La Kodorniz humor gráfico

JRMora Humor gráfico muebles de cocina fans en facebook Romeo Octav Chiritou Comprar VPN cursos reiki madrid becas mec Opinión y noticias, periodismo Bingo online Alquile este espacio por: €/mes Ver futbol gratis. Alquile este espacio por: €/mes seguro de vida Alquile este espacio por: €/mes diseño de paginas web Alquile este espacio por: €/mes Hosting México Alquile este espacio por: €/mes Escultura, obra propia, encargos, moldes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Curso de Reiki Dentistas en embajadores, Madrid Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes dietas para adelgazar Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes Alquile este espacio por: €/mes

Quiere que lleve el vehículo a un taller para que lo arreglen. A un taller. Van a alucinar, porque la furgona es la que utilizaron en el accidente del barranco de Despeñaperros cuando rodaron «Sor Citroën». La compró entonces por cuatro duros y ahora dice que hace un ruidillo.

Dada la amplia experiencia que atesoro con cacharros de segunda mano, con dar un par de vueltas a la manzana tengo más que suficiente para darme cuenta de cuál es el problema: una figurilla del golpista Tejero de hojalata con la pistola en la mano que lleva colgado en la luna trasera y que golpea contra la carrocería.

No obstante, busco un taller mecánico de esos a los que sólo les falta la bandera con las tibias y la calavera ondeando en la puerta y me presento al encargado.

–Mire usted, le traigo esta joya automovilística que se utilizó en ''Torrente 1'' y que ahora ha comprado por un dineral un multimillonario excéntrico, hipotenuso y convergente. Que hace un ruidillo algo molesto que impide que su perro vea los anuncios de Dog Chow con tranquilidad en el dvd mientras le lleva a mear al campo de golf de Aixerrota.

–¿Y qué tipo de sonido es?, porque la tarifa puede variar según la calidad y cantidad de decibelios, de si vibran en FA o en RE menor.

–Una especie de cascabeleo metálico.

–Bueno, no parece nada importante. Déjala, y vuelve dentro de una hora y estará solucionado.

–No lo creo, porque a veces se oye como un golpeteo como de herrería.

–Ya. Eso cambia la cosa. Entonces, mejor que vengas mañana.

–No hay problema, aunque, ya que estamos aquí, observe también si se produce algún estampido con rechinamiento. Mi jefe lo quiere todo perfecto y no le importa el dinero.

El tipo comprende y le brillan los ojos:

–Hombre, por lo que dices, la cosa podría ser seria. Llámanos el lunes, porque si además notamos algún chasquido con estruendo, tendríamos que mirar la rótula y las calandracas del delco y con eso tenemos para un mes por lo menos, porque hay que subir el vehículo con el gato y cuando se sube el vehículo con el gato, nunca se sabe lo que podemos encontrar debajo ¿verdad?

–Verdad. Le veo a usted mu pofesional. Haga lo que tenga que hacer.

Camino de la ETT, en una tienda de chinos, le compro al jefe un llavero con un Tejero de plástico. Se lo sustituiré sólo después de que haya pagado la factura. A esto se le llama justicia poética.

Este mensaje desgarrador acaba de llegar a mi correo electrónico y me ha impresionado porque lo envié yo hace 10 años. Ha estado dando vueltas por internet todo ese tiempo, como el del niño que perdió los brazos y las piernas intentando hacer mayonesa con la turboturmix y ahora pide ayuda escribiendo las cartas con el pene. ¡Ufff, eso sí que es fuerza de voluntad y control mental!.

 

La misiva me trae a la memoria aquellos días del pelotazo y tentetieso, cuando las empresas cambiaban de manos en horas. Yo trabajaba en una compañía de seguros provocando incendios. No se extrañen: los incendios los provocan las aseguradoras en inmuebles sin seguro para demostrar que si tienes un seguro, la casa no se te quemará nunca. Eso lo sabe todo el mundo. Hasta la mafia.

 

Bueno, pues un día me negué a quemar un asilo y el jefe se puso como un obelisco. Me agarró de la pechera e hice lo que se hace en estos casos: soltarle una hostia. Por chulo y por tener a su padre en dicha institución.
Cambié de compañía y me colocaron en el sector de inundaciones. Iba por los bares atascando retretes y dejando los grifos abiertos. ¿Por qué se creen ustedes que todos están tan guarros y no tienen nunca papel higiénico? Pues por eso. Si es vox populi. Todo iba como la seda hasta que la primera compañía absorbió a la segunda y mi antiguo jefe volvió a despedirme por negarme a inundar la sala de prematuros del hospital donde había dado a luz su mujer.

 

 

Al final, conseguí un trabajo en una de las empresas más poderosas de este país. Tenía sucursales en cada esquina, como las putas, y una sede de 17 plantas en el centro de Bilbao.

 

Hasta que se dieron cuenta de que si alquilaban el local, duplicarían los beneficios, y prejubilaron a tres cuartas partes de la plantilla con 52 años y al resto nos apiñaron en el ático. No acabó ahí la cosa, porque unos meses después dijeron que como estábamos muy prietos, pues que podríamos trabajar mejor en casa. Que nos iban a dar un crédito blando para que compráramos el escritorio y un ordenador.

 

Estuve fichando varios meses en mi domicilio y perdí el contacto con mis compañeros. Una mañana, los informes que envié por correo electrónico me los devolvió el servidor porque el buzón estaba lleno.
De eso hace 10 años y hoy es el día que no sé nada de mi empresa ni de mi fondo de pensiones. No aparece ni en el Google, y de ella sólo conservo la mesa y el ordenador, que encima está capado y no puedo ni ver las páginas porno.

 

¡Madre mía, qué desgracia más grande!

que tenían que desparasitar el local, o precisamente por eso, estoy derrengado. Por las mañanas, la interina no me deja dormir porque empieza a trastear a las once.

Le he dicho mil veces que no haga la cama cuando yo estoy dentro, pero le da igual. No me hace ni puto caso. Siempre está conectada a los auriculares del móvil y a un micrófono inalámbrico que lleva en la solapa de la bata. Como también trabaja para un broker, quiere estar permanentemente informada de la cotización de la bolsa de la compra por si se desploma como el Nasdaq: «¿A cómo va el café brasileño? ¿Y el azafrán? ¿Y los tomates Raff? ¡Compra!», grita mientras plancha las servilletas de papel en la cocina. Porque es tan adicta a las rayas que todo tiene que tener una: los pantalones, el periódico, las lonchas de beicon… digo yo que será porque se crió junto a una prensa hidráulica. No sé.
El caso es que entre el trajín matinal y que no puedo echar la siesta en casa porque ronco y asusto al conejo de angora, pues he decidido buscar un poco de sosiego en el trabajo.
Desde la última vez que estuve en la Empresa de Tortura Temporal (ETT) de Sam Guijuela, hace apenas tres meses, han pasado por allí diez generaciones de empleados. Si la agencia funciona así, imagínense la rotación de sus clientes. Sólo les diré que han sido objeto de un estudio para diseñar las futuras instalaciones de un acelerador de partículas y particulares en Mac Donald´s. Con un colega mío batieron su propio récord. Le hicieron un contrato de 15 segundos, con tres más de vacaciones. El trabajo consistía en entrar en la sala de control de la central de Zorita, en Guadalajara; y darle al interruptor de parada del reactor porque ninguno de los ingenieros atómicos se atrevía. Es más, los técnicos dirigieron la operación por videoconferencia parapetados tras un peñasco en la playa de Noja. Con eso les digo todo.
Sam Guijuela se acordaba de mí, digo yo que será porque conseguí emborracharle con absenta y tatuarle la palabra ''ladrón'' en la frente tras unas pequeñas desavenencias económicas. Para disimular, él ha completado la inscripción y ahora lleva: ''¡Cómo te quiero, ladrón!'', junto a un corazón atravesado con un tenedor, y va diciendo por ahí que se lo hizo una mujer tras una noche loca. El infeliz.
Para demostrar que no está resentido me ha ofrecido un contrato de tornero por 2.500 euros al mes, el hotel pagado y la manutención completa más dietas. Los viajes corren de mi cuenta. La única pega es que la fábrica está en Rumanía, el hotel en Benidorm y el restaurante en la calle Cortes de Bilbao. Me lo estoy pensando, aunque no sé… creo que tiene truco.

Estoy seguro de que el premio Nobel de la Paz, la Ciencia y las Humanidades se lo darían sin dudar al inventor de un cargador que sirviera para todos los teléfonos móviles del mercado. Sería uno de los inventos más revolucionarios de los últimos tiempos, después del motor de coche que usa como combustible las bolsas de plástico de los supermercados y que nadie sabe que ya está inventado porque la patente la compró Repsol y se la ha comido –literalmente– el consejo de administración de la compañía acompañada de unas botellas de Chianti. Se lo juro y no les miento.
Lo que les decía, que uno de los problemas que acucian a la humanidad podría solucionarse y acabar así con la masiva proliferación de cargadores que ya han provocado sus primeras víctimas. Conozco a un tío que era vecino de una familia con cinco hijos adolescentes que se quedaron huérfanos cuando su padre murió enredado en los cables de las decenas de estos dispositivos que había esparcidos por toda la casa. Se enganchó el pié en uno y al intentar liberarse se fue convirtiendo en una albóndiga de plástico y cobre, el pobre.
Lo que es cierto es que nadie comprende por qué todos los cargadores de móviles son iguales por un extremo y completamente diferentes por el otro. ¿Qué sentido tiene? ¿Ser originales? ¿Expandir la tecnodiversidad? ¿Volvernos locos? ¿Más aún?
Algo similar ocurre con los televisores. Hace tres semanas me compré uno nuevo y todavía no he conseguido ponerlo en funcionamiento.
Hasta el momento he catalogado 16 cables distintos que he ido conectando por orden alfabético por si eso servía de algo. Pero, al parecer, el enchufe del HDMI no encaja con el SVGA del vídeo, porque el DVI del DVD no es compatible con el euroconector del enlace DTV.
Eso es lo que ponía en el tocho de instrucciones, aunque por el momento sólo he podido leer hasta la página dos, porque para seguir adelante aconsejan hacer un curso de ingeniero electrónico en CCC.
Lo más cerca que he estado de conseguir el éxito fue cuando conecté todos los cables en una regleta y apareció Franco en la pantalla inaugurando una sacristía en Cambados. Instantes después la regleta empezó a arder y se acabó el invento.
Sin embargo, lo que me preocupa ahora es que mi hija ha empezado a usar la pantalla de 32 pulgadas para pintar con sus tizas, y si se acostumbra, luego cualquiera se la quita. Vamos, un sinvivir.

compañías del tercer batallón de Contratas motorizadas. Doce minutos después, media docena de grúas municipales había despejado la zona de vehículos aparcados y de jubilados que iban a por el pan.

Al mando estaba un aparejador de cuatro estrellas, experto en derribo y desescombro y condecorado por su heroísmo en las trincheras de Abandoibarra. Echó un vistazo al mapa de operaciones y ordenó un ataque por sorpresa con dos retroexcavadoras asistidas en todo momento por camiones de grava, mientras la infantería realizaba una maniobra envolvente con picos y palas. La operación, ejecutada con precisión napoleónica, culminó con la acción conjunta de una asfaltadora de última generación y de una apisonadora de reemplazo. La zanja, con la que los vecinos habíamos convivido cuatro años, era historia.

Algunos no pudieron contener las lágrimas. ¡Qué lejos quedaba aquel asfaltado de las últimas elecciones! Apenas duró una semana, porque vinieron los de Euskaltel y volvieron a poner el barrio patas arriba para instalar la fibra óptica.

Existe una leyenda urbana que habla de un sistema informático municipal que racionaliza las obras, es decir, que cuando se destripa una calzada hay que avisar a todas las empresas que tengan previsto taladrar la zona. Pero el ordenador o el que lo controla deben estar colgados, porque el sector ha sido socavado sucesivamente por los de Telefónica, el Consorcio de Aguas, Iberdrola, Bilbogas y de nuevo el Consorcio porque había empalmado el tubo de saneamiento con el de Telefónica (o al menos eso dice el del bar). Se harán una idea si les digo que antes la calle principal se llamaba Víctor Hugo, pero ahora la conocen como Batalla de Verdún.

El último surco no se sabe para qué lo abrieron, creo que fue por inercia. El de la excavadora se puso a trabajar un viernes a última ahora y ya no ha vuelto. Eso fue hace seis meses. Quizás pensó que alguien aprovecharía el agujero para algo y no le dio más importancia.

Con el tiempo, los vecinos se acostumbraron a la zanja. Un jubilado cubrió parte con un plástico y se hizo un invernadero; otro plantó champiñones bajo las planchas de acero que la cubrían (la pasarela de Serra la llamamos); y había una propuesta para convertirla en una piscina olímpica de 70 metros de largo por uno de ancho para este verano. Pero no va a poder ser.

Ahora sólo nos queda esperar a que vengan a poner la fuente con chorrito, y si tiene un elefante en todo lo alto que eche el agua por la trompa, mejor que mejor. Total, para lo que va a durar…

El puente del 1 de mayo me despidieron del locutorio clandestino donde trabajaba porque Sanidad les obligó a desparasitar y quisieron empezar por mí. Me da que ha sido una represalia por irme de la lengua y contar que el lehendakari tiene fobia al aurresku. Creo que cuando lo leyó Egibar cogió el antiguo testamento de Sabino Arana, un crucifijo y una estaca de roble y salió pitando hacia Ajuria Enea. Le pillaron en el peaje de Altube y la cosa no fue a mayores.
El caso es que he aprovechado estos días de fiesta para instalar en casa una tele plana de esas.
Hace 24 años me regalaron una Telefunken en blanco y negro que, para lo que había que ver, era más que suficiente. Cuando nació la niña y supo hablar empezó a dar la murga con que quería una en color, como la de su prima. Aprovechando que me había sobrado pintura de las ventanas, le di al aparato una mano de verde gallinero y hasta hoy. Pero, ahora que la cría se ha enterado en el colegio de lo que es una verdadera tele en color, me ha amenazado con dejar de respirar si no le compro una. Y aquí estamos.
Mi problema es que encima del antiguo monitor teníamos una gran torre de telecomunicaciones que empezaba en el video VHS y terminaba en un toro y una Sevillana (recuerdos de un viaje que hice a Japón), pasando por un DVD, un amplificador, una pletina, un sintonizador de radio, el decodificador de televisión digital, el antiguo lector de CDs, la Play Station y un Cinexín.
Durante un tiempo también estuvo allí el microondas grill, ya que la tele se estropeó y hasta que nos la arreglaron veíamos en familia cómo se tostaba el pollo o cómo estallaban los tortellini cuando le dábamos demasiada potencia.
Pero un día, la cría tiró de un cable donde había pegado un chicle y casi se le viene encima una montaña de electrodomésticos atados unos a otros con cinta de embalar a modo de andamiaje de seguridad. ¡Vaya susto que nos llevamos! No sólo podrían haber provocado un lamentable accidente matando a la niña, sino una irreparable desgracia estropeando la Play Station ahora que estoy a punto de llegar al final de Resident Evil.
En fin, pequeñas anécdotas de la crianza. Mi problema es que no sé qué hacer, porque encima de una tele plana no se puede poner nada y menos una torre tecnológica. Además, si le quito de ahí el Cinexín a mi hija igual intentan batir el récord mundial de apnea. Y es capaz de conseguirlo…

El lehendakari está enfermo. Lo sé de buena tinta porque yo también lo estoy. Quiero decir que como yo también lo estoy, me lo encontré en la consulta de un especialista de centrifugado cerebral.
No se asusten, que no es nada grave. En mi caso, el síntoma es que cuando sesteo en el locutorio oigo voces del más allá y se me aparece el fantasma de Gracita Morales diciendo que «el señorito no está en casa». El doctor me ha recomendado que desconecte la centralita y así, aunque se me aparezca Gracita, no oiré las voces.
Lo del lehendakari es peor. Todo parece indicar que tiene fobia al aurresku. Sí, sí, sí, al aurresku, tío. Que me lo ha dicho él, que está hasta los mismísimos cataplines de que cada vez que pisa la calle aparezca un tío dando brincos delante suyo.
«Pero, lenda, no será para tanto –le digo por quitarle importancia a la cosa–. A fin de cuentas es una bonita tradición cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos vascos, cuando en Euskalherria la tierra no había terminado de enfriarse y había que andar con cuidado para no quemarse los pinreles. Peor lo tienen los masai, que siguen haciéndolo por necesidad y no por gusto».
«Lo que tu quieras –pimpollo– pero a mí me eligieron lehendakari en 1998 y más o menos salgo a tres al día, por lo que a estas alturas he asistido ya a casi 9.000 aurreskus. Cada vez que lo pienso me entran sudores.
Eso por no hablarte de mi ciática. Imagínate 9.000 flexiones para recoger la txapela del suelo. La última vez que estuvo el Rey se me encasquillaron las lumbares y todo el mundo pensó que le estaba haciendo reverencias. Los de Batasuna se estuvieron despotorrando durante semanas, los muy capullos».
He investigado un poco y. al parecer, Garaikoetxea y Ardanza también estuvieron en tratamiento por el denominado Síndrome del Aurresku, que ha sido mantenido en secreto hasta ahora. A Garaikoetxea, un dantzari inexperto le soltó una patada en la boca que le partió dos dientes (ahora los tiene de oro). Ardanza, por su parte, sufrió una conmoción cerebral cuando a un espontáneo aurreskulari de Zeberio se le escapó la abarca y le dio en el cebollo. Para más inri, todos los días que estuvo ingresado en la mutua iban a bailarle la espatadantza a la habitación. En más de una ocasión le encontraron encerrado en el cuarto de las escobas bebiéndose el Mister Proper presa de un crisis de ansiedad. No me extraña que haya elevado el tejado de su chalet en Arteaga para construirse un búnker insonorizado, porque oía un txistu y un tamboril y caía al suelo redondo, el angelito.

Me llama Mercedes como cada Semana Santa para que le resuelva sus problemas familiares. Le digo que estoy muy ocupado haciéndome la pedicura en las manos y que vuelva a telefonearme en un par de meses, que para entonces ya habré acabado de morderme las uñas. Pero es inasequible al desaliento y me suelta el rollo sin darme tiempo a colgar.

Según parece ha comprado un billete aéreo baratísimo por internet que le permite dar la vuelta al mundo en cinco días. La compañía se llama ''Vueling interruptus'' y es una especie de avión correo que va recogiendo muestras del virus N5H1 en aeropuertos comarcales de países con gripe aviar. Los pasajeros sólo pueden bajar de la nave el tiempo suficiente para comprar cerámicas y otros productos manufacturados en las granjas.

–¿Pero eso no será peligroso?, le comento.
–Tranquilo, que me llevo el frenadol. Pararemos en 46 aeropuertos y estaremos en tierra sólo unas ocho horas en total. Es como el autobús turístico de Bilbao pero con alas y a nivel global. Una gozada. El problema es que no tengo con quién dejar al animalito.
–Perdona, pero ya sabes que odio a las arañas y más a esa tarántula africana que tienes en el salón de casa.
–Pero si a la tarántula me la llevo en el bolso de mano. Me refiero a mi marido, que odia viajar. Ya sabes que de viaje de novios me llevó en metro a potear a Gorliz. Me tiene amargada. Así que me largo sola, pero como no sabe hacerse ni la comida temo que se me estropee en cinco días. Y tal como están las pensiones de viudedad no puedo permitirme el lujo. ¿Podrías ocuparte tú de darle de comer?
–¿Por qué no le llevas a una residencia durante este tiempo?
–Ya lo he intentado, pero no me lo aceptan porque no está desparasitado y podría pegarle algo a los perros. Además, me exigían que le implantara el microchip y para cuatro días no me merece la pena el desembolso.
–Si le compras unos vídeos de fútbol femenino nudista y le das unos orfidales seguro que cuando vuelves está tan tranquilo en el sofá.
–Mira, acabas de darme una idea. Le pongo una tolva con comida seca y una caja de cervezas y tan ricamente.
–Hombre, me parece un poco fuerte. Mejor que le dejes dos docenas de pizzas encima de la tele para que las tenga siempre calentitas y ya está. Por cierto, ¿y con la víbora de tu suegra, qué vais a hacer?
–La cuidará la vecina.
–No, me refiero a la de lengua viperina.
–Ah, ésa. Se ha ido a Benidorm con las amigas.

ha echado por tierra muchos tabúes. Para que luego digan que en Euskadi no se folla.

En el locutorio patera en donde trabajo me dieron la noche libre y aproveché para acercarme a la bacanal, eso sí, con un mero afán sociológico, estadístico más bien. A fin de cuentas, en Euskadi tampoco hay tantas ocasiones donde el personal pueda aparearse sin tener que elegir a la vez ermita, restaurante y lista de bodas con televisión de plasma. Además, era la primera microorgía de la tregua virtual y cabía esperar la asistencia de algún etarra con ansias de cambiar la metralleta por el tirachinas después de años de abstinencia y clandestinidad. Y eso siempre da mucho morbo.
Así a ojo calculé la presencia de 9.000 personas, que ya está bien. De ellas, tres eran mujeres. Una había ido en busca de su marido, que le había dicho que iba al txoko con los amigos, y las otras dos eran de pago, según pude deducir, porque llevaban en bandolera una canceladora de tarjetas de la BBK.
Hombre, para hacer honor a la verdad hay que reconocer que casi la mitad de los presentes eran jubilados que se habían presentado allí con sus prismáticos de visión nocturna y sus cañas de pescar para disimular. También había unos 500 periodistas, con cámaras ocultas, supongo, porque lo que llevaban entre las piernas no podía ser natural.
Restando a unos y a otros, calculo que habría unos 5.000 dispuestos a todo, pero 3.000 de ellos carecían de condón y fueron descalificados por la Brigada del FBI (Follar en Bilbao Imposible), una ONG creada por el doctor Gurrea para combatir los estragos de la falta de sexo en Vasquilandia y que hacía las tareas de servicio de orden.
Mientras se esperaba la llegada de las chicas –la mascarilla Margaret Astor para orgías es laboriosa de poner, decía alguno–, los presentes decidieron despelotarse. Aquí se desinflaron un millar porque, como no estaban depilados, no se atrevieron a quitarse el calzoncillo. Igual esperaban poder hacerlo vestidos, como Alfredo Landa. No sé.
He de reconocer que otros quinientos cayeron en las pruebas de precalentamiento, ya que con el frío, los nervios y la concurrencia mirando no consiguieron una erección digna de tal nombre. Del resto, mejor no hablar, porque entre los que se quedaron viendo el partido en los bares de la zona y las docenas de chinos que habían ido a vender kleenex, vaselina y viagra, al final, el único que se pegó un buen revolcón fue Patxi Lahostiaetxea, que se encontró en la arena con su mujer. Fue un digno colofón para una microorgía convocada por el dueño de un chiringuito de la playa de Sopela para probar el móvil que se acababa de comprar. Carpe diem.