, la madre superiora se dio la vuelta para encontrarse con cinco pares de ojos que la miraban expectantes. “Y no quiero oír ni una palabra más sobre este asunto niñas, así que ala, de vuelta a clase. Isabelita nunca estará sola si mantiene la fe en el señor ¿verdad Isabel? La fe es más importante que el dinero, no lo olvidéis nunca. Venga, fuera de aquí majas, a estudiar” Salimos del despacho sin creernos todavía cómo era posible tanta maldad concentrada en una monja. Ya en el pasillo, cuando la Madre Superiora había cerrado la puerta a nuestras espaldas, oímos las risitas impertinentes de las espías de Rubianes, quienes parecían haber olido desde lejos nuestra desgracia. “Esas idiotas se creen que porque yo me vaya se van a librar de un gobierno socialista en España, pues se van a cagar porque anda que no hay sociatas para rato…” dijo entonces Isabel, apretando los puños con firmeza. “ ¿Como lo sabes?”, pregunté yo con un nudo en la garganta. “Tengo fe”.

No tienen dinero para pagar las mensualidades y la cambian a un colegio público, ¡gratuito! ¿Podéis creerlo? Fue la monja Brigida la que dio la noticia en clase, quien parecía de verdad afectada, remangándose compungida las gafas: “Nuestra compañera Isabel Rojas dejara el colegio la semana que viene. Espero que con ayuda de dios y de todos los angelitos que pueblan las alturas Isabelita no se desvíe del recto camino del estudio y del cristianismo. Ahora me gustaría que todas le dedicásemos este fuerte aplauso”. Y Brígida comenzó a aplaudir con las gafas empañadas por la emoción. Isabelita permaneció impasible, y las sociatas no hicimos más que lanzarnos alarmadas miradas mientras aplaudíamos como autómatas pues no teníamos ni idea del asunto. Todas la rodeamos durante el recreo. “¿Pero por qué? ¿Quién ha sido?” Y fue entonces cuando nos soltó lo del dinero, que cayó como una bomba de silencio, pues ante ese argumento claro, no había absolutamente nada que hacer. De repente me di cuenta de que no sólo los inocentes niños de África morían de hambre sin que nosotras pudiéramos hacer nada sino que también tus entrañables compañeras de clase, de repente, podían llegar a formar parte de esa tribu de niños y niñas sin uniforme, que van de excursión a Juvenalia en Navidad y se compran la ropa en el Carrefour. “¡Qué fuerte!” exclamó Débora tapándose la boca con la mano ante la tragedia. Yo reflexionaba furiosamente, Isabelita era como mi hermana, la niña que me había acogido sin rencores ni prejuicios en la pandilla de las sociatas después de que Susanita Rubianes me traicionara, la que siempre había estado dispuesta a seguirme en la lucha por la justicia social, tan necesitada de rehabilitación en nuestro colegio, una verdadera amiga no se puede dejar escapar así como así… porque lo sabía, en cuanto Isabelita pisara esos colegios públicos de dios se teñiría el pelo de algún color extraño, se pondría un piercing y acabaría integrada en cualquier banda urbana de pacotilla, y ya no nos reconoceríamos, como mucho nos saludaríamos al cruzarnos por la calle, unas palabras, qué tal estas, un poco de cotilleo y nada más, hasta que llegase el día en el que, al no tener nada que decirnos, cambiaríamos de acera y bajaríamos la mirada, como me paso con esa amiga que tuve en la guarderia… “Isabel, vamos a hablar con la Madre Superiora”, dije yo entonces con aplomo, “¿No es éste un colegio cristiano? ¿Y no llevas aquí desde que estabas en parvulitos? Pues tiene que haber entonces una solución, que te hagan un descuento… una semana fantástica o algo”. Isabelita me miró con lágrimas de emoción en los ojos, todas entonces nos dimos un abrazo en corro, las sociatas unidas ante una verdadera tragedia social de envergadura. En una esquina del patio Rubianes y sus compinches nos observaban entrecerrando malignamente los ojos… cuando todas a una iniciamos la procesión hacia el despacho de la Madre Superiora pude ver claramente como Susanita Rubianes organizaba a su grupo de seguidoras para que nos siguieran, con el rabillo del ojo me apercibí de sus maniobras, siguiéndonos y ocultándose detrás de las otras niñas, o de los hábitos de las monjas. Parecían un grupo de paparazzis siguiendo a la Pantoja. Pero, qué queréis que os diga, a mí no me importó, sabía que en cuanto averiguasen por que íbamos todas juntas hacia el despacho de la Madre Superiora sentirían inmediatamente el peso del vacío de su existencia, porque ninguna de ellas, de eso estaba segura, hubiera dado ese paso por ayudar a una amiga, y menos a la Rubianes. Seguiremos informando.

para que haces tamaño esfuerzo, si ya no te vas a reír como antes; La Rubianes, quien al parecer está enamorada, no se acuerda ya ni de insultarnos. La monja Brígida, quien siempre nos estaba regañando por chorradas tales como subirnos la falda mas allá de las rodillas, recibió de algún desaprensivo como regalo de Reyes un teléfono móvil y ya no nos hace ni caso. Se pasa ahora las horas muertas en una esquina del patio, tomando el sol, mientras juega concentradamente al Tetris con el dichoso aparatejo… Las compinches de Rubianes por otro lado, al constatar que su jefa se ha echado novio no hacen más que buscarse novio ellas también, escribiendo a la Súper pop, o mandando mensajes a los foros de Operación Triunfo, y ya ni se inmutan ni cuando les sacamos la lengua… ¿qué nos queda entonces a las sociatas? Nada, excepto un mortal aburrimiento o preguntarnos, como si de repente esa pregunta hubiera cobrado una nueva dimensión en nuestras vidas, que es lo que vamos a estudiar al acabar la ESO.
- Mi padre dice que lo que tengo que hacer es aprender inglés, que es lo único que me salvará de la cola del INEM- suspiro Débora, filosófica.
- Mi padre dice que lo que tengo que estudiar es ingeniería informática, que eso da pasta a porrón.- soltó enseguida Carmencita, nuestro ultimo fichaje en la pandilla y que presumía de ser la más sociata de todas, por llevar siempre un pañuelo palestino alrededor del cuello.
- ¡Constructor, eso si que da pasta a porrón!- exclamó entonces Isabelita.
Yo tragué saliva, asustada. No entendía muy bien cómo habíamos llegado a entablar tan horrible conversación. Pero lo peor de todo era sin duda el hecho de que yo no tenía pensado estudiar nada al acabar la ESO. Es mas, ni siquiera sabía que, encima, después de todo el rollo que nos metían en la ESO, teníamos que estudiar más… ¿No era suficiente ya con todos nuestros conocimientos de religión católica y manualidades? Sin ninguna duda estábamos creciendo, teníamos que estar creciendo para que nos diera por hablar de esas cosas sin pies ni cabeza… dentro de nada acabaríamos vestidas de Zara, llevando bolsos a cuadros de burberrys y corriendo como locas para llegar a tiempo a la oficina, sin tiempo para ver a nuestros hijos, que se pasarían los días solos comiendo pizzas y jugando a la consola, como los primitos que tengo en Somosaguas.
- ¡Estáis locas o qué!- chillé sin poder contenerme- ¿Es que acaso no somos sociatas? ¿No es más divertido ir a manifestaciones, comer bocatas de calamares en la plaza mayor, trabajar ayudando a los desfavorecidos de la sociedad? ¿Es que todo es el dinero, es que no queréis cambiar el mundo?
Lo de los bocatas de calamares en la plaza mayor y lo de cambiar el mundo no sé por qué lo había dicho, la verdad, quizás lo había oído en alguna película de Marisol.
Todas me miraron durante unos segundos sin saber qué decir. Y fue Carmencita, la nueva adquisición, la que carraspeó.
- Pero vamos a ver Merceditas… ¿No tiene tu madre un Mercedes con el que te viene a buscar al cole cuando llueve?
- Sí…
- ¿Y no está tu padre, como el padre de ésta, trabajando para Prisa Comunicación?
- Esto… sí, creo que sí.
- Pues entonces.
Definitivamente esta nueva niña, Carmencita, no me cae nada bien.

…las horas de misa y las confesiones con el padre Adolfo, el invisible.
Pero lo más deprimente de todo sin duda ha sido lo del reencuentro con Susanita Rubianes. No la habíamos vuelto a ver desde lo que pasó en el mercadillo de Navidad, cuando ella y sus compinches nos humillaron públicamente a Isabelita y a mí con lo de la figurita de la princesa Letizia… no os lo voy a volver a contar porque me da tanta rabia recordar tamaña injusticia que me ciego… creo que podéis leerlo en mi anterior episodio, si os apetece.
¿Por dónde iba? Ah sí, por lo del reencuentro con la Rubianes. Después de clase la pandilla suele quedar en la plaza que hay delante del colegio y ahí nos hemos reunido la flor y nata de las sociatas, continuando con el tema del día que habíamos dejado a medias en el recreo: ¿Sería posible haber visto a la hermana Brígida escondida en una esquina de la capilla hablando por un móvil? “¡Que te digo yo que eso es imposible!” gritaba Débora sin dejar de darle mordiscos a una apetitosa y gigante palmera de chocolate. “Que sí, que la he visto, tenía algo en la oreja y se escondía, ¿qué va a ser si no? Pues un teléfono móvil. No creo yo que la Brigida sea una espía… ¿te imaginas? Una monja rusa, como la asistenta de esta. O, alomejor, es que se ha echado novio…”
Todas nos reímos como locas ante tal posibilidad. Y en esto que, cuando ya se nos ocurrían nuevas e inquietantes sugerencias para explicar el comportamiento de nuestra monja favorita, apareció la Rubianes en la plaza y todo nuestro gozo se multiplicó por cuatro. Porque lo primero de lo que nos dimos cuenta fue de lo corta que llevaba la falda del uniforme y, lo segundo, lo de su maquillaje, rosa en los párpados, y rojo en las mejillas. Podíamos incluso oler su perfume desde donde nos encontrábamos. Aguantamos el aliento mirándonos con cara de intriga. ¿Qué haría la Rubianes, tan recatada ella, emperifollada de esa manera? Pero pronto se disiparon nuestras dudas cuando, cruzando la plaza, el talle alto, la cabeza erguida y un brillo de puñal en sus ojos azules, apareció un “tommy jilfiger” de esos, un chaval rubio y espigado que llevaba el jersey anudado sobre los hombros y que, cuando vio a Susanita Rubianes, se echó el pelo del flequillo así, para atrás con la mano, de una manera tan leve que creo yo que eso debe ser lo que llaman “elegancia”. Pero lo más fuerte de todo fue cuando el tommy cogió y le dio un beso a la Rubianes en la mejilla. Beso por el cual poner verde a la Brigida dejó de repente de ser divertido, beso que amargó nuestras meriendas de palmeras de chocolate y bocatas de foie-grass la piara, beso que no debería haber sido depositado en esa ruin rata que es la Rubianes, beso maldito, incomprensible, desmoralizador. Después, cuando los dos se alejaron cogidos de la mano; la Rubianes por supuesto volviendo la cabeza hacia atrás para comprobar que estábamos verdes de envidia, algo nos hizo chás a todas por dentro. Débora volvió a darle un mordisco a su palmera aparentando indiferencia, Isabelita miró el reloj y dijo que se iba a casa, yo posé la mirada en la punta de mis merceditas, pensativa. “Esto es como cuando ves a la Obregón en la tele con ese nuevo novio que tiene”.Todas levantaron hacia mí sus tristes ojos. “Porque jope, que por mucho que le des vueltas no lo entiendes, que no lo entiendes”.
Y se nos quedó a todas una cara de tontas… que teníais que habernos visto.

Precisamente a mi derecha tenemos a una famosa a la que parece costar horrores pestañear. “Está así por culpa del Botox” me susurra Isabelita al oído. “Creo que se llama San Paloma Basilisco” Vaya nombre y vaya rollo de mercadillo. Todo el mundo pasa de largo delante de nosotras, sin apenas mirarnos. Sin embargo, tres mesas más adelante, está Susanita Rubianes con sus esbirras y, a pesar de que tampoco tienen famoso hablador de móvil que las ladre, no parecen aburridas en absoluto. Podemos oír sus risas de edad del pavo mientras nos lanzan miraditas. Entonces noto el zapato de Isabelita dándome un pisotón. “Merceditas, mira quien viene hacia aquí”, masculla entre dientes, “Jesús, si es el de los rizos, el de las gafas, el empollón”. “Ruiz Gallardón” “¡ése!”Gallardón se acerca con dos niños cogidos de la mano, quienes sin duda deben ser sus hijos, a juzgar por sus rizos y por sus gafas. “Vaya, vaya, vaya, ¿qué es lo que tenemos aquí?”, dice mientras inspecciona nuestra mercancía; cuatro bolsos de ganchillo confeccionados por Chelito en clase de manualidades y un juego de maracas hechas con cáscaras de nueces de macadamia. “Todo lo hemos hecho nosotras con nuestras manos”, responde, orgullosa, Isabelita. “¿Y esa figurita de ahí, qué es?” pregunta entonces el Gallardón. Por el tono de su voz sé que algo no marcha bien, los gallardoncitos comienzan a reírse por lo bajo y Gallardón levanta en el aire una figurita que estaba sobre nuestra mesa. Una figurita que, estoy segura, ni Isabelita ni yo habíamos visto antes. A las risas de los Gallardoncitos se unen ahora las carcajadas de Susana Rubianes y sus compinches. Isabelita y yo miramos a la figurita con terror: Es una figurita de Belén que representa a la princesa Letizia, en una posición nada decorosa. Esta agachada haciendo sus necesidades con una sonrisa, toda vestida de blanco, como el niño Jesús pero en princesa. “¡Un caganer, un caganer!” aúllan encantados los dos gallardoncitos. En ese mismo momento comprendemos la sucia jugada de la que hemos sido objeto. Rubianes se las ha arreglado para poner a la princesa Letizia cagando sobre nuestra mesa y ahora somos la comidilla de todo el mercadillo, hasta la San Paloma Basilisco ha vuelto la cabeza, mirándonos con los ojos como platos. Isabelita levanta el dedo hacia la Rubianes: “¡Señor Gallardón, ha sido ella, ella, que nos humilla a causa de nuestras inclinaciones políticas!”. Pero el Gallardón parece que no quiere saber nada porque hace el gesto de taparse los oídos. Y no os vais a creer entonces lo que pasó; de repente, abriéndose paso entre la multitud apareció nada más y nada menos que la Curry, la del pollo, bajita como un tapón “¿Qué pasa aquí?”, preguntó mirando suspicazmente a Isabelita, sin reconocerla, gracias a dios. “¡Acoso escolar, acoso escolar!” gritaron los galladorcintos al unísono. Rápidamente la Curry sacó un cuaderno de debajo del sobaco y, chupando la punta de un lápiz, comenzó a escribir. “Contadme todo lo que ha pasado niñas, tú, Alberto, no te muevas de aquí”. Isabelita comprende que es el momento idóneo para limpiar su honor. “Una del colegio ha colocado esta figurita de la princesa Letizia en nuestra mesa. Siempre se está riendo de nosotras por nuestras ideas políticas. Martirizándonos”. La Curry asiente mientras escribe concentradamente, los galladorncitos entonces señalan a Rubianes en el puesto de enfrente “¡ésa Curry, ha sido ésa!”. La Curry se da la vuelta para encontrarse con la cara angelical de Rubianes. “Pe-pero si esa es la hija de Rubianes, nuestro consejero delegado en Telemadrid”, “¡Ella, ella es la acosadora!”, exclama Isabelita. Algo ha cambiado sin embargo en el rostro de la Curry, vuelve a esconder su cuaderno debajo del sobaco y nos mira a todos con amenazadora mirada. “Aquí no ha pasado nada y Santas Pascuas”, dice girando sobre sus talones. Uno de los gallardoncitos tira de la chaqueta de Gallardón, quien ya se ha destaponado los oídos “Papaaa, ¿No es lo que acaba de hacer la Curry eso que se llama prevaricación?”. “Tú que sabrás hijo, si eres sólo un chaval”. Y ahí nos dejaron a las dos, con el caganer de la princesa Letizia como único testigo de nuestra pública humillación. “Isabel”, “¿Qué?”, “¿Crees que es un pecado muy grande que te caigan bien los hijos de Gallardón?” Isabel se encogió de hombros, “Hija, si te caen bien pues qué le vamos a hacer”.

Porque qué queréis que os diga, aunque estemos castigadas, es mucho más divertido dedicarse a recoger papeles que estar en clase de música con la hermana “Clarinete”, una monja que se empeña en hacernos tocar las castañuelas porque, según dice, son el instrumento musical nacional de España y toda buena española tiene que aprender a tocarlas. Así que nosotras estamos tan ricamente en el patio recogiendo papeles mientras Susanita Rubianes nos mira a través de la ventana de clase con odio, tocando las castañuelas con la misma gracia con que lo haría una acelga. Sí, ahora os cuento lo que pasó, no os preocupéis.
Pues resulta que después de que el presentador de Telemadrid se fuera de clase echando leches la Brígida se recuperó de su desmayo y nos agarró del cogote a Isabel y a servidora para llevarnos al despacho de la Madre Superiora. La Brígida, gracias a Dios, no había entendido nada de lo que Rubianes había contado sobre la Botella y el complot judío masónico socialista. Lo único que sabía es que habíamos insultado el nombre de nuestro colegio por televisión al decir lo de la República, que es una palabra muy fea, repetía, sobre todo para nuestras Majestades los Reyes de España. La Madre Superiora estuvo de acuerdo con Brígida y nos condenó a recoger los papeles del patio durante las clases de música y pretecnologia, que son las “marías” que no cuentan si suspendes. Más tarde supimos que Telemadrid había mandado un comunicado al colegio anunciando que no iba emitir el reportaje sobre nuestro mercadillo navideño y claro, todas las miradas acusadoras y de odio se dirigieron hacia nosotras, las sociatas, quiénes cada vez éramos más como una minoría étnica. Hasta que el otro día Chelito, una “sociata” simpatizante, se escapó de clase de ganchillo para bajar corriendo al patio donde Isabelita y yo recolectábamos paquetes vacíos de donuts. “¡Tengo un soplo!”, anunció, “¿En el corazón?” “¡No hombre, no, que sé de buena tinta que mañana por la mañana vais a salir en Telemadrid, en el programa de una tal Curry!”. Isabelita y yo nos miramos alucinadas, había que ver contactos tan buenos tenía la Chelito. Rápidamente urdimos un plan. Como el programa se emitía por la mañana no podríamos verlo porque estaríamos en clase. Chelito, sin embargo, había instruido a su asistenta rusa, Agnieszka, en la difícil labor de grabar programas en el DVD así que convenimos encontrarnos ese día por la tarde en su casa para visionar el programa en la clandestinidad. Aparecimos todas a eso de las cinco y quedamos sorprendidas del lujo del que vivía rodeada Chelito. Agnieszka, la asistenta, nos condujo sin decir ni pío hasta el salón, donde nos había preparado una merienda delante del televisor de pantalla plana. Apagamos las luces y dimos al play. Entonces apareció la cara de la mujer ésa con nombre de especia que se le echa al pollo. Estaba sentada en una mesa rodeada de rostros muy serios y preocupados. Una imagen congelada de Isabelita, con el puño en alto y vestida con su uniforme de las monjas, aparecía en una pantalla al fondo del plató. “Niñas como esta”, comenzó a decir la Curry con voz pastosa “son el ejemplo claro de que sus padres están incapacitados para la convivencia. ¿Cómo es posible que ni siquiera en un colegio católico se pueda dejar de acosar a otras niñas de familias con diferentes ideas políticas?” El resto de los hombres y mujeres que rodeaban a la Curry asintieron y comenzaron a dar sus opiniones sobre el tema, como si Isabelita fuera una especie de delincuente juvenil. Nos miramos todas en silencio, impresionadas ante tanta injusticia. Hasta que Isabelita saltó de la silla, encaramándose sobre ella. “¡Queridas compañeras, no podemos permitir que una televisión publica, la de todos los madrileños, manche nuestro nombre de esa manera! Puedo prometer y prometo que no descansaré hasta ver limpio mi honor y el de mis familia.” En ese momento Agnieszka entró el salón y encendió la luz, mirándonos a todas con desconfianza. “Esperro no haberrrme ido de la madre rrusia para acabar otra vez metida en un nido de comunistas” dijo antes de volver a cerrar de un portazo la puerta. Lo cual nos dejó a todas más perplejas de lo que estábamos.
Continuará…